«¡Feliz cumple, profesor!» (Sé que puede ser el último de mi vida)

Oleksandr Pronkevych
Oleksandr Pronkevych CATEDRÁTICO DE LITERATURA ESPAÑOLA Y DECANO DE FILOLOGÍA EN MYKOLAYIV (UCRANIA)

OPINIÓN

María Pedreda

El catedrático de Literatura Española en la Universidad de Mykolayiv relata para La Voz de Galicia las últimas horas vividas en la guerra de Ucrania y el estallido de las primeras bombas en su país

24 feb 2022 . Actualizado a las 19:41 h.

Casi un mes ha pasado desde aquel lunes cuando les describí mis emociones esperando la guerra. Y los misiles rusos ya han caído en mi ciudad.  A los lectores europeos no involucrados en bombardeos, en ataques de tanques y otros pormenores bélicos, les resultaría interesante leer otro texto mío, pero esta vez les hablaré sobre mi día de cumpleaños, que puede ser el último día de mi vida.

Nací un 23 de febrero. En la época soviética en esa fecha se celebraba el día del Ejército Rojo, ahora, en la Rusia de Putin, es el Día del Defensor de la Patria. La coincidencia de mi llegada a la luz en este mismo día siempre, siempre, llenaba mi vida con ese absurdo. Soy pacifista y, como todos los ucranianos, celebro el Día de Defensores y Defensoras de la Patria el 14 de octubre. Sin embargo, a pesar de todo, me gusta mi cumple: me llaman mis amigos desde todos los rincones del mundo porque han aprendido que mi aniversario coincide con el 23 de febrero.

El cumpleaños de ayer no lo olvidaré nunca. Las noticias alarmantes ya caían sobre los ucranianos. El 20 de febrero Putin no solamente reconoció las así llamadas repúblicas populares de Donetsk y Lugansk, sino que lo hizo en la forma más humillante para mi país. Yo me sentía como si él hubiera escupido en mi cara. Y yo comprendía bien que la guerra estaba casi en mi casa. Pero yo también comprendía que los rusos no iban a atacar el 23 de febrero. Es su fiesta nacional, un día de descanso. Y yo hacía todo lo posible para celebrar mi aniversario como si no pasara nada. Mis amigos me llamaban desde todos los rincones del mundo, mis colegas pasaban por mi despacho para saludarme y desearme -y a sí mismos- la paz. Y cada uno de nosotros pensaba: «¿Qué absurdo estamos viviendo?». Por la tarde llegaron mis hijos para disfrutar de una cena familiar; mis nietos me llamaron desde Bulgaria. Y yo disfrutaba de todos los placeres de la vida que puede tener un hombre a la edad de casi 60 años.