¿Qué comen los presidentes del mundo?

Donald Trump ha demostrado en varias ocasiones que se enorgullece de seguir una alimentación basada en hamburguesas y pollo frito; no es el único que tiene extrañas filias en materia gastronómica: que se lo pregunten a Putin o a Evo Morales


No existe desagradable situación que no pueda salvar un Big Mac. Así de claro lo tiene Donald Trump, que  mientras a principios de año Estados Unidos vivía el cierre de gobierno más largo de la historia de la democracia, con más de 800.000 trabajadores afectados y los ministerios bajo mínimos, decidió salvar los muebles en una cena en la Casa Blanca con los Clemson Tigers (ganadores del campeonato nacional de fútbol americano) ofreciéndoles hamburguesas de Mc'Donald's, Burger King y Wendy's (ni rastro de algún ejemplar de Five Guys, las favoritas de Obama). ¿Y qué hay de malo? debió pensar el magnate, que se enorgullecía de entregar su comida favorita a los jóvenes. 

Es por todos conocido, sobre todo porque el propio presidente norteamericano no lo oculta, que es un fan incondicional de la comida rápida. Además de las hamburguesas, los bocadillos y el pollo frito también están en su top ten; siempre, claro, acompañados de Coca-cola. Ni agua, que debe ser para cobardes, ni alcohol, ya que Trump es un abstemio convencido.

Aunque pueda resultar excéntrico que un mandamás de la talla del neoyorquino se alimente como lo hace, si se hace un repaso por los hábitos alimenticios de otros mandatarios del mundo uno puede llevarse alguna que otra sorpresa. O no. Pues el poder hace estragos hasta en el estómago. 

Lo sabe bien la mujer de José Luis Rodríguez Zapatero, Sonsoles Espinosa. Como cuenta el libro de Pilar Cernuda Moncloa Confidencial: los secretos de los presidentes de España, cuando la pareja se instaló en la residencia oficial, Sonsoles prohibió los fritos, las natas y los dulces. Había que cuidar la línea si uno está en primera plana de la esfera pública; pero nada le dijo a los cocineros de los espaguetis a la puttanescalos favoritos del expresidente socialista, una bomba de hidratos que comía con relativa frecuencia. Según cuenta Cernuda en estas páginas, pocos presidentes españoles se metieron en los fogones, pero Felipe González lo hacía de vez en cuando para preparar todo tipo de pescados que le mandaban de Andalucía mientras se cortaba unas tapitas de jamón al más puro estilo Bertín.

Reacios a hablar de lo que comen o dejan de comer en la Moncloa, parece que son sus parejas las que tienen que sacar a relucir por dónde tiran los presidentes en materia gastronómica. En el caso de Pedro Sánchez, del que se sabe que le pirra la comida japonesa, se hace el escurridizo cuando le preguntan si le gusta cocinar. Aunque gracias a las declaraciones de Begoña Gómez, su mujer, los españoles ya saben que el madrileño sabe hacer espaguetis... y hasta ahí puede leer.

Ruleta rusa

Por lo menos, aunque no sea un cocinero de pro, no tiene al servicio de la Moncloa jugando a la ruleta rusa. Y nunca mejor dicho, porque Vladimir Putin, según ha publicado el diario The Independent, tiene desde hace años en nómina a una persona que prueba todos y cada uno de los platos incluidos en su menú del día para comprobar que la materia prima no está envenenada. Por cierto, en muchas de estas ocasiones, al empleado le toca catar cangrejo y caviar, dos de los productos favoritos del presidente ruso, que ha reconocido en más de una ocasión que es un auténtico fanático de la cocina de su país.

Hay maneras y maneras de vanagloriar los platos autóctonos. Probablemente Evo Morales no tenga muy clara esta idea. El hasta hace unas horas presidente de Bolivia, que es un férreo defensor de la cocina local, y cada vez que puede menciona las bondades de la lagua de maíz (una sopa originaria de Cochabamba), generó todo un revuelo mediático cuando relacionó el consumo de la Coca-cola y el pollo con la homosexualidad y la calvicie. Que no se entere Trump.

Quien reconoce abiertamente que, pese a vivir en el país de la cerveza, no puede resistirse a un buen vino es Angela Merkel. Aficionada a tomarse una copita de Malbec, puede acompañar perfectamente una sopa de patata, algún queso o la salchicha de cerdo con col, sus platos favoritos, con esta variedad. 

¿Por qué el resto del mundo envidia la alimentación de los gallegos?

L. G. V.

El 2019 ha sido el año en el que los expertos se han puesto definitivamente de acuerdo reconociendo que la dieta atlántica es perfecta para mejorar la salud y favorecer un entorno sostenible. La alianza esta semana entre la Fundación Dieta Atlántica y la Asociación Lume Atlántico garantiza que la difusión de esta alimentación no será flor de un día

Puede que tengamos un humor que ayuda a relativizar los problemas, que la exagerada dispersión de la población favorezca el movimiento, y que las arraigadas tradiciones nos alejen, en cierta medida, de los abusos de las grandes industrias en materia de alimentación. Sin embargo, lo que es seguro es que la dieta atlántica ha convertido a los gallegos en los más longevos de Europa. Así lo puso hace de manifiesto hace unos meses un estudio de la Universidad de Oporto, que resaltaba que el consumo de alimentos de temporada locales, frescos y poco procesados, con abundancia de vegetales, pescados y mariscos, uso de aceite de oliva y una preparación culinaria con predominio de la cocción, guisado y a la brasa, era un aval sino para garantizar la eterna juventud, para vivir muchos, muchos años. 

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