El azúcar vive su momento más amargo

Los precios de esta «commodity» no remontan pese a que el producto gozaba de una estabilidad histórica. Los nuevos hábitos de alimentación y las tensiones gepolíticas le pasan factura


Boicot. Este fue el término que eludió pronunciar el pasado martes Javier Pagés, presidente de la Denominación de Origen Cava, para referirse a la disminución de ventas que sufrió el producto catalán a finales del 2017. El mismo que evita, por razones bien distintas, la industria azucarera cuando hace balance de la situación global de esta commodity. Pero que bien podría apropiarse porque, tras años intentando escapar de calificativos como peligroso, enemigo o incluso mortal, (en los setenta la Sugar Research Foundation pagó a nutricionistas de Harvard para publicar una investigación que dejase en buen lugar a a este edulcorante y señalase a las grasas saturadas como culpables de las enfermedades cardíacas), la cruzada emprendida por dietistas y médicos contra el azúcar comienza a dar sus frutos. Eso sí, por el camino deja un reguero de víctimas: productores, distribuidores y comerciantes. Los precios no remontan, los gobiernos tensan la cuerda y las marcas se comprometen, en cadena, a reducir las dosis de dulce añadido en sus productos. ¿Es esta la crisis definitiva de uno de los alimentos más estables de la historia? Los datos no son halagüeños.

En tiempos de vino y rosas, antes de que la fiebre healthy se apoderara de los países desarrollados, el azúcar valía para un roto y para un descosido: servía para enganchar a los consumidores a determinados alimentos (el cerebro reacciona a la sacarosa como a muchas drogas y, por tanto, siempre queremos más de este ingrediente) y las marcas no podían dejar escapar su poder. Pero también se trataba de un producto fácil de producir en infinidad de partes del mundo (de Brasil a India, principales productores, a Francia, México o Estados Unidos) sin que la inversión en innovación fuese una cuestión indispensable. Pero todo ha cambiado bien entrado el siglo XXI.

El varapalo

En la Unión Europea, sin ir más lejos, los precios del azúcar nunca han estado tan bajos, según los últimos datos revelados por Bruselas. De hecho, en comparación con el período 2017/2018, en el que se produjeron 21,32 millones de toneladas, con datos hasta abril, la Comisión Europea ha estimado que en esta campaña no se superen las 17,64 millones de toneladas. Esto supone una caída en la producción del 17 %. Así las cosas, tras este varapalo, el ministro en funciones de Agricultura, Luis Planas, se ha visto obligado a pedirle a la UE que esté ojo avizor ante la situación del mercado del azúcar en España (con un potente sector remolachero azucarero) para evitar pérdidas en la producción y el empleo. No es para menos: solo en nuestro país en el 2018 el precio de esta materia prima descendió un 30 %.

A la demoledora nueva imagen del azúcar hay que sumarle la liberalización del sistema de cuotas en la UE hace ya dos años, después de que el producto estuviera protegido durante más de medio siglo. Este cambio fue de todo menos un canto a la estabilidad, ya que ahora el azúcar se encuentra en esa darwiniana situación en la que únicamente sobrevivirá el más fuerte. Pero no solo en el Viejo Continente pintan bastos.

Lo que le faltaba al sector azucarero es que a todos los fuegos encendidos se le añadiese un convulso panorama político, que utiliza este alimento como arma arrojadiza. Que se lo digan sino a los productores estadounidenses. En el país cuna del ultraprocesado y del descontrol alimenticio es el conflicto comercial con China el que tiene en jaque al sector agrícola y, especialmente, al del azúcar. Después de que el pasado mayo Donald Trump aumentase los aranceles a las importaciones chinas del 10 al 25 %, la reacción de Pekín no se hizo esperar: aumento en las tasas de cacahuetes, trigo, pollo, pavo y, claro, azúcar procedentes del país del tío Sam. Todos se echaron a temblar. También, y no menos importante, porque ya conocían las consecuencias del aumento de los aranceles al etanol. Este biocombustible procedente de la caña de azúcar, por cierto, ha servido para poner a Brasil en el centro de los halagos por su uso como energía alternativa. No es baladí en tiempos en los que la sociedad rechaza los ultraprocesados, pero busca sustitutos del petróleo.

El caso catalán

Y mientras los coches se alimentan de dulce los gobiernos se ponen serios para que en México, Reino Unido o Francia la población deje de hacerlo. Estos países ya gravan con elevadas tasas las bebidas azucaradas, siendo esta una medida ampliamente criticada por el ámbito azucarero: hablan de tufo oportunista y de afán recaudatorio. Pero lo cierto es que esta estocada ha surtido efecto, al menos, en algún punto. Por ejemplo, en Cataluña, donde este impuesto se aplica desde mayo del 2017. Según el Centro de Economía de la Universitat de Barcelona, un año después de haber subido los precios de estos refrescos ?un 20 % a las bebidas de un litro y un 10 % a las latas? su consumo se redujo un 22 %.

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