Finc La Torre, que este año ha registrado una cosecha histórica, presentó su nueva imagen hace unas semanas en un almuerzo en A Coruña
25 feb 2026 . Actualizado a las 05:00 h.A quince minutos del centro de Antequera (Málaga), se encuentra Finca La Torre, un proyecto sinónimo de éxito. Con una brillante trayectoria de 13 años, esta almazara es un referente en el sector oleícola de nuestro país por su sublime AOVE, que lo ha convertido en una de las firmas más reconocidas a nivel nacional e internacional. El objetivo, aseguran, es producir aceites de la forma más pura y fresca, tratando el fruto de la manera más delicada posible para evitar lesiones, además de apostar por una recolección temprana, lo que implica la obtención de unos zumos más afrutados y verdes, y optar por la extracción en frío que se realiza tan solo pocas horas después de la recolección. De hecho, solo recolectan la cantidad de aceitunas que la almazara puede molturar en un día. «El aceite es un zumo de aceituna y, como zumo, cuanto más fresco, mejor. Este es el único concepto que hay que tener claro en el mundo del aceite. Al revés que el vino. ¿Nos tomaríamos un zumo de naranja exprimido hace una semana? No. ¿Entonces por qué nos tomamos un zumo de aceituna exprimido hace tres o cuatro años?», explicó Borja Adrián, gerente de la compañía, durante una comida que tuvo lugar en La Tienda de A Mundiña, en la calle Padre Feijoo, en A Coruña, para presentar la nueva imagen de la marca, además de celebrar que han obtenido una «cosecha récord en los últimos años». Adrián contó que producen «aceite nuevo todos los octubres». El año pasado envasaron unos 45.000 litros y este año aspiran a 55.000. Y aseguró que agotan existencias dos o tres meses antes de tener la nueva cosecha. La excelencia marca cada temporada la calidad del aceite de esta compañía, que, pese a cualquier contratiempo, mantiene su perfil oleico intacto. Y es que los aceites de Finca La Torre son aceites de autor.
El terreno cuenta con 380 hectáreas, de las cuales 240 son de olivar, unos 50.000 olivos aproximadamente, de los que extraen aceite para fabricar cuatro variedades: la hojiblanca, arbequina, picudo y cornicabra. Sus cuatro monovarietales conforman una gama de aoves de autor que cuenta con un notable palmarés nacional e internacional, entre los galardones más destacados figura el Premio Alimentos de España al mejor aceite de oliva virgen extra durante seis campañas —las cuatro primeras consecutivas—, la última la del 24/25. «Todos los aceites se hacen en las mismas condiciones, pero la estabilidad es diferente. El hojiblanca y arbequina aguantan más que el picudo y el cornicabra», comenta Adrián, que asegura que esta última variedad es la más intensa en aroma y picante.
Asegura que un buen aceite sirve para cualquier elaboración, ya sea pulpo o un huevo frito, aunque confiesa que suele apostar por consumir primero las variedades que aguantan menos. Durante el almuerzo, además de celebrar una cosecha récord en los últimos años, la almazara de Antequera presentó su nueva imagen, más actual y refinada. Su nuevo lema, Guardians of excellence, rinde tributo a la forma de ser de Víctor Pérez (el ingeniero agrónomo que dirige la producción) y Borja Adrián, que no entienden otra forma de hacer las cosas que exigiéndose el máximo, campaña tras campaña.
Finca La Torre tiene mucha historia. Su trayectoria como productora de «oro líquido» se remonta a épocas romanas, como demuestran los restos que se exhiben en los jardines y que fueron encontrados en las inmediaciones de la finca, cuando los romanos la replantaron de olivos e instalaron el primer molino de piedra. Fue en torno a 1260, año en que se construyó la torre vigía que le da nombre y que aún domina el paisaje sobre sus colinas, cuando se reconoció como tal, y se convirtió en una de las almazaras más antiguas que se conocen. Con el paso de los años cayó en desuso, hasta que una comunidad de alemanes, el siglo pasado, retomó la actividad mediante la práctica de agricultura biodinámica, con una pequeña producción para consumo propio. Ya en los primeros años de nuestro milenio, la propiedad de la finca al completo pasó de forma casual a manos de Daniel S. Aegerter, célebre empresario, inversor y filántropo suizo. Desconocedor del mundo de los olivos, cuando detectó el potencial del negocio, decidió explotarlo y para ello se rodeó de los mejores profesionales.