«Nos fuimos de vacaciones a un molino en medio de la nada»

Este es el verano de la primera vez. No hay mal que por bien no venga, y el covid regala nuevas experiencias. Una pareja en un solitario molino, otra que se estrena en caravana y una joven que no saldrá de Galicia nos lo cuentan


Puede que haya que tener algo de Quijote para lanzarse a pasar las vacaciones en un molino. Y puede que Ara García y Samu Blanco, una pareja formada por un tímido rapaz de Catoira y una dicharachera moza vilagarciana, lo tengan. Porque, al fin y al cabo, el hidalgo de la Mancha era un tipo idealista al que le gustaba que las cosas se hiciesen bien; un hombre cargado de bonhomía. Y de eso tienen bastante Ara y Samu. Los dos militan en ese equipo que forma la gente que pretende poner su grano de arena para que el mundo, ese que ahora mismo parece ir como una tartana, funcione un poco mejor. Así, cuando el coronavirus les arruinó sus planes vacacionales y tuvieron que decir adiós al viaje cultural a Florencia que habían planeado este verano para evitar coger aviones y exponerse, más allá de cabrearse por los engorrosos trámites para que les devolviesen el dinero -cuestión que todavía no lograron- pensaron en la oportunidad que tenían ante sí. «Ya que no podíamos ir a Italia, pensamos que podríamos buscar algo más cerca y dejar dinero en zonas más próximas para ayudar al sector turístico», indica Ara. Querían, por aquello de seguir haciendo las cosas bien en plena pandemia, un lugar apartado, donde no interaccionasen con más gente, un sitio donde simplemente pudiesen desconectar... Buscaron en Galicia y Asturias y, con poca antelación y en pleno agosto, se toparon con que todos los sitios que les gustaban colgaban el cartel de lleno o se les iban del presupuesto. En esas estaban cuando, de repente, en una búsqueda en Internet, les saltaron unos molinos perdidos del norte de Portugal, los de Castro do Laboreiro, cerca de la frontera. Una construcción de piedra solitaria, un río, rutas de senderismo, cero bullicio... Vieron todo ello y ni se lo pensaron. Se fueron de cabeza a la soledad prometida del molino.

Ojo. Irse de molienda no fue una expedición sencilla. Fieles a sus principios de que hay que arrimar el hombro con la economía gallega, Ara y Samu decidieron que, ya que finalmente no se alojarían en un establecimiento de la comunidad, al menos sí comprarían todos los víveres aquí para su estancia portuguesa -tenían que llevar absolutamente todo porque el molino está en medio de nada, en el corazón del parque Peneda-Gêres-. Así que se marcharon con el coche hasta los topes de churrasco patrio -hasta la famosa salsa churrasco de Rubiáns de Vilagarcía se llevaron hasta allí-, cerveza gallega y, por supuesto, todo un lote de lácteos Larsa, la empresa donde ella trabaja. «Los yogures y el queso Larsa no podían faltarnos, son lo mejor», señala ella con sonrisa de oreja a oreja.

Allí se plantaron con toda la logística. Y allí se quedaron tan de piedra como el molino. Porque una cosa es pensar en estar en un lugar apartado en la naturaleza y otra distinta vivirlo. «Aquí solo se escucha el río. Esto es impagable», señalaba Ara desde allí, mientras contaba que la noche anterior hasta se animaron a prender la chimenea en pleno agosto por aquello de darle ambiente a la pequeña construcción de piedra a la que fueron a parar. No se aburrieron. «Hay un montón de rutas para hacer a pie, un castillo, cascadas, puentes antiguos... todo rodeado de verde, es muy bonito. El pueblo más cercano está a unos 750 metros, es una aldea con un hotel y un pequeño supermercado. Aquí, además de nuestro molino, hay otro donde está una pareja con su hija, pero no coincides, están separados. La sensación de estar en un sitio solitario, en medio del monte, es total. Dormir, comer, pasear... se está genial», indicaban desde allí mientras preparan la mesa para dar cuenta de la barbacoa que Samu había preparado.

«HÁBLAME DE PIRI»

Eso sí, haría falta que esta pareja se fuese a otro planeta para que no siguiese conectada a la familia vía WhatsApp. Quizás no lo estarían si tuviesen con ellos a sus tres criaturas: los gatos Lenny y Chisca, y la perra cuyo nombre oficial es Troski, pero que también atiende por el cariñoso mote de Piri. Se quedaron con la familia, con la que están más que acostumbrados, para no sacarlos de su ambiente. Así que no son ni una ni dos veces al día sino bastantes más las que Ara se conecta al móvil para pedir informes: «Háblame de Piri, mándame fotos de mis gatitos», es su mensaje fetiche mañana, tarde y noche vaya a donde vaya. Pretendían que la experiencia portuguesa terminase con un chapuzón en alguna playa. Eso, después de disfrutar del molino ubicado en ese lugar de cuyo nombre querrán acordarse...

