Aniversario


Catedrático de Economía de la Universidade de Vigo

Diez años se acaban de cumplir de la caída de la casa Lehman, cierta noche en la que cambió el mundo. Desde entonces hemos visto cómo se sucedía una larga cadena de acontecimientos que allá por el lejano 2006 apenas podíamos imaginar. Por el camino nos hemos asomado a diversos abismos: rescates bancarios a mansalva, una gran crisis de deuda soberana, el peligro muy real de desaparición del euro…

En realidad, visto desde ahora, lo mejor que en lo económico ha tenido esta década hay que plantearlo en negativo: muchos de los notables desastres anunciados no llegaron a consumarse. Contra lo que inicialmente se temió, en el otoño del 2008 no se derrumbó el sistema financiero internacional. A lo largo del 2009, el fuerte impacto sobre la economía real no se tradujo en otra Gran Depresión. El comercio internacional, que en la primera mitad de ese año cayó con fuerza inusitada, se recuperó después, evitándose así que se multiplicara la caída productiva. Y cuando la carrera de destrucción que se había originado en Estados Unidos se trasladó a Europa, para situar aquí su momento acaso más maligno, el proyecto del euro no se desmoronó como un castillo de naipes, en el verano del 2012.

Pero de todas esas desgracias estuvimos muy cerca. Si se evitaron fue, sobre todo, por la puesta en marcha de un conjunto de actuaciones por parte de los poderes públicos, que también parecían impensables poco antes. Políticas económicas que fueron eficaces, pero que también dieron origen, todas y cada una de ellas, a nuevos problemas, dando lugar a otras fases de inestabilidad. Ocurrió con los programas iniciales de expansión fiscal, que contribuyeron decisivamente a detener la caída, pero que dieron paso a la gran crisis de la deuda soberana. De igual modo, el arma de la ultraexpansión monetaria -sin cuya presencia mejor no pensar qué hubiera ocurrido- ha abierto un nuevo y desconocido escenario del cual nadie parece saber muy bien cómo salir sin que se produzcan daños.

La que ya ha quedado denominada como Gran Recesión deja algunos importantes cadáveres en el armario. El aumento de la desigualdad es seguramente el más visible, y el que en mayor medida tiene que ver con otro fenómeno turbio que caracteriza nuestro presente: la gran ola de malestar social, que a pesar de que en muchos países la economía ya ha crecido a una cierta velocidad de crucero en los dos últimos años, está originando perturbaciones políticas generalizadas. Perviven, por lo demás, numerosos elementos de desequilibrio macroeconómico, que en cualquier momento pudieran dar nuevos sustos.

Pero la cuestión fundamental a plantear con la experiencia acumulada en todos estos años es: ¿Y ahora? Se supone que de las crisis se aprende, en mayor medida cuando estas más graves hayan sido, pero ¿hoy estamos realmente mejor que hace diez años? ¿Es imposible que aquello se repita? Si nos fijamos en el problema fundamental que causó el desastre del 2008, la respuesta no está nada clara: lo que entonces colapsó fue un sistema financiero fuera de escala y en gran medida desregulado, en un entorno de explosión de la deuda (pública, pero sobre todo privada). Del primer asunto se puede decir que en estos años ha mejorado, al menos en parte, después de las reformas regulatorias puestas en marcha en muchos países (aunque, por ejemplo, en Estados Unidos se anuncie ya su reversión, lo que introduciría nuevos peligros). Pero el segundo, la bomba de la deuda, no se ha visto aliviado en absoluto. Al contrario, ha empeorado, pues hoy el volumen de deuda global es claramente mayor que en el 2008 (en realidad mayor que en cualquier otro momento de la historia). Es este un aniversario, por tanto, cargado de claroscuros.

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