«Ser madre y científica es un demérito»

Las investigadoras piden un cambio legal para que no las discriminen por tener hijos


REDACCIÓN / LA VOZ

María Lois tiene tres hijos y ninguno le llegó con un pan debajo del brazo. Si acaso, con un extra de esfuerzo, dedicación y mucha ayuda familiar. No puede bajar la guardia ni por un momento. Si lo hiciera, su carrera profesional se vería comprometida, al igual que la de otras muchas investigadoras. Pero su caso, en cierto modo, tiene tintes de excepcionalidad. En una conciliación casi imposible atiende a los pequeños, de entre 6 y 12 años, y continúa con una brillante carrera en el Centro de Regulación Agrigenómica de Barcelona (CSIC), durante la que ha ganado las elitistas ayudas Starting Grant y Prueba de Concepto del Consejo Europeo de Investigación (ERC). Lo suyo, pese a todo, es ciencia al máximo nivel. Una heroicidad. «Sí que he hecho renuncias -dice-, pero ni más ni menos que cualquier otra, porque la maternidad en ciencia parece un demérito».

«No ha sido, ni es fácil -explica-, porque la ciencia no es solo publicar para subsistir o conseguir proyectos, sino que también te ves obligada a hacer viajes continuamente para dar a conocer tus resultados, porque tú puedes ser muy bueno, pero si nadie sabe lo que haces no tiene repercusión». A María Lois, de origen gallego, le ha molestado especialmente el caso de María de la Fuente, la investigadora del IDIS de Santiago a la que sus dos maternidades la han penalizado a la hora de conseguir un contrato mejor. Pero no le sorprende. «Lamentablemente -admite- es el pan nuestro de cada día».

Un embarazo supone que una mujer, si se cuenta el período de baja, pueda estar en el mejor de los casos seis meses sin investigar, lo que frena sus publicaciones en revistas científicas, la dirección de tesis, la generación de patentes, los viajes profesionales para dar a conocer sus resultados y establecer contactos y la consecución de proyectos. Y en una carrera tan exigente y competitiva como la científica es una obstáculo enorme. Es cierto que en determinadas convocatorias y contratos se les ofrece la ampliación del trabajo por el tiempo que estuvieron de baja o la ampliación del plazo, por el mismo período, para presentarse a los proyectos, pero no es lo habitual.

En algunos supuestos puede suponer el fin de una carrera, porque quedarse un tiempo al margen supone una dificultad insalvable en una competición extrema. «Perdemos -constata Lois- un talento del que, como país, no nos podemos permitir el lujo de prescindir».

Lo sabe bien María Dolores Mayán, investigadora del Inibic en A Coruña, que tuvo un hijo hace cuatro años. En su caso no tuvo problemas con el contrato, pero si dejaba de producir se le cerraban las puertas a los proyectos y, con ellos, a la financiación. «Cogí -explica- una baja maternal de media jornada porque tenía que atender a mis doctorados y no podía parar, pero era un trabajo de tres de la tarde a nueve de la noche. Si quieres ser competitiva no puedes bajar la guardia, y yo no lo he hecho en toda mi carrera». Mayán entiende que desde la Administración se debería ofrecer una alternativa para que las mujeres puedan competir en igualdad de condiciones sin verse obligadas a realizar sacrificios extremos o a tener que dejar su trabajo cuando todavía están en pleno auge.

Cristina Contreras, investigadora del grupo NeurObesidad del Cimus de Santiago, que descubrió recientemente una proteína cuya activación permitiría reducir el peso sin dejar de comer, aún no tiene hijos. Con 34 años tiene una prometedora carrera por delante y, hasta el momento, no ha pensado en formar una familia. No porque no se le pase por la cabeza, sino porque no puede. Tiene otras prioridades.

Conciliar, misión imposible

«Hasta ahora -dice- no me lo he planteado por mi situación laboral, mal pagada y con horarios imposibles con los que resulta imposible conciliar. Y no es que no me hubiese gustado ser madre, pero estos años he apostado por mi carrera profesional». No es una excepción, porque los investigadores jóvenes, aunque no lo sean tanto, se enfrentan también a la inestabilidad laboral, tanto hombres como mujeres. Necesitan competir continuamente al máximo nivel, superar pruebas y evaluaciones muy exigentes para, en el mejor de los casos, lograr unas ciertas garantías laborales en torno a los 40 años. Y no siempre es así.

Contreras, con un contrato Sara Borrel, sí tiene una cláusula por la que se le ampliaría automáticamente el tiempo que estuviera de baja a causa de un embarazo. Pero al concluirlo tampoco tendría garantizada una estabilidad. Debería competir por otros. Y no puede permitirse bajar la guardia. «Si eres madre -resume-, frenas el ritmo y, si eres menos competitivo, es más difícil acceder a proyectos y convocatorias públicas».