Carlota Santolari: «Llevo todo el mes de agosto en Laxe»

Carlota Santolaria Ferro suele irse cada año de vacaciones muy lejos de Galicia, pero este 2020, como a tantos otros, la pandemia del coronavirus la obligó a cambiar sus planes. «Todos los años me voy fuera de viaje. Los últimos estuve en México, en donde visité Ciudad de México y también la zona de Cancún, y por Marruecos, en Marrakech y Esauira», relata la joven, que por suerte este año todavía no tenía su escapada programada cuando saltó la alarma del covid-19. «No teníamos nada reservado ni pensado todavía, y menos mal», indica desde Laxe, en donde pasa todo el mes de agosto.

A sus 25 años, Carlota trabaja en una escuela de paddle surf en esa localidad de la Costa da Morte. «Vivo en Arteixo, pero todos los fines de semana los paso en Laxe por trabajo, apunta. Precisamente su estadía en Laxe durante este mes han sido sus únicas vacaciones, y de momento, ante los rebrotes por el coronavirus y las restricciones para viajar, no tiene ningún viaje cerrado para este año «Tengo pensado hacer alguna escapada con mis amigas a Asturias, para hacer el descenso del Sella. Supongo que para septiembre u octubre, pero todavía no lo sabemos», confiesa Carlota.

A la joven viajera la pandemia no le ha quitado las ganas de conocer nuevos destinos. Además de haber cruzado el charco y visitado países como México, antes disfrutó de otros lugares más cercanos: «Hace años estuve en Reino Unido visitando Londres. Después también me he movido bastante dentro de España. He visitado Barcelona y también otras zonas de Andalucía». Por supuesto, en su lista de países no podía faltar Portugal. «He ido varias veces, claro», apunta Carlota, que combina sus estudios de Administración y Finanzas con su ocupación en Laxe y también con un trabajo como monitora en un parque infantil.

EL PARAÍSO, CERCA DE CASA

Lejos de sentir pena por haber pasado todo el verano en Galicia, la joven está en cantada. «Aquí tengo a mi familia y a mis amigos, así que estoy bien», señala ella, que suele acudir a la playa de Laxe —donde posa con la correspondiente mascarilla para este reportaje— o a la de Soesto. Sin duda, ella es la prueba de que para disfrutar no es necesario recorrer kilómetros.

Cristina Paniagua y Norberto Granados: «Nunca habíamos ido en caravana y repetiremos»

«Yo sí que llevaba tiempo pensado en coger una furgoneta, pero nunca lo habíamos hecho», dice Norberto Granados a su regreso de unas vacaciones inolvidables. Él y su mujer, Cristina Paniagua, decidieron que este año las circunstancias invitaban a hacer algo diferente sin salir del país ni juntarse con demasiada gente. «Había más presión y dificultad para coger el avión, y tampoco nos apetecía pasar por los aeropuertos. Decidimos que era el momento de conocer España, porque otras veces nos íbamos directamente a otros países», asegura esta pareja, que tenía como destino pendiente el norte. Así fue como alquilaron una Camper a través de Van Van Go y salieron de Sevilla con dirección A Coruña. En la ciudad herculina la recogieron y fueron ella todavía más al norte para conocer la costa ferrolana.

LAS PERSEIDAS EN CEDEIRA

«Nos enamoramos de la costa de Ferrol. Fuimos hasta O Vicedo y después a Asturias, donde nos encontramos con otros amigos que también iban en furgoneta. Pero toda esa zona de Ferrol es increíble. Nos encantó la playa de Vilarrube, y también la de Cedeira. Luego los pueblos tienen mucho encanto, pequeñitos, con su iglesia de piedra... Y encima nos coincidieron las Perseidas. El cielo se abrió totalmente y las vimos en Cedeira, fue espectacular», relata Norberto y Cristina, que sin querer se han enganchado a la libertad de llevar la casa a cuestas: «Repetiremos sin duda, porque levantarte en ese sitio de repente, en un bosquecito, sacar una mesita fuera para cenar y apagar las luces de la Camper es toda una experiencia».

Su primera vez, eso sí, trataron de que resultase lo más cómoda posible. «Teníamos cocina, cuarto de baño dentro con ducha y una cama que era supercómoda. Con el espacio sí que hubo que organizarse, pero estuvimos muy bien y encontramos lo que buscábamos en estas vacaciones, que era evitar grandes ciudades y hoteles con mucha gente, y al mismo tiempo descubrir sitios nuevos», dicen ya desde Sevilla con mono de caravana... y de Galicia.

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