El verano de nuestra victoria

Oleksandr Pronkevych
Oleksandr Pronkevych DIARIO ÍNTIMO DE LA GUERRA

INTERNACIONAL

Un momento de la videoconferencia en el IES Monte Castelo de Burela
Un momento de la videoconferencia en el IES Monte Castelo de Burela XAIME RAMALLAL

03 jun 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

El verano ha llegado a Ucrania. Todos se han dado cuenta de este hecho como si el verano hubiera llegado a Ucrania por la primera vez en la historia de la humanidad. «El verano de nuestra victoria», dicen las mujeres con flores en las manos. El barrio de Leópolis en el que alquilamos el piso se llama Levandivka en memoria de la aldea homónima que existía allí hace muchos años. Numerosos árboles, frutales y no frutales, pequeñas huertas con cebollas, patatas, coles, zanahorias... recuerdan el pasado rural de esta zona, ahora cubierta de edificios más modernos. Cerca del sótano en que pasamos tiempo esperando que los ataques aéreos terminen, está una arboleda donde viven ruiseñores. Durante las alertas nocturnas salgo de nuestro refugio para escucharlos cantar y contemplar el ocaso. A propósito, los ucranianos creen que el ucraniano es la lengua de ruiseñores y tienen razón porque el idioma suena fonéticamente como la canción más perfecta del mundo.

El primer día del verano me trajo una experiencia un poco inesperada: el encuentro virtual con los alumnos ucranianos que se han refugiado en España y estudian en el Instituto de Ensino Secundario Monte Castelo, en Burela (Lugo). Las redactoras de La Voz de Galicia me cuentan que ya tengo lectores en Galicia, y la reunión es la evidencia de que es así. Sin embargo, el pretexto del encuentro casi no tenía nada que ver con mis ensayos: me habían pedido que hablara con los niños ucranianos, sus madres, sus maestras y su directora sobre los problemas y las dificultades que habían surgido en el proceso de integración del grupo ucraniano en la rutina educativa del colegio.

Al otro lado de la pantalla de mi portátil vi a cinco alumnos ucranianos —a cuatro chicas de 15 años y un chico de 11— acompañados por sus maestras, la directora, la gente de la Cruz Roja, sus amigos españoles y una periodista de La Voz de Galicia. Todos habían llegado para apoyar a los pequeños refugiados. A pesar de que estábamos comunicándonos con la ayuda de la plataforma digital que no permite el acceso inmediato al aula de las personas con las cuales yo estaba hablando, sentía el espíritu de amor y cordialidad que reinaba en el aula.