Los zumos envasados no son el demonio (palabra de nutricionistas)

Los expertos se ponen serios y tumban mitos al asegurar que los zumos del supermercado pueden ser perfectamente similares a los preparados en casa; también responden a la eterna duda: y no, no se pierden las propiedades por no tomarlo recién hecho


Al movimiento real fooding, que con tanto ahínco se empeñan en instaurar en la sociedad nutricionistas como el ya influencer Carlos Ríos, le surgen adeptos que pueden llegar a ser más papistas que el Papa. Tanto es así que algunos productos se están viendo seriamente damnificados sin, a priori, tener que sufrir el desprecio al que muchos consumidores los están sometiendo. Es el caso de los zumos en general y de los envasados en particular. Confundiendo churras con merinas, cada vez son más los que dejan de lado estas bebidas por diferentes razones. Bien es cierto que nada tienen que ver las propiedades de una pieza entera de fruta con las que llegan en forma líquida, pero aún así en ningún caso un vaso de zumo es perjudicial. Tampoco si lo compramos en el supermercado. Dependerá, como siempre, de su composición.

Gregorio Varela, presidente de la Fundación Española de Nutrición (FEN) ha querido tumbar mitos en la presentación del informe Datos actuales sobre el consumo de zumos de frutas en España y sus propiedades nutricionales. Aunque reconoce el menor aporte de fibra que se obtiene ingiriendo líquidos derivados de la fruta, explica que su consumo «puede contribuir a reducir el déficit de hidratación de la población». No está de más contar con este dato en Galicia, la comunidad en la que menos cantidad de zumo exprimido y a partir de concentrado se consume junto a Asturias y el País Vasco.

A través de los datos obtenidos en este estudio, realizado por la fundación a personas de entre 9 y 75 años, también se ha concluido que, tras analizar un zumo de naranja elaborado en casa frente a uno envasado, las diferencias entre ambos no son tan sustanciales como se pueda pensar en un primer momento, «ya que la energía, los hidratos de carbono, la fibra y los azúcares, entre otros componentes, son similares en ambos casos». 

Otros mitos caídos que la FEN ha querido poner sobre la mesa es que el zumo «no pierde sus contenido nutricional aunque no se tome recién hecho; que los zumos de frutas sí pueden contener aditivos pero que se trataría de productos mínimamente procesados (he aquí la importancia de leer las etiquetas, que también destacó Varela) y que existe gran similitud entre consumir una fruta fresca y un vaso de zumo de fruta».

El reto de las tres piezas de fruta al día

Sin ser en ningún caso un sustituto de la fruta, los expertos que han realizado este estudio sí ponen de manifiesto que, dado el porcentaje ínfimo de población que consigue tomar las tres piezas de fruta al día recomendadas, la ingesta de zumo de frutas puede ayudar a que la sociedad alcance esta meta. Ahora bien, no deberían ser zumos obtenidos a partir de concentrados o néctares de frutas.

En cuanto a la composición de los zumos, esta varía notablemente en función de cada fruta. Como se explica en este informe: «los hidratos de carbono son el nutriente que, después del agua, predomina en la composición de los zumos, y se encuentran en forma de azúcares simples. Siendo el zumo de tomate, zanahoria y limón los zumos con menor cantidad de azúcares. Los azúcares más comunes en los zumos son los monosacáridos; fructosa y glucosa, además de una combinación de ambos, la sacarosa». Respecto al contenido de fibra, ya que se pierde en buena medida con respecto a la fruta entera, es en el zumo de frutos rojos en el que más se mantiene este aporte. A continuación encontraríamos el zumo de tomate y el de melocotón.

El desmadre del zumo de naranja

Laura G. del Valle

Algunos locales gallegos superan el 500 % de beneficio por cada vaso que sirven. Pero sus bondades no son tan exageradas como creen madres y abuelas

El zumo de naranja, por alguna extraña razón, marca las etapas de la vida. Puede parecer una reflexión exagerada, pero si uno piensa en su relación con este elixir de vitamina C a lo largo de los años, probablemente, caiga de la burra. Cuando eres todavía un mico el zumo de naranja es un temido enemigo. No porque los niños detesten su sabor, sino porque con los padres metiéndoselo casi por vía intravenosa a sus retoños a toda prisa (por eso de que pierde las vitaminas, un mito que tumban los estudios, por cierto), genera un poco de rechazo, y por qué no, incomprensión. Años después, con la espinilla ya puesta, el joven comienza a darse cuenta de los verdaderos beneficios de este brebaje, que nada tienen que ver con eso de curar los resfriados (ahí va otra leyenda urbana): esa sensación reparadora tras una noche de excesos es incomparable. Y, cuando menos se lo espera uno, consigue por fin un sueldo. Y decide que es momento de entrar de lleno en el mundo de las maravillosas mañanas dominicales leyendo la prensa en el bar de la esquina mientras se toma un zumo de naranja. Entonces, y solo entonces, se plantea si no será momento de desterrar esta bebida para siempre de la rutina, pero ya es tarde. Pese a los 2 euros que cuesta el vaso (ese que te sigues bebiendo de un trago por inercia), cae rendido a su acidez reparadora. 

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