Así era España antes del «realfooding»

Empanado y refinado (no precisamente por lo delicado de su aspecto) eran los apellidos de muchos de los platos que más se consumían en España en los 80 y 90. Nos damos un paseo por las elaboraciones más «vintage» que, algunos, aún cocinan con nostalgia


Tras una época ominosa en cuestión alimentaria es comprensible que las familias españolas buscasen color y edulcorante en sus platos. Según la FAO, en los años 60 el consumo de hortalizas, patatas y cereales gobernaba la dieta de la sociedad, y solo el 6,3 % de los menús incluían carne o pescado. Con el paso de los años y el aperturismo que también vivió nuestro país, la cocina encontró sus propias chorreras, hombreras y cardados en forma de suculentas recetas que, hoy, aún se consumen en algunas casas en un canto a la nostalgia y, también, por qué no decirlo, al sabor. Sin embargo, en plena revolución realfooder muchas de estas elaboraciones serían enviadas directamente a la hoguera. Empanado, refinado (y no precisamente por lo delicado de su aspecto) y procesado son algunos de los términos que van de la mano de los platos más consumidos de los ochenta y los noventa. Como en la moda, hay veces que ciertas prendas es mejor que hayan quedado atrás, aunque de nuestra mente (y a veces del mantel) no se hayan ido del todo.

Los macarrones con chorizo son el epítome de esta situación. Quien más, quien menos, continúa disfrutando del plato de hidratos de carbono más españolizado que, por cierto, popularizó el gastrónomo y exalcalde de A Coruña Manuel María Puga "Picadillo". De la mano de este económico embutido se arreglaron cenas, comidas, recenas y todo lo que uno se pueda imaginar siempre, para disgusto de los italianos, en una versión blandengue donde los macarrones casi podían convertirse en láminas de lasaña. Para la salsa, multitud de variantes: desde los que ya apuntaban maneras y se decantaban por una rica versión casera hecha con gusto a los que tiraban de la elaboración precocinada; que para algo estábamos entrando en Europa. Y éramos modernos y resueltos. 

Y para moderno aquel filete de pollo con apellido francés. La pechuga Villeroy, que requiere de una técnica y tiempo que pocos millennials están dispuestos a invertir, también se hizo un hueco en multitud de casas españolas. Aunque eso sí, en muchos hogares se hacía, a falta de una aclaración de Google, con bechamel; y lo cierto es que la salsa villeroy (léase vileruá) es una de las hijas de esta salsa. Pero no es lo mismo. La que aquí es menester, para cumplir a rajatabla, debe llevar también clara de huevo y algún queso, por lo general Gruyère.

Con más o menos precisión se coronó como reina de muchas noches por su versatilidad. A día de hoy este plato se mantiene estoico en multitud de establecimientos de comida precocinada... Y poco más. Como dato histórico, reseñar que el nombre se le atribuye al segundo duque de Villeroy, coetáneo del rey Luis XIV. Sus hazañas pasaron sin pena ni gloria, tanto que quizás lo más llamativo de la figura sea que sufrió una tremenda derrota ante el duque de Marlborough, el "Mambrú" que se fue a la guerra... (continúe la canción).

Las medias noches fueron, y aún coletean, ese resuelve para fiestas infantiles y meriendas en familia. Por lo general, la diferencia radicaba en la chicha que escondían. Los niños solían ser merecedores de mortadela con aceitunas, jamón york (con los años hemos aprendido que este caso, de jamón, poco) y queso de barra. Los adultos podían tener suerte y catar ibérico, aunque fuera embalsamado en grandes dosis de pan vienés. Tampoco podía faltar en cualquier evento que se preciase una porción de tarta Comtessa. El postre helado más famoso de finales del siglo XX acompañó pedidas de mano, cumpleaños, o cualquier reunión familiar digna de mención. Y, de repente, le cambiaron el nombre. Tal ultraje ocurrió en 1998, cuando la marca, propiedad de Unilever,  alteró su nombre por el más internacional de Viennetta, pero en España esto no gustó nada. Menos mal que hace tan solo un año las aguas volvieron a su cauce y la tarta recuperó su nombre original.

Puede que a los más jóvenes todas estas peripecias les pillen lejanas. Tanto como un sándwich de galletas María y margarina. Quién se inventó ese manjar que atenta directamente contra las arterias del consumidor es del todo un misterio, pero muchos agradecen la osadía. Por la mañana o para merendar, muchos niños disfrutaban con este tentempié más que con cualquier otro plato. Y los padres, aunque lo negaran, también. 

Para el recuerdo quedan también, apunten de cara a una fiesta vintage, los huevos rellenos, maginífico tentempié de domingo; el pastel de carne o unas gambas con gabardina. Y que descansen en paz la copa Brasil, la fruta escarchada y la tarta al whisky.

Platos demodé que nunca deberían resucitar

Laura G. del Valle

Hay veces que las modas, cuanto más efímeras, mejor;  la cocina no se libra de este axioma. Que se lo digan sino a la época en la que en los eventos lucían hermosos cócteles de gambas y el rey de las meriendas era el bocata de chorizo con mantequilla

Parece impensable, pero seguramente algún día las tostadas de aguacate con semillas de lino y los porridge acaben condenados al ostracismo. Aunque Instagram y los locales más cool se empeñen en vendernos estas recetas como si de la última Coca-cola del desierto se tratase, lo cierto es que todo hace pensar que acabarán corriendo la misma suerte que el cóctel de gambas, la mortadela con aceitunas, el petit suisse de fresa y plátano o las varitas de merluza. Lo poco gusta y lo mucho cansa y, en diferentes contextos y décadas, lo cierto es que todos estos productos vivieron un bum que la Generación Z, (esa que todavía viene detrás de los modernísimos millennials) no controla. Ni ganas. 

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