El agotamiento de la virtud

Entre el 2012 y el 2018, la economía española logró sentar las bases de un crecimiento sólido gracias, en buena medida, al excelente comportamiento del sector exterior, la creación de empleo y una inflación contenida, un escenario desconocido para el país. Ocurre que en el último tramo del año pasado, el superávit por cuenta corriente se redujo a menos de la mitad y el déficit comercial se duplicó, un deterioro que podría obligar a nuevos ajustes para hacer frente a los elevados niveles de deuda.


Catedrático de Estructura Económica de la Universidade da Coruña

La crisis económica del 2008 y siguientes modificó sustancialmente el patrón de comportamiento de la economía española. La inflación ha dejado de ser un problema, el precio de un dólar sigue relativamente estable sobre los ochenta céntimos de euro y los desequilibrios externos de nuestra economía han desaparecido casi por arte de magia. La mala noticia es que el viejo problema de la tasa de desempleo sigue ahí, el déficit público se resiste a ser controlado y los volúmenes de deuda flirtean con lo insostenible. En estos cambios de conducta, un tema muy representativo es la relación de la economía española con su exterior y el cómo esta relación se ha transformado radicalmente.

Con anterioridad a la entrada en el euro, en las etapas en las cuales la economía española crecía, tarde o temprano se acababa desequilibrando el sector exterior. El mecanismo era sencillo. Un mayor crecimiento aumentaba las importaciones (tanto bienes de consumo como de inversión, por ejemplo, automóviles y tractores) y en este escenario llegaba un momento en el que ya no era compensable con las exportaciones (mercancías, turismo, remesas de los emigrantes, etc.). La solución era inmediata. Frenar las importaciones incrementando los aranceles, encareciendo las divisas extranjeras (devaluando la peseta), incrementar también los tipos de interés para reducir la demanda interior, etcétera... Habitualmente, una combinación de todas estas medidas de ajuste tenía como resultado una ralentización del crecimiento, hasta que se recuperara el equilibrio en la balanza de pagos. El sector exterior era el que marcaba el techo y el ritmo de la economía española, con sus ciclos de expansión y ralentización, que se sucedían los unos a los otros.

Con la entrada de España en la Unión Europea y, años más tarde, en la zona euro, el esquema anterior pierde vigencia. La economía española es una parte dentro de un todo, en otras palabras, una economía regional para la cual las principales magnitudes económicas son un dato que viene determinado desde el exterior: tipos de interés, aranceles frente al exterior, tasa de cambio del euro frente a otras monedas...

En un contexto de este tipo, la entrada de España en la UE y en la eurozona se tradujeron en un crecimiento económico espectacular que deterioró hasta límites inconcebibles nuestro sector exterior. Este deterioro fue posible gracias a que España era ya una región de la eurozona y ya había compartido previamente una parte importante de su soberanía nacional. De no ser así, el resultado hubiera sido otro bien distinto.

Debemos tener en cuenta que las economías regionales, aunque bajo el punto de vista contable pueden reconstruir su balanza de pagos, bajo el punto de vista del equilibrio macroeconómico esta balanza es irrelevante: lo realmente relevante es la balanza de pagos de la zona euro en su conjunto frente al resto del mundo. En otros términos, reconstruir la balanza de pagos de un país de la zona euro es un divertimento parecido a cuando se habla de que si una región aporta al presupuesto nacional más (o menos) de lo que recibe. Las regiones no pagan impuestos. Lo hacen sus habitantes, ya sean personas físicas o jurídicas. Tanto el primero como el segundo son juegos de falacias.

La pertenencia a la eurozona estimuló a que el PIB español se duplicara entre 1993 y el 2008, pero al mismo tiempo, posibilitó que la balanza de mercancías arrojara déficits superiores a los 100.000 millones de euros -más del 10 % del PIB- tanto en el 2007 como en el 2008. Esto no hubiera sido posible fuera de la zona euro. La peseta se tendría que haber devaluado ya a principios de los años 2000 para evitar unos desequilibrios gigantescos que solo eran posibles de mantenerse dentro de una unión monetaria, como así ha sucedido.

Las políticas de ajuste que se desarrollan a partir del 2008 reducen los desequilibrios externos de una manera sorprendentemente rápida y eficaz. La reducción de la demanda interna viene por la vía de un incremento terrible del desempleo y por una caída espectacular en la concesión de créditos. Al mismo tiempo, la moderación en el crecimiento de los salarios, los incrementos impositivos... jugaron un papel importante. Tan es así que en el 2011 teníamos ya un nivel de desequilibrio exterior semejante al que habíamos conseguido en el 2003, mucho antes de la crisis. Este es un éxito importante de la economía española. En Grecia, Irlanda y Portugal la reacción del ajuste exterior a las medidas de austeridad fue más lento y prolongado en el tiempo.

Desde el año 2012 al 2018, la economía española entra en una fase totalmente nueva. Con una tasa de crecimiento cercana al 3 % anual, generando empleo neto en un volumen considerable, en un contexto en el cual la inflación no es un problema y, todo ello, manteniendo superávits en el sector exterior. Un comportamiento totalmente desconocido por parte de la economía española. Un comportamiento habitual en la economía alemana, pero no así en la española.

Este excedente por cuenta corriente es vital para nuestra economía. Y lo es dado el enorme volumen de deuda que tenemos contraída con el exterior. De un endeudamiento total cercano a 2,5 billones de euros (dos veces el PIB de un año), más de la mitad está expuesto frente a acreedores extranjeros, básicamente en países de la eurozona. Y este superávit en cuenta corriente permite ir amortizando esa deuda, manteniendo neutral la posición internacional de nuestro país. Este endeudamiento externo que aún sigue manteniendo la economía española es el que, en la época de expansión, permitió la concesión de créditos para la compra de vivienda y para la adquisición de mercancías importadas (por ejemplo, automóviles).

En el debate académico y político se suele usar el argumento de que el endeudamiento de países como Italia o Bélgica es todavía superior al español, dando a entender que aún tenemos margen para endeudarnos a mayores de lo que ya lo estamos. Es otra falacia. Al contrario que en el caso español, la deuda italiana (por ejemplo) está en su práctica totalidad en manos de ciudadanos nacionales, de tal modo que los pagos por intereses y las amortizaciones del principal permanecen dentro de las fronteras nacionales. En el caso español, estos flujos cruzan la frontera. El prestamista era extranjero.

Como nos muestra el gráfico adjunto, la virtud se está agotando. El superávit exterior alcanza un máximo en el 2016, donde el saldo de la cuenta corriente supera los 25.000 millones de euros, acompañado por un déficit comercial que también alcanza mínimos (17.000 millones de euros). A finales del 2018, el superávit por cuenta corriente se ha reducido a menos de su mitad (10.000 millones) y el déficit comercial se duplica. Curiosamente, este deterioro en el sector exterior coincide con una ralentización del crecimiento en estos dos últimos años, tanto en la economía española como en la europea o en la mundial. Varias son las razones que pueden explicar esto: el mayor precio del petróleo en los mercados mundiales, la propia ralentización de las exportaciones españolas, el agotamiento de España como destino turístico y la propia recesión en el comercio mundial. Y para este año y el que viene las previsiones apuntan a que esto va a seguir siendo así. En otras palabras, en ausencia de superávit exterior, tendremos que pagar nuestras deudas con un esfuerzo más intenso.

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