«Si hay señal, hablo con mi familia todo el día»


Más de 12.700 kilómetros separan Viveiro de Jawa Tengah Tegal. El primero es el lugar desde donde trabaja actualmente Wardana. El segundo, su casa, su origen, sus raíces y la cuna también de su familia, formada por su mujer, Ipeh, de 37 años, y su hijo Yunan, que tiene 4. Él es uno de los inmigrantes indonesios que hace al menos una década que llegaron a A Mariña para enrolarse en uno de los barcos de sus puertos. En su caso, hoy en día es el Punta Candieira de los armadores Hermanos García Yáñez, con base en Celeiro. A estas tierras, adonde llegó en el 2006 este marinero de 40 años, trasladó aquí su experiencia en el sector, que es uno de los principales a nivel laboral en su país, en Indonesia. Explica, acompañado de su compañero y también marinero Casmadi, procedente de Jawa Barat, que mudó de destino y se separó de sus seres más queridos fundamentalmente para «ganar dinero», «para vivir, mejor allá», sostiene con convicción. Domina un español básico: «En la adaptación del primer año casi ni decía hola. Contestaba sí, no... Me comunicaba más con señas, hablaba como el idioma de Tarzán».

Gracias al móvil

La distancia geográfica la salvan afortunadamente las nuevas tecnologías. Wardana no se despega del móvil, pero sobre todo porque le mantiene cerca de los suyos, de Ipeh y Yunan. De cada año que trabaja, aprovecha un par de meses o tres para ir a verlos y estar con ellos. Sus vacaciones coinciden, sobre todo, con el Ramadán, pues practica la religión musulmana, rito por el que se casó en el 2008, cuenta. Tras la pregunta de si echa de menos a su mujer y a su hijo aparece un gesto suyo de frotarse los ojos, al enrojecerse: «Sí, los echo de menos. Si hay señal [del teléfono], todo el día hablo con ellos. También depende de la hora, pues hay casi seis de diferencia con Indonesia, por eso hablamos a partir de las 11.00 y 12.00 de aquí». A veces les envía o lleva regalos. Chocolate «de sabor bueno» y ropa, comenta. Y de Galicia lamenta su clima frío y húmedo. «Es duro el mal tiempo», confiesa ante la cariñosa mirada de la viveirense Kety, quien les presta ayuda: «Es como una madre». ¿Alguna vez pensó en traer a los suyos?: «Sí, lo hemos pensado, pero es muy complicado. Nos gustaría que fuera más fácil».

«La distancia no es un problema, problemas son otros»

Susana Acosta

No hay kilómetros. Carolina y Carlos han construido una solidez familiar a prueba de distancia. Él se recorre toda Europa trabajando como soldador. Ella lleva las riendas de su casa, de su familia y de su trabajo. Y todo con una sonrisa. Son una pareja de diez

Carolina Solís es una supermamá, superempresaria y una supermujer, porque ella sola puede con su casa, con Catalina, su hija pequeña de 3 años, otro que está a punto de nacer y dos escuelas infantiles (Piratas de la Ría) que tiene con su socia Cristina en Culleredo. Su marido, Carlos Santamarina, se ha recorrido todos los países del viejo continente trabajando como soldador. Viaja «más en avión que en coche», hasta el punto de que calcula que solo el año pasado hizo más de cien vuelos. Ella, que es asturiana, tiene a toda su familia en Avilés, pero eso no le impide ver la vida con optimismo y disfrutar de los momentos en los que Carlos está en casa.

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