De los fogones de Florencia a la verbena gallega: «Al llegar de Italia no sabía qué era una orquesta y hoy bailo en la París de Noia»
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De la cancha de baloncesto a la pista de danza: Mattia aterrizó en Galicia hace un año y ya lo ha fichado una de las formaciones más importantes
14 jun 2026 . Actualizado a las 18:06 h.A casi 2.000 kilómetros de los escenarios gallegos comenzó, sin saberlo, Mattia Orlandi (Florencia, 1999) su camino hacia la verbena. Este pastelero de profesión y bailarín que lleva en Vigo apenas doce meses es el nuevo fichaje de la orquesta París de Noia.
Pero su amor por el baile es consecuencia de una vocación tardía y fruto de lo que en un principio parecía ser un revés. Hasta los 16 años, su vida iba encaminada al deporte, en concreto al baloncesto. Fue al romperse una vértebra cuando todo se torció. «Me dijeron que no podía más hacer deporte de contacto», cuenta Mattia.
«Nunca antes me había llamado la atención el baile», admite. Fue a través de uno de sus mejores amigos que conoció la danza: «Recuerdo que quedábamos en el campo de baloncesto y él me iba enseñando los primeros pasos». Por eso, deja claro que lo suyo no es un talento innato, sino más bien una vía para descargar adrenalina que terminó por convertirse en su pasión. «Yo no nací con esto, simplemente lo trabajé porque tenía muchas ganas de hacer y de crear y así encontré una manera de expresarme», explica Mattia. «Como decís aquí, no nací aprendido», bromea.
Poco a poco consiguió ahorrar para poder apuntarse a clases de hiphop. Ese fue el inicio de todo, así fue como Mattia le dio la vuelta a la tortilla y transformó esa «mala suerte» en una oportunidad. Hizo del final de su carera en el baloncesto un nuevo comienzo y, sin saberlo, con muchas horas practicando frente al espejo, estaba comenzando a labrarse su propio camino en la verbena gallega.
Comenzó a dedicarse a la danza en Italia, formó parte de un grupo de baile llamado H2O e incluso llegó a hacer una gira, pero no esconde que allí, no es fácil que el baile «te dé de comer». «Muchas veces tenemos que poner dinero nosotros», apunta. Por eso, durante años compaginó la pista con los fogones trabajando como pastelero, que es a la que llama su «profesión normal».
Emigrar a la aventura
Hace un año aterrizó en Galicia por amor y se instaló en Vigo sin saber ni una palabra de español. Ahora habla un castellano fluido que le permite incluso bromear. Reconoce que se vino «a la aventura». «Pero yo estoy acostumbrado a esto en mi vida, desde que tengo 16 años vivo trabajando y viajando», admite.
Tras una primera toma de contacto, en Galicia continuó compaginando su trabajo como pastelero con el baile. Comenzó a tomar clases en la escuela Media Punta de Vigo. «Fueron las personas que me abrieron la puerta y me mostraron este mundo aquí», agradece Mattia. Aprendía hiphop por las tardes y las noches.
¿Pero cómo terminó encima de los escenarios de una de las orquestas más importantes de Galicia? Fue en su escuela donde vio el anuncio de las audiciones para el programa Bailamos de la Televisión de Galicia. En ese programa es en el que lo fichó la París de Noia y ya ha comenzado la gira con ellos.
De esta forma descubrió un mundo nuevo y totalmente desconocido para él. «Yo no sabía qué era una orquesta ni una verbena», confiesa. «No las tenemos en Italia —continúa— y nadie me había hablado de ello». Reconoce que, en ocasiones, no es del todo consciente de lo inverosímil de la situación: «A veces no me doy cuenta de lo importante que es, porque ni siquiera todas las orquestas tienen cuerpo de baile». Mattia explica que, poco a poco, se va dando cuenta del poder de convocatoria de la formación en la que trabaja y de que «es algo muy importante, muy potente».
