Cous-cous: Este periódico describía ayer con todo lujo de detalles el ambiente glacial en que anteayer se desarrolló la entrevista entre los ministros de Exteriores española y marroquí: Ana Palacio no fue recibida por su homólogo, ni hubo apretón de manos entre ellos, ni la decoración de la sala -donde la bandera alauí doblaba en tamaño a la española- invitaba a la distensión precisamente. Sólo en el momento del almuerzo, a base de ensalada, dulces y cous-cous , la tensión se relajó. Perejil : Antes Mohamed Benaissa había intentado zafarse del asunto de la isla Perejil y plantear los contenciosos territoriales que Marruecos mantiene con España: Sahara Occidental, Ceuta y Melilla, y posesiones de Ultramar. Y es que, por más que la censurada prensa marroquí proclamase, tras la retirada de las tropas españolas del islote, que el Rey Mohamed VI había infligido una derrota histórica al colonialismo español, lo cierto es que la solución final de la crisis supuso para él un fiasco en toda regla: la situación de Perejil vuelve a ser la que nuestro Gobierno defendió desde el momento mismo del desembarco marroquí. Y huevo : De hecho, la cuestión de Perejil afectaba sólo al fuero que debe presidir las relaciones exteriores. No era, obviamente, el peñasco lo que estaba en discusión, sino el respeto a una regla de juego elemental que impide recurrir al uso de la fuerza para alterar el preexistente statu quo. Pero, restablecido el fuero, es el huevo el que queda al descubierto. Empezando por el irresuelto problema saharaui, para el que España defiende, con el apoyo de la Unión Europea y de la ONU, una solución que las autoridades marroquíes han rechazado de plano durante dos décadas y media. Continuando por un conflicto pesquero que se origina cuando en abril del año 2001 la UE rechaza la última oferta marroquí para renovar el acuerdo vigente hasta la fecha. Y finalizando con el gravísimo conflicto de la inmigración ilegal -huevo, éste, de dos yemas- en el que sólo hay que saber de dónde huyen los que huyen y hacía dónde se dirigen para hacerse una idea de la responsabilidad de cada cual. En última instancia la naturaleza del conflicto hispano-marroquí es incomprensible sin constatar las inmensas diferencias que median entre un Estado social plenamente democrático y una monarquía autoritaria, en la que un Rey semifeudal vive en la opulencia rodeado de millones de personas hundidas hasta el cuello en la pobreza más severa. Que en esa situación el Rey haya decidido buscarse un enemigo y una buena reivindicación territorial que haga olvidar a sus súbditos hambrientos que el Rey (y no España, ni Europa, ni Occidente) es el primer responsable de la pobreza que reina -ésta sí- en Marruecos, no debiera sorprender a casi nadie. Ni siquiera a los cientos de miles de marroquíes que intentan en España, trabajando honradamente, salir de la miseria.