El Alentejo, ese gran desconocido

CARLOS CRESPO

SABE BIEN

De los icónicos acantilados de su litoral a la planicie infinita del sur o a las altas tierras de Portoalegre. La región del Alentejo es tan variada como fascinante. No podían, por tanto, serlo menos sus vinos. Unos vinos que dejan atrás estigmas de antaño para ofrecerse al mundo renovados en su concepto y revestidos de modernidad. Va siendo hora de descubrirlos

25 oct 2020 . Actualizado a las 10:14 h.

Escribe José Saramago en Levantado del suelo, el libro que dedicó a las tierras y a las gentes del Alentejo, que «lo que más hay en la tierra es paisaje». Por mucho que falte del resto, añade el escritor luso, «paisaje ha sobrado siempre». Y en poco sitios el paisaje determina la vida, la historia, la cultura y la economía de sus moradores como en esta región del sur de Portugal.

Dejándonos guiar de nuevo por Saramago, el Alentejo «es una tierra grande, si comparamos, primero corcovada, algo de agua de ribera, que la del cielo tanto puede faltar como sobrar, y hacia el sur se desmaya en tierra plana, lisa como la palma de una mano, aunque muchas de estas, por designio de la vida, tienden a cerrarse con el tiempo, hechas al mango de la azada y de la hoz o de la guadaña».

Tales condiciones, unidas a un clima en el que «hay días tan duros como su frío y otros en que no se sabe de aire para tanto calor», han propiciado que el viñedo, junto el olivo, el cereal y el alcornoque, sean los cultivos que tradicionalmente se han adueñado de estas tierras.

En el caso del vino, evidencias arqueológicas constatan la presencia ininterrumpida de la cultura del vino y la vid en el tranquilo paisaje alentejano desde la época de los tartesos. Después llegarían los fenicios, los griegos y finalmente los romanos, definitivos impulsores de la viticultura y a quienes la región debe uno de sus símbolos, las talhas, enormes vasijas de arcilla, utilizadas tanto para la fermentación como para el almacenamiento, que pueden albergan 2.000 litros de vino. Pero centrémonos en la edad contemporánea, también llena de sobresaltos y convulsiones para el desarrollo de la cultura y el negocio vitivinícola. El Alentejo, tierra de enormes latifundios, fue en el siglo XX el principal productor de vino de Portugal. Si bien sus grandes cooperativas nunca se preocuparon en exceso de procurar la excelencia. Tras la Revolución de los Claveles (1974) muchos de esos latifundios fueron expropiados y enormes viñedos quedaron en situación de abandono. Hasta que la bonanza de los 90 provocó que exitosos empresarios lisboetas fijaran de nuevo su mirada en la industria del vino alentejano. Y con ellos llegaron también otros más jóvenes que impulsaron nuevos proyectos y bodegas que rompían con la imagen y el estigma de los vinos de la región.

Así, hoy en el Alentejo, conviven bodegas tradicionales de corte familiar con otras rotundamente innovadoras que reproducen con notable éxito y reconocimiento los nuevos modelos de viticultura y de acceso al mercado del vino.

Así lo reconoce Tiago Caravana, director de marketing de la Comissão Vitivinícola Regional Alentejana (CVRA). «En estos momentos el Alentejo es una región super dinámica en la que se trabaja desde varios frentes». Subraya Tiago Caravana el hecho de que los productores estén «investigando y haciendo un extraordinario trabajo con nuevas variedades de uva».

Una de las consecuencias de esa renovación es el muy perceptible cambio en el perfil de los vinos de la región. Los alentejos ya no son solo aquellos tintos áridos y poderosos de tremenda carga alcohólica, muchas veces por encima de los 15 grados. «Cada vez tenemos vinos más elegantes y más frescos», señala el técnico del CVRA.

Prueba de la aceptación de los actuales vinos alentejanos son los muchos reconocimientos que les están llegando. Nacionales e internacionales. En la edición del 2019 del concurso de vino de Portugal, un vino alentejano, el Grande Rojo, se llevó el premio al mejor tinto varietal. Los vinos de la región fueron además merecedores de 8 grandes medallas y 19 medallas de oro.