España patina en la reiterada promesa de impulsar el I+D

El país se queda rezagado en la batalla por liderar las economías del futuro. Los fondos para innovar han caído un 32 % desde el 2008 hasta la actualidad


Redacción / La Voz

Corría el año 2009 cuando José Luis Rodríguez Zapatero dio con la solución para salir de la crisis: invertir en I+D+i. «Innovar en la situación económica mundial actual es más necesario y útil que nunca», sostenía. Su sucesor en la Moncloa, Mariano Rajoy, también había ejercido antes como visionario. Lo anticipó en el 2008: «Educación, ciencia e innovación. Esa es la gran prioridad nacional. ¿Con qué vamos a competir? ¿Con petróleo?». En desayunos informativos, en cónclaves de partido o en debates, la palabra innovación siempre salía a relucir como cura para cualquier mal endémico de la economía española. Pero a la hora de la verdad, ninguno de los dos dio ejemplo de lo predicado. Desde el inicio de la crisis hasta la actualidad, los fondos para la investigación y la innovación en España han caído un 32 %, según cifras de la Fundación Cotec.

La historia podría repetirse. Se acercan nuevas elecciones y, con ellas, la tentación de recurrir a la misma receta: prometer inversiones ambiciosas, presupuestar la mitad y ejecutar lo mínimo.

A rebufo

España invierte hoy en I+D+i lo mismo que en el 2006 (1,2 % del PIB) y ejecuta los fondos a niveles del año 2001. En el conjunto de la UE, es el undécimo país de 28 que menos esfuerzo dedica a esta partida y en términos de innovación es el decimonoveno más rezagado. Chipre, Malta o Portugal obtienen mejores resultados en el ránking europeo del 2019, donde ocupamos una posición de remolque. «Cabe pensar que la innovación en España no se mueve. Aun parece más acertado plantear que nos dejamos arrastrar por el impulso y la dirección que marcan otros», sostiene el último informe de Cotec. La Comisión Europea ha alertado a las autoridades españolas del riesgo de seguir aletargada otra década más: «Mejorar el rendimiento de la innovación exige importantes inversiones para fomentar el emprendimiento, la creación de nuevas empresas y ayudar a crecer y promover la competitividad de las compañías», apunta en sus recomendaciones, en las que señala graves problemas estructurales. Seguir al rebufo de las locomotoras europeas no puede ser una estrategia a largo plazo.

Fuga de cerebros

Para evitar perder el tren de las campeonas en innovación (Suecia, Finlandia, Dinamarca y Holanda), Bruselas sugiere a España aumentar la inversión en I+D+i y alentar a las grandes empresas a hacer lo mismo porque invierten tan solo la mitad que sus homólogas europeas. Otra de las tareas pendientes es potenciar el ritmo de ejecución de fondos y poner fin a las disparidades regionales que acentúan la sangría. Por encima de todas las deficiencias detectadas, las autoridades europeas ponen el foco en la educación y la retención del talento.

Aunque España está muy por encima de la media europea en volumen y formación de profesionales con doctorados, no es capaz de aprovechar su talento porque el modelo de investigación ha ido perdiendo atractivo desde el 2011 y no hay salida comercial al paupérrimo número de patentes registradas. Los salarios mediocres y la falta de financiación para programas de gran envergadura científica están detrás de la fuga de cerebros, que arroja un saldo de 87.000 trabajadores de alta cualificación emigrados a otro país de la UE entre el 2007 y el 2017, según el think tank CEPS. Una de las rémoras es el abandono escolar. Hasta un tercio de la fuerza laboral cuenta con estudios básicos. Existe un enorme desierto en el tramo de la formación profesional, fundamental para absorber la innovación. Las pymes españolas, siendo el 95,6 % del tejido industrial, son las segundas de la UE que más invierten en este ámbito, pero reciben pocas transferencias de conocimiento por parte de las grandes compañías. Los sectores con mayor potencial de innovación tienen escaso desarrollo e implantación en España como las fintech, big data, biotecnología o la ciberseguridad. «Las tendencias que se observan no son muy halagüeñas. Y las respuestas políticas son imperceptibles, si se comparan con el tamaño de los retos a los que nos enfrentamos: el desarrollo sostenible, el empleo en un entorno cada vez más digitalizado, las brechas sociales...», sostiene Cotec. 

Por eso el presidente de la Confederación Española de la Pequeña y Mediana Empresa (Cepyme), Gerardo Cuerva, insiste en que es necesario un pacto de Estado por la ciencia que fije un nivel mínimo en el presupuesto y mejoras de los incentivos fiscales para quienes financian y ejecutan la innovación: «En la medida en que se tuviera una visión de continuidad y compromiso en la asignación de recursos y en la ejecución a largo plazo de este tipo de políticas por parte de quienes tienen responsabilidades de gobierno, se podría converger con aquellas economías avanzadas en materia de innovación».

Sin líderes regionales

Por el momento, ninguna de las regiones españolas se sitúa en el grupo de cabeza en investigación e innovación. Ni siquiera alcanzan a las de mayor desarrollo en la UE. La primera en acercarse a la media de las regiones europeas es el País Vasco (79,84), seguida de Cataluña, Navarra y Madrid. Galicia (66,05) ha subido tres puestos en el ránking español, hasta la séptima posición, a pesar de ser la décima en volumen de inversión en I+D+i. No cabe duda de que los años de crisis y restricciones presupuestarias han pasado factura. Entre el 2014 y el 2015, el índice de innovación conjunto se desplomó del 76,33 del 2011 al 71,27, fruto de la política de recortes y ajustes.

Y eso todavía se sigue sufriendo en algunos terrenos como el de la investigación. La Asociación Española de Investigación sobre el Cáncer ha denunciado el recorte acumulado del 25 % de la financiación de proyectos de investigación en cinco años consecutivos. El ligero aumento de la inversión pública no llega a suplir la sangría de la última media década. Esto se traduce en el abandono de estudios de enorme trascendencia. La asociación señala que España arrastra este problema como herencia de los bajísimos niveles de financiación durante la crisis.

Razones para el optimismo

A pesar de que el futuro inmediato no pinta bien y estamos lejos del objetivo de invertir el 2 % del PIB en I+D+i, hay algunas señales de optimismo. España lleva tres años consecutivos aumentando su presupuesto. Las subidas superan el crecimiento nominal del PIB. Eso significa que la investigación y la innovación ganan terreno en el modelo productivo del país por primera vez en la última media década. No solo eso. Administraciones, universidades y empresas están arrimando el hombro.

En el 2017, el sector empresarial incrementó su gasto en un 8,2 % y las instituciones públicas sumaron un +3,3 %. ¿Será suficiente para revertir el letargo innovador del país? Todavía no. Mientras que el esfuerzo total de España creció una centésima, del 1,19 al 1,20 %, el promedio europeo aumentó en tres, del 2,04 al 2,07 %. Y lo más preocupante: ni siquiera la UE puede sacar pecho. El índice de innovación chino crece tres veces más rápido que el europeo. «Pese a que la UE es fuerte en el terreno científico, sus resultados en cuanto a innovación dejan mucho que desear», advierte el comisario de Innovación, Carlos Moedas.

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