«Nos marcamos la norma de vernos cada quince días»

La distancia fue una realidad plausible en la relación entre la ourensana Claudia López Muíños y el madrileño César Montalvo Coco

Decía García Márquez que «La distancia no es el problema. El problema somos los humanos, que no sabemos amar sin tocar, sin ver o sin escuchar». La distancia fue una realidad plausible en la relación entre la ourensana Claudia López Muíños y el madrileño César Montalvo Coco. Lo fue durante más de siete años. Lo que no les faltó fue el escucharse, el verse tanto como podían o el comprenderse a través de los kilómetros. Quizá fue gracias a eso que ahora nos hablan los dos juntos desde su casa en Ourense, ciudad a la que César se trasladó el pasado julio. También por eso Claudia no duda ni un segundo para afirmar: «Amor y distancia pueden ir de la mano». Y tanto. Pero es que su historia da para mucho.

«Amor y distancia pueden ir de la mano»

Se conocieron en el 2010, en un fin de semana de fiesta universitaria en Salamanca. Claudia estudiaba allí Psicología y él era el que visitaba. «Yo me apunté a un viaje con mi mejor amigo y su prima. Y Clau era la mejor amiga de esa prima, así que íbamos a verla a ella», cuenta este madrileño de 31 años. La cosa se quedó ahí hasta que año y medio después, con un Erasmus a Grecia de por medio por parte de él, se reencontraron en Madrid. «Cuando nos volvimos a ver, los dos tuvimos claro que había algo importante entre nosotros. No había dudas», dice Clau. Empezaron a salir el 28 de enero del 2012. Con una distancia de Madrid-Valencia -ella estaba allí de Séneca- que evolucionó durante los siguientes años de formas muy diversas. «Desde el principio nos marcamos la norma de vernos cada quince días y no dejar pasar más. Sabíamos que tendríamos que lidiar con la distancia pero también que siempre intentaríamos acotarla para pasar juntos el mayor tiempo posible», explica César. Y lo cumplieron. Trenes, autobuses, aviones y, sobre todo, viajes de Blablacar fueron parte de la vida de esta pareja durante años. Madrid-Valencia, Madrid-Salamanca, Madrid-Ourense... y por el medio un pequeño punto de inflexión viviendo los dos en la capital. «Ella vino a estudiar un máster y la verdad es que ese añito juntos fue una fuga de aire enorme», admite. Todo hasta llegar al tan ansiado punto común: Ourense-Ourense.

«La distancia es un factor que interfiere mucho en una relación pero no está reñida con que salga adelante si realmente nos queremos, que es lo que pasaba -y pasa-», afirma Clau. Y añade: «Es cierto que, con el paso del tiempo, el amor solo no se sostiene y se necesitan otros factores como la convivencia y el verse en el día a día, pero teníamos que saber esperar». Lo cierto es que no fue fácil. Entre medias hubo varios momentos de desesperación, de agonía y de impaciencia por parte de los dos. Aunque también en esto intentaron complementarse bien.

«YO ME DESESPERO MENOS»

«Hay que admitir que yo me desespero menos y que sabía que quejarme no nos iba a servir de nada aunque la procesión iba por dentro, la verdad». Así lo ve César, mientras Claudia cree que se trata de convicción: «Él es muy seguro y desde el principio confió en que podríamos cumplir nuestra meta. Yo a veces dudaba de si seríamos capaces porque los años iban pasando y eso me hacía tambalearme y sufrir. Pero mira, aquí estamos». Y mejor que nunca.

Su distancia se prolongó en el tiempo debido a motivos laborales, no faltaron las ganas, el interés o la capacidad para luchar por unir sus dos destinos en uno solo. Así hace siete meses consiguieron romper con ella y vivir en la misma ciudad. La elegida fue Ourense. No hubo dudas. «Desde el principio Clau se encargó de enseñarme Galicia y lo cierto es que me cautivó desde el primer día que puse un pie en ella», dice el madrileño de esta historia. La comida, la gente, los lugares recónditos con los que cuenta o que todo es más barato son algunas de las ventajas que señala César por las cuales se inclinó a mudarse él a la ciudad de As Burgas.

Claudia acaba de adquirir su propio centro de psicología en la capital ourensana, lo que le impide trasladarse a medio plazo. «Era el momento adecuado», dice él. Aquí están felices y les rebosa, no pueden ocultarlo. «La convivencia entre nosotros es genial y creo que la clave está en que ya nos conocíamos mucho. En estos años hemos forjado una relación muy sólida y eso se traduce en que los problemas se minimizan», dice Claudia. César le da la razón en esto sin cansarse. Podría decirse que la historia acabó bien, mejor que bien. Acaban de celebrar ocho años juntos despertándose en la misma casa. El 14 de febrero ella cumplirá 30 años y un día antes, el 13, él soplará 32 velas. Lo harán, por primera vez, sin haberse tenido que comer la cabeza para cuadrar los días y poder celebrarlo uno al lado del otro. ¿Volverían a vivir esa distancia por llegar a donde están? «Sin ninguna duda», sentencian. Se miran. Y se sonríen fijamente.

«La distancia no es un problema, problemas son otros»

Susana Acosta

No hay kilómetros. Carolina y Carlos han construido una solidez familiar a prueba de distancia. Él se recorre toda Europa trabajando como soldador. Ella lleva las riendas de su casa, de su familia y de su trabajo. Y todo con una sonrisa. Son una pareja de diez

Carolina Solís es una supermamá, superempresaria y una supermujer, porque ella sola puede con su casa, con Catalina, su hija pequeña de 3 años, otro que está a punto de nacer y dos escuelas infantiles (Piratas de la Ría) que tiene con su socia Cristina en Culleredo. Su marido, Carlos Santamarina, se ha recorrido todos los países del viejo continente trabajando como soldador. Viaja «más en avión que en coche», hasta el punto de que calcula que solo el año pasado hizo más de cien vuelos. Ella, que es asturiana, tiene a toda su familia en Avilés, pero eso no le impide ver la vida con optimismo y disfrutar de los momentos en los que Carlos está en casa.

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