Pasó de no saber qué era una verbena a empaparse totalmente de ella. Una inclusión que fue más sencilla gracias al equipo que lo rodea. «Me resultó fácil adaptarme, tengo mucha suerte con todos mis compañeros, ¡y no lo digo por quedar bien en la entrevista!», dice, demostrando una vez más eso de que ya bromea en español. «Siempre lo comento, que ellos me introdujeron en este mundo y me explicaron todo», añade.
Eso sí, tanto en los escenarios italianos como los gallegos ha podido constatar que trabaja en un ámbito mayoritariamente femenino. «Hay muy pocos hombres bailando en las orquestas y hay muy pocas orquestas que tengan bailarines hombres», reflexiona. «Es mucho más frecuente que sean acróbatas y que se les pida que bailen un poco», añade.
Algo que, para Mattia, es un arma de doble filo. Por un lado, le permite ofrecer algo diferente: «Si trabajamos bien, puede ser que nos vean como una novedad, que podemos aportar algo nuevo». Pero por otro lado, le ha servido para darse cuenta de que ser diferente no siempre es fácil. «Va por temporadas, pero hubo gente que me dio de lado». «Tengo novia, pero sufrí comentarios homófobos», pone como ejemplo.
«Nunca tuve miedo de mostrar mi parte femenina y, aunque tengo novia, sufrí comentarios homófobos»
«Mi manera de ser es un poco femenina y nunca tuve miedo de mostrar esa parte de mí», deja claro. Y esa determinación hizo que parte de su entorno le diese la espalda: «Para no estar conmigo, me dejaron solo muchas veces, porque yo era el diferente». «Me pasó con mis antiguos compañeros de baloncesto —continúa—, desde que empecé a bailar ya no quisieron estar conmigo».
Síndrome del impostor
Y así fue cómo, en Galicia, consiguió el sueño de su vida: vivir de la danza. Reconoce que no sabía si lo lograría, pero que siempre fue su anhelo: «No sabía cómo, pero era mi objetivo», deja claro. «Y tengo que decir que soy muy determinado y cabezón», añade.
Pero por vivir ese sueño tuvo que dejar cosas atrás. Una de las más difíciles fue la familia. «Me duele que mi madre nunca me ha visto en la orquesta», se lamenta. Aun así, siente su apoyo en la distancia. «Fueron los que me vieron practicar en casa frente al espejo, cuando parecía que estaba perdiendo el tiempo o que estaba loco, por eso para ellos verme ahora es un orgullo», relata.
Aunque también reconoce, ahora ya entre risas, que son los primeros sorprendidos con la vida que Mattia lleva en Galicia. Ellos tampoco saben qué es una orquesta ni una verbena: «¡Están alucinando! No se esperaban una cosa así ni en sus mejores sueños». «Se sorprenden al saber que hago giras —continúa— y al ver el escenario en el que actúo todas las noches».
Confiesa que él también se asombra al pensarlo y no esconde que a veces sufre una especie de «síndrome del impostor», algo que, asegura, es bastante frecuente en el sector. «Los artistas en general, solemos sentir que nunca somos suficiente y que siempre podemos dar más», argumenta.
También extraña a quienes fueron sus raíces en la danza: «El grupo en el que empecé a bailar fue como mi familia, me hicieron crecer y sin su ayuda no sería el profesional que soy hoy en día. «La que era mi profesora abrió su propia escuela hace poco y yo no pude estar en la inauguración, me duele perderme esas cosas», reflexiona.
A pesar de todo lo que echa de menos de Italia, en el futuro se ve en Galicia. En su día se vino por amor y por ese mismo motivo se queda ahora. «Me enamoré de Galicia, me encanta estar aquí, me encantan el estilo de vida y la calidad de vida», apunta. «También estoy enamorado de Vigo y de una viguesa», añade. Casualidad o no, su pareja es una bailarina de la ciudad olívica que trabaja en una orquesta más pequeña.
Otra cosa que sigue teniendo clara es que le gustaría continuar en la profesión, de una forma u otra. «Para mí lo importante es seguir trabajando como bailarín, ya sea en alguna orquesta o como profesor», concluye.