El corralito que asfixia un país

La situación límite de la economía, con la deuda pública alcanzando ya el 155 % del PIB y el acceso a depósitos limitado a 200 dólares a la semana, ha desencadenado un estallido social en Líbano


Beirut / La Voz

Sentados en la acera, padre e hija observan a los manifestantes descargar su ira contra el Banco Central. Bachar Raad emigró a Arabia Saudí hace una década con el objetivo de ahorrar para la universidad de su hija Yara. Ella planeaba comenzar la carrera de veterinaria este año, pero ambos saben que sus ahorros pueden desvanecerse. «¿Dónde está mi dinero? Son solo números en una pantalla», protesta Bachar. Y es que Líbano sufre un corralito desde el estallido de la revolución en octubre. El hombre no puede sacar más de 200 dólares a la semana.

Sobre Líbano se cierne la tormenta perfecta: crisis monetaria, bancaria y de finanzas públicas. La agencia de calificación Fitch prevé incluso la bancarrota del Banco Central, ya que estima sus reservas en 28 billones de dólares y sus obligaciones en 67 billones. Una quiebra cocinada a fuego lento desde 1990. La factura de reconstruir el país tras la Guerra Civil (1975-1990) disparó el gasto público, pero las inversiones de capital no reactivaron la economía. Sibylle Rizk, directora de políticas de Kulluna Irada, un colectivo activo en las protestas actuales, explica que en los 90 el déficit público era «insostenible, pero se decidió incurrir en más deuda».

Para estabilizar la economía, en 1997 se estableció un cambio fijo con el dólar (1 billete verde a cambio de 1.507 libras libanesas) que ha evitado la depreciación de la moneda local y atraído capital, pero es también el talón de Aquiles del país.

El cambio fijo exige que siempre haya dólares en el sistema, pero Líbano es una economía no productiva. Importa más de lo que exporta. Iskandar Boustany, presidente de la ONG Financially-Wise, calcula el déficit comercial en 16 billones de dólares.

Hasta ahora, los cuatro pilares de la economía local (sector inmobiliario, turismo, remesas de la diáspora y el sector bancario) aliviaban la presión sobre el cambio fijo. Pero en los últimos años han caído las remesas de expatriados, la burbuja inmobiliaria ha estallado y el turismo ha disminuido. Para cerrar el círculo, el papel de los bancos está en el punto de mira.

La estructura bancaria libanesa recuerda a una estafa piramidal: los inversores cobran cuando llegan nuevos inversores, pero no hay actividad productiva detrás. Los bancos ofrecen intereses altísimos a sus clientes y después invierten esos depósitos en bonos del Estado (deuda pública), ya que el Banco Central ofrece por ellos rendimientos muy elevados. Pero ese producto ha sido degradado a bono basura, poniendo en jaque la promesa de pago y al sistema bancario, ya que la mitad de los activos de las entidades están invertidos en esos bonos.

Líbano acarrea una deuda pública de 82 billones de dólares, lo que equivale al 155 % del PIB. «El Gobierno se endeuda para pagar deudas previas», explica Boustany. Un 30 % del gasto público se destina de hecho al pago de intereses de deuda.

El país ya se vio ante el precipicio en el 2001, 2002 y 2007, pero donantes internacionales inyectaron capital a cambio de promesas de reformas económicas. En el 2016, el Banco Central retrasó la crisis monetaria con operaciones de «ingeniería financiera», pero Boustany opina que hoy eso sería imposible debido a la espiral de deuda.

Los 11 billones de dólares en préstamos prometidos en la conferencia CEDRE en el 2018 no han llegado ya que el Ejecutivo no ha adoptado las reformas prometidas. «La comunidad internacional ha perdido la esperanza de que comprar tiempo sirva para que el Gobierno implemente las reformas», sostiene Rizk.

La ciudadanía también se ha cansado de esperar. La crisis no es fruto solo de «política equivocadas, sino del clientelismo, nepotismo y corrupción», dice Rizk. Desde el estallido de la revolución, los bancos limitan arbitrariamente la retirada de efectivo. Rizk y Boustany coinciden en que Beirut debería establecer un «control de capitales» centralizado y transparente para evitar una retirada masiva de depósitos.

La escasez de dólares ha propiciado un mercado paralelo en el que la libra se ha depreciado un 40 %. «Hay que gestionar esa depreciación para evitar que las clases populares reciban el mayor golpe», razona. Los trabajadores ven sus salarios menguar por la devaluación, los empresarios no encuentran dólares para importar suministros y el corralito aumenta la tensión en las protestas. Con el deterioro del clima social en pleno ascenso, el país necesita activar vías de rescate.

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