¡Que viva el vino!

El sector vitivinícola se ha convertido en la punta de lanza del sector primario gallego. Sus cinco denominaciones de origen exportan ya el 20 % de su producción, posicionada además en el segmento de los vinos de calidad. La industria tiene no obstante importantes retos sobre la mesa, como la liberalización de los derechos de plantación, la necesidad de garantizar el relevo generacional de las explotaciones o el diseño de una estrategia de diferenciación


Subdirector del Foro Económico de Galicia

El sector del vino y toda su industria relacionada constituye un sector estratégico para la economía gallega atendiendo no solo a su importancia económica, sino también a su dimensión social y cultural. Pensar en el interior de Galicia (y también en partes de su costa) nos remite a actividad vitivinícola como principal fuente de riqueza y empleo. Su relevancia histórica en términos de cohesión territorial hace que se configure como uno de los principales referentes identitarios de un territorio. Algunos de nuestros caldos son referentes a escala internacional y las cinco denominaciones de origen con las que contamos están presentes en los mercados más prestigiosos de los cinco continentes. Si a todo ello se le une el hecho de estar insertos dentro de una potencia mundial como es España, es fácil disponer de una idea de la dimensión del sector.

Como el resto de actividades agrícolas, el del vino es considerado un sector básicamente tradicional, donde los últimos tiempos han sido testigos de procesos de innovación y mejoras tecnológicas de gran impacto. Consecuencia de ello, se han incorporado a la escena nuevos países productores que, a través de procesos productivos diferentes, están haciendo frente a los tradicionales países mediterráneos. Así pues, vinos hasta no hace mucho desconocidos de Chile, Nueva Zelanda o Sudáfrica han incorporado nuevas estrategias competitivas a las que el mercado se está adaptando a sorprendente velocidad.

Frente a lo que ocurre en España, donde el consumo de vino se mantiene relativamente bajo, son muchos los países que han descubierto sus bondades. Así, casos como el Reino Unido o Canadá (con una producción casi inexistente y un consumo muy elevado) se convierten en destinos deseados por todos los productores, incrementando la competencia a todos los niveles. Y es aquí donde radica una de las principales características del sector: la internacionalización como imperiosa necesidad y con una tendencia creciente. Todo lo que suponga limitarse al interior de nuestras fronteras está llamado a quedarse a medio camino, cuando no al fracaso.

En este sentido, el sector del vino en Galicia no lo ha hecho mal, sobre todo en términos comparativos con el resto del Estado. La Denominación de Origen Rías Baixas ya exporta una de cada cuatro botellas que produce y, en conjunto, el total de las denominaciones gallegas casi se aproximan al 20 % de producción internacionalizada sobre el total de ventas. Igualmente, cada vez son más las bodegas presentes en escaparates internacionales de reconocido prestigio. Todo ello configura un buen síntoma en un entorno de rápidos y profundos cambios.

Desafíos y retos

Sin embargo, el futuro más inmediato del vino de Galicia tiene que superar en el 2020 una prueba del algodón. El año que viene se renovará en el seno de la Unión Europea la Política Agraria Común (conocida por sus siglas, PAC) y de este proceso dependen cuestiones claves para el sector como la liberación de los derechos de plantación de viñedo.

Además, existen otra serie de aspectos que marcarán la tendencia en el medio plazo. Resumidas en cuatro grandes ideas fuerza, estos podrían ser los retos de futuro:

1)- Tamaño.

2)- Profesionalización.

3)- Complementariedad.

4)- Calidad y singularidad.

El minifundismo es un mal endémico del rural gallego que el avance de los procesos de mecanización (solamente aplicables en grandes explotaciones) evidencia cada día más. Los viñedos de Galicia tienen una reducida dimensión (0,14 hectáreas de promedio), lo cual impide, entre otros, el acceso al reparto de autorizaciones para plantar nuevo viñedo al exigir un mínimo de extensión de media hectárea. De este modo, según los últimos datos disponibles, las más de 20.000 parcelas de viñedo que en Galicia no alcanzan esta dimensión estarían fuera de convocatorias de esta índole.

Por lo que se refiere al segundo punto, también quienes trabajan esos terrenos (los viticultores) sufren un proceso de envejecimiento generalizado que muestra una clara dificultad por conseguir relevo generacional. Esto tiene que ver con la evolución demográfica, pero también hay factores más específicos del sector como el reconocimiento social de esta figura como clave de todo el proceso productivo. En esta línea, se hace imprescindible mejorar la retribución de la cadena de valor, así como garantizar la rentabilidad y sostenibilidad del conjunto de bodegas insertas en ella.

Íntimamente relacionado con lo anterior, cabe señalar la necesidad de buscar sinergias con otros sectores, donde ámbitos como el turismo o la gastronomía deben jugar un papel relevante. El vino como eje vertebrador de estrategias turísticas es algo que se viene aplicando con éxito en otros territorios e incluso en Galicia existe alguna experiencia reseñable. Por ello, los programas de desarrollo y potenciación del enoturismo precisan programas de formación de sus profesionales y apoyo público decidido para conseguir alcanzar una oferta turística competitiva.

El último de los puntos señalados se presenta como el más ambicioso pero, al mismo tiempo, el más determinante a la hora de asegurar el éxito. Su premisa de partida parte de una estrategia de diferenciación basada en la calidad de los vinos gallegos y, específicamente, de sus denominaciones de origen. El punto de destino sería una posible salida al exterior bajo un paraguas común que protegiese y garantizase la calidad de todos los caldos gallegos. Estaríamos aquí pensando en hacer compatible las ya existentes denominaciones con un sello que las uniese en sus procesos de internacionalización a modo de, por ejemplo, Vinos de Galicia.

Estrategia común

Lo aquí comentado podría formar parte de una estrategia marca-país, tan necesaria en nuestra comunidad como conjunto de percepciones que caracterizan a un territorio. Estamos hablando, entre otras cosas, de confianza, autoestima o admiración, factores en los que el vino puede jugar un papel muy destacado. En la medida que se consigue dar forma a este envoltorio, está demostrado que el nuevo consumidor está dispuesto a pagar una mayor cantidad. Y esta es una variable con la que las campañas de promoción y comunicación deben saber jugar de modo inteligente.

Por ello, es momento de explorar y valorar esta propuesta, porque la competencia es cada vez mayor y el entorno más complejo. Sin duda, el vino puede constituirse en la punta de lanza de la marca Galicia en el ámbito agroalimentario mundial. Como se suele decir habitualmente, ya tenemos los mimbres, solo falta hacer una buena cesta.

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