«No cogí la baja, pero trabajaba con el reloj en la mano»

La microbióloga Alicia Estévez de Toranzo, directora del Instituto de Acuicultura de la USC y segunda mujer de la historia en acceder a la Real Academia Galega de Ciencias, tampoco vio entorpecida su carrera por tener un hijo, ahora de 22 años. Pero no lo hizo porque contó con el decisivo apoyo de su marido, también profesor, y porque renunció a la baja de maternidad. «No la cogí -asiente-, pero investigaba de otra manera, con el reloj en la mano». Su caso fue excepcional, porque habitualmente en una pareja quien suele perder es la mujer, «que tiene un mayor sentimiento de culpa si deja a su hijo en casa». Cree imprescindible que el tiempo de baja no se compute a la hora de conceder proyectos y contratos, porque «está claro que en ese tiempo una mujer no puede producir como un hombre».

«Debemos decidir qué queremos, si sol y flamenco o apostar por el I+D»

África González, directora del Centro de Investigaciones Biomédicas (Cinbio) y catedrática de Inmunología de la Universidad de Vigo, es una excepción. Sus dos hijos no le han impedido desarrollar una destacada carrera, que recientemente la ha llevado a ser reconocida por la Comisión Europea como una de las doce empresarias «rompedoras» del continente como creadora de Nanoinmunotech, una sociedad de base tecnológica derivada de su grupo de investigación. «Yo no he tenido -destaca- ningún problema por el hecho de ser mujer y madre».

Cree que sí deberían cambiar las cosas para subsanar la pérdida de competitividad de las mujeres que se quedan embarazadas, pero asegura que la cuestión de fondo es otra. «Entiendo la situación de las mujeres -dice- pero el verdadero problema es que no hay una carrera profesional de la investigación. Si una persona ha demostrado que es válida hay que ayudarla y estabilizarla, pero no se hace porque no hay recursos, ya que no se invierte lo suficiente en I+D. Y necesitamos un plan de financiación a largo plazo y no planes que cambien cada dos por tres». «No es -subraya África González- un tema de la mujeres, sino de saber qué queremos como país, si sol y flamenco o apostar por una inversión firme en I+D que dé estabilidad a los investigadores, porque lo mismo les ocurre a los hombres, que con 45 años, una familia e hijos se quedan en la calle».

«Nadie puede penalizar a una mujer por un embarazo»

«Lo mío es casi un milagro», bromea Mara Dierssen. Y es lo que parece. Crio a cuatro hijos mientras se convertía, desde el Centro de Regulación Genómica de Barcelona (CRG), en una de las neurobiólogas más reconocidas del mundo. Pero no hay tal milagro, sino una meditada decisión personal: «Tenía claro que no iba a mezclar mis decisiones personales con las laborales, ni las laborales con las personales. No puedes tomarlas en base a lo que vas a perder», asegura. Y lo cumplió a rajatabla. «Yo -añade- no he renunciado ni a una cosa ni a la otra, y ese es el mensaje que ofrezco, porque no se trata de desanimar a las mujeres que quieren compaginar las dos cosas, porque no tenemos que elegir entre trabajo y familia».

Sí tuvo que hacer sacrificios. Robar horas al sueño y renunciar al ocio, pero no a la ciencia ni a la familia. ¿Cuál es su secreto? «La clave -señala- está en la organización y en echarle imaginación. Hay que reinventarse». «Cuando llegaba a casa -cuenta- le decía a mis hijos que yo también tenía deberes, y los hacíamos todos juntos. A la hora de comer decidíamos entre todos qué queríamos. Bajábamos todos a recoger al niño a la guardería y de regreso hacíamos todos la compra y practicábamos matemáticas con los precios».

Tampoco estaba sola. Tenía a su marido. «Ninguno de los dos queríamos renunciar -explica- a nuestra carrera profesional ni a nuestros hijos y nos organizamos para conseguirlo. Mi marido participaba de forma muy intensa y comprometida en los cuidados de la familia, porque no tiene que ser la mujer la que ceda».

Su caso es singular, aunque entiende que hechos como el de la investigadora gallega perjudicada en su trabajo por una doble maternidad no es admisible. «Nadie -asegura- puede penalizar a una mujer por quedarse embarazada». Para ello cree necesario un cambio legislativo «de arriba a abajo» para que «no perdamos talento por cuestiones relacionadas con la maternidad y la crianza de los hijos».

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