«La distancia no es un problema, problemas son otros»

No hay kilómetros. Carolina y Carlos han construido una solidez familiar a prueba de distancia. Él se recorre toda Europa trabajando como soldador. Ella lleva las riendas de su casa, de su familia y de su trabajo. Y todo con una sonrisa. Son una pareja de diez

Carolina Solís es una supermamá, superempresaria y una supermujer, porque ella sola puede con su casa, con Catalina, su hija pequeña de 3 años, otro que está a punto de nacer y dos escuelas infantiles (Piratas de la Ría) que tiene con su socia Cristina en Culleredo. Su marido, Carlos Santamarina, se ha recorrido todos los países del viejo continente trabajando como soldador. Viaja «más en avión que en coche», hasta el punto de que calcula que solo el año pasado hizo más de cien vuelos. Ella, que es asturiana, tiene a toda su familia en Avilés, pero eso no le impide ver la vida con optimismo y disfrutar de los momentos en los que Carlos está en casa.

«La verdad es que al principio me costaba muchísimo más, porque la niña era muy pequeña y cuando él venía, no es que lo extrañara, pero le costaba. Y claro, a él también le dolía un montón», explica mientras reconoce que los primeros viajes de Carlos le resultaron un poco difíciles, pero ahora ya está totalmente adaptada: «Yo lo veo bien a él y la niña a mí me lo hizo muy fácil. Poco a poco te vas acostumbrando a esa rutina, que tampoco es que sea mala. Pero sí que es cierto que te organizas de otra manera. Yo lo llevo bien», aunque reconoce que cuando él está en casa todo es mucho más relajado: «Él se encarga de todo, me lo intenta poner muy fácil. Atiende a Catalina como si fuera yo. Exactamente igual. La viste, le da de comer... todo. Y se preocupa de que haga cosas que yo no puedo hacer cuando él no está, como ir a cenar con alguna amiga, o que haga deporte, que a mí me gusta bastante», comenta.

SU NEGOCIO LE AYUDA

Carolina reconoce que el hecho de tener dos escuelas infantiles le ayuda mucho a sobrellevar su situación personal: «Es una conciliación total. Estoy prácticamente toda la jornada en el cole, porque abrimos a las siete de la mañana y cerramos a las nueve de la noche. Y el hecho de que Catalina pueda estar conmigo se hace mucho más fácil. Pero también ella me lo hace muy llevadero, porque nunca se pone enferma. Nunca tuve que faltar a trabajar porque estuviera malita», dice antes de recalcar que la misma filosofía del cole que le sirve a ella se aplica para todos los niños, porque siempre intentan adaptarse a las necesidades reales de los padres.

Ahora, Enol está a punto de llegar a sus vidas y aunque no sabe cómo va a ser el futuro, ella confía en que todo vaya bien, como hasta ahora: «La gente me dice: ‘¿Y ahora te metes con el segundo que es muchísimo trabajo?'. Realmente es un poco cómo tú te lo plantees, yo soy optimista. No creo que la distancia sea un problema, problemas son otras cosas. Esto es un manera de enfocar la vida. Y sí que es cierto que aprovechamos un montón los momentos que estamos juntos. Es una manera diferente de entenderlo», apunta, mientras explica que hay padres que no disfrutan de los niños como deberían: «Nosotros intentamos en la medida de lo posible hacer millones de cosas cuando estamos juntos», aunque reconoce que ahora Catalina se da más cuenta de las ausencias de su papá: «Cuando era más pequeñita, él me daba más pena porque ella lo extrañaba, pero ahora, por ejemplo, es ella la que pregunta muchísimo por él, y a veces se disgusta un poco. Pero bueno, es normal», asegura.

Por su parte Carlos valora muchísimo a su mujer porque es conocedor del esfuerzo que supone criar a una niña sin ayuda: «Ela ten máis valor ca min, porque ten que traballar, ten que ocuparse da nena e agora do que vén». A pesar de su juventud y de la distancia, se les ve muy compenetrados. Así ha sido desde siempre. Desde que se conocieron, porque diez meses después de iniciar su relación ya se habían prometido: «Sí. Yo me vine el último año de Magisterio a A Coruña para poder hacer después Psicopedagogía. A Carlos lo conocía porque él es de O Pindo y mi abuelo materno es de Carnota, que está al lado. Tengo una amiga que es familiar de él y así nos conocimos. Montamos Piratas en el 2012, y a Carlos lo conocí al año siguiente, yo ya tenía la escuela. A los diez meses nos prometimos. Y ya se vino a vivir a A Coruña. Cuando nos casamos no llevábamos ni dos años juntos. Él empezó a viajar cuando yo ya estaba embarazada de Catalina», comenta esta mujer que disfruta de los buenos momentos en familia.

«Nos marcamos la norma de vernos cada quince días»

MARÍA DOALLO

La distancia fue una realidad plausible en la relación entre la ourensana Claudia López Muíños y el madrileño César Montalvo Coco

Decía García Márquez que «La distancia no es el problema. El problema somos los humanos, que no sabemos amar sin tocar, sin ver o sin escuchar». La distancia fue una realidad plausible en la relación entre la ourensana Claudia López Muíños y el madrileño César Montalvo Coco. Lo fue durante más de siete años. Lo que no les faltó fue el escucharse, el verse tanto como podían o el comprenderse a través de los kilómetros. Quizá fue gracias a eso que ahora nos hablan los dos juntos desde su casa en Ourense, ciudad a la que César se trasladó el pasado julio. También por eso Claudia no duda ni un segundo para afirmar: «Amor y distancia pueden ir de la mano». Y tanto. Pero es que su historia da para mucho.

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