«Dormíamos con el móvil bajo la almohada»

Hace cuatro años se encendió la chispa. Mario, gallego de O Cebreiro, vio a Gabi, mexicana que estaba de Erasmus en Galicia, en un bar de Lugo. Se quedó con su cara y la buscó por Facebook. «Pero Mario no me habló hasta que volví a México», cuenta Gabi, que cruzó el Charco de vuelta a casa llevándose un pellizco de morriña. Él, dice ella, la conquistó con las palabras. «Empezamos a platicar muchísimo, él tuvo una novia, yo un novio, pero no dejábamos de hablar», relata Gabi. Les unió de partida una amistad. «Hace dos años, lo quisimos intentar, pero era muy difícil. Vivimos la distancia de manera complicada», admiten. «Lo dejamos por la paz y seguimos como amigos», explica ella. Pero el amor se impuso sobre el mar de kilómetros. Dejaron tres meses de hablar, hasta que en verano volvieron a verse en Lugo. Y fue la gran oportunidad.

Unidos por el Facetime

Pasado el verano, Gabi debió volver a México. Mario se quedó en Lugo, preparando la oposición a policía por la que pelea. Empezaron de nuevo y tras seis meses de amor online y un viaje de él a México ella se ha venido a Lugo. «Para no volver a irme», asegura Gabi, que puso fin a la distancia con Mario hace solo once días. Galicia, dice, se lo pone fácil porque aquí se siente como en casa. La distancia la fueron salvando con FaceTime. «Todos los días. Y nos podíamos echar nueve horas diarias conectados, comíamos y dormíamos juntos. En cinco meses no hubo una noche en que no durmiésemos los dos con el móvil debajo de la almohada. Y con siete horas de diferencia...», comparte Mario. La diferencia horaria fue un obstáculo que también lograron superar.

«Me gusta todo de aquí, en Lugo me encanta ver amanecer desde el puente del tren. Me encanta la palabra morriña, los pimientos de Padrón, la Estrella Galicia y el churrasco», se declara ella, que de México se ha traído sus sabores estrella, el tequila y la salsa botanera.

Aún se pellizcan para creérselo. Sí, están juntos, la Muralla es testigo. Y ya no duermen con el móvil bajo la almohada.

«La distancia no es un problema, problemas son otros»

Susana Acosta

No hay kilómetros. Carolina y Carlos han construido una solidez familiar a prueba de distancia. Él se recorre toda Europa trabajando como soldador. Ella lleva las riendas de su casa, de su familia y de su trabajo. Y todo con una sonrisa. Son una pareja de diez

Carolina Solís es una supermamá, superempresaria y una supermujer, porque ella sola puede con su casa, con Catalina, su hija pequeña de 3 años, otro que está a punto de nacer y dos escuelas infantiles (Piratas de la Ría) que tiene con su socia Cristina en Culleredo. Su marido, Carlos Santamarina, se ha recorrido todos los países del viejo continente trabajando como soldador. Viaja «más en avión que en coche», hasta el punto de que calcula que solo el año pasado hizo más de cien vuelos. Ella, que es asturiana, tiene a toda su familia en Avilés, pero eso no le impide ver la vida con optimismo y disfrutar de los momentos en los que Carlos está en casa.

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