Thomas Cook o el viaje a ninguna parte

La quiebra de la agencia de viajes más antigua del mundo ha supuesto un doloroso final para la firma creada por un ebanista y pastor baptista a mediados del siglo XIX


Redacción / La Voz

La idea la tuvo un ebanista del condado británico de Leicestershire. Pastor baptista, para más señas. El caldo de cultivo: el escaso éxito de convocatoria que cosechaba en las reuniones que organizaba en la parroquia para alejar a sus feligreses de los peligros del alcohol, toda una tentación en la complicada sociedad victoriana. ¿Y si premiaba la asistencia con un viaje? Corría el mes de julio de 1841 cuando puso aquello en marcha. Contrató un tren y tentó a los fieles con una salida a un congreso que trataba la adicción en Loughboroung. Por el módico precio de un chelín disfrutarían de todo un día de excursión.

Tuvo tanto éxito que no tardó en montar la primera agencia de viajes de la historia, a la que bautizó con su propio nombre: Thomas Cook. Y la carrera fue imparable. Diez años después de aquella primera excursión antialcohólica, organizó un viaje a la Exposición Universal de Londres. Para 165.000 personas, que se dice pronto. Cuatro años después, otro a la de París. Hasta llegó a ser contratada para organizar peregrinajes a La Meca. Y así hasta convertirse en la mayor agencia de viajes del mundo.

Pero nada es eterno. Y aquel gigante ya no es tal. Acaba de morder el polvo. Dejando varados miles de turistas de todo el planeta. Para sorpresa de muchos, la de los viajeros, sobre todo; y no tanta, más bien ninguna, para otros.

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Temor a un aumento del paro en Canarias por la quiebra de Thomas Cook Exceltur calcula unas pérdidas para España de 200 millones de euros.

Hace ya años que arrastraba una delicada situación financiera, asfixiada por una monumental deuda -las últimas cifras hablan de más de 1.900 millones de euros- que le impedía enfrentarse con posibilidades de éxito a sus rivales del turismo online. Un lastre que la obligaba a vender tres millones de paquetes de vacaciones al año solo para poder hacer frente a los intereses.

 Llovía pues sobre mojado cuando se vio zarandeada, en el 2016, por el impacto del intento de golpe de Estado en Turquía, su destino estrella. Todavía no había conseguido levantar cabeza cuando llegó otro mazazo: la ola de calor del 2018 y muchos de esos preciados turistas que transportaba cada año decidieron quedarse en casa. Al fresquito. Y, como a perro flaco, todo son pulgas, vino la puntilla: el brexit y la pérdida de valor de la libra asociada al proceso. Demasiado para un gigante con pies de barro.

 Y demasiado también para Peter Fankhauser (Suiza, 1960), el último presidente de Thomas Cook. Cierto es que tomó las riendas de la compañía en el 2014 -aunque llevaba a bordo desde el 2001-, cuando las cosas ya andaban torcidas. Pero también lo es que su gestión no ha servido para enderezarlas. Cinco años dejándose llevar por la corriente, intentando evitar el naufragio, para al final acabar ahogado. Es la frase que resume su legado al frente de la firma. Thomas Cook era hace unos días prácticamente la misma que cinco años atrás. Si acaso con algunas oficinas a pie de calle menos y algunos hoteles más. De lo del viraje para adaptarse a los nuevos tiempos, ná de ná. Es verdad que en cinco años no se hacen milagros, pero convendrán conmigo en que son suficientes para que se note la mano de un buen gestor. Cualidad que se le supone a alguien que, como Fankhauser, cobra más de ocho millones de libras al año.

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