A este lado de la valla

| CARLOS G. REIGOSA |

OPINIÓN

EL DRAMA de los subsaharianos en el desierto ha atraído toda la atención informativa, como era de justicia, porque esa tragedia, en lo que tenía de abandono de unos seres humanos a una muerte probable, no se podía consentir. Sin embargo, ese despliegue noticioso ha ido acompañado de un extraño apagón informativo a este lado de la valla. Se ha comunicado que Marruecos acaba de repatriar a mil subsaharianos, pero nadie nos dice cuántos ha repatriado España de los que saltaron la valla. Porque podríamos estar ante una ecuación peligrosa: el que salta la valla, se queda en España, y el que no la salta es devuelto a su país. ¿Está ocurriendo esto? Debiera explicársenos. Porque, según un directivo de la CEP (Confederación Española de Policía), los inmigrantes subsaharianos que entran en Melilla son trasladados a Canarias y, desde allí, a Madrid en aviones contratados por el Ministerio del Interior. Una vez en la capital de España, la policía los entrega a unas oenegés que se hacen cargo de ellos. Y a los pocos días, según esta fuente, están vagabundeando por las calles de la capital. ¿Por qué no son repatriados, como sus compañeros que han fracasado en el intento de saltar la valla? Porque entran sin papeles, adrede, y se presentan como provenientes de países con los que España no tiene acuerdos de repatriación. Con lo cual, después de un máximo de cuarenta días en un Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE), son puestos en libertad en Madrid, Murcia, Valencia, Málaga o la capital que toque. Naturalmente, sin papeles. Si esto está ocurriendo a este lado de la valla -y nadie lo ha desmentido, que yo sepa-, se daría la paradoja de que es premiado el que arrolla a nuestras fuerzas fronterizas y castigado el que las respeta o no logra desbordarlas. Con lo cual se alimentaría un extraño efecto llamada , ya que, según la CEP, se puede decir que todo subsahariano que salta la valla acaba en las calles de una ciudad española. No se trata de empeorar las cosas con denuncias estúpidas, pero tampoco de cerrar los ojos y apagar el foco informativo. Porque el problema, así, se complica más. Aunque no nos informen.