La orina, según los expertos en conservación del patrimonio, es lo que más daña los edificios históricos La orina actúa en los monumentos como un buldocer. Le hace un daño, a veces, irreparable, letal. Dicen los que trabajan en la conservación del patrimonio arquitectónico que «nada castiga más a los edificios históricos que el orín y las cáscaras de las pipas». Por eso, contra aquellos que levantan la tapa del patrimonio arquitectónico, que no del inodoro, para dar rienda suelta a sus deseos irrefrenables de orinar, hay multas. El Ayuntamiento los reprende con sanciones de cinco mil pesetas. Son pocos los sorprendidos en tan indecorosa situación y muchos los recovecos de la ciudad utilizados para el desahogo urinario.
A. MAHÍA