Éramos jóvenes e inexpertos. Cegados por el hambre, no sabíamos bien lo que hacíamos. «Para ahí», le dije. Cruzamos la puerta. Quizá nunca debimos hacerlo. Nuestro pecado nos perseguirá por siempre. Fuimos a comer a un restaurante sin estrella Michelín. Y lo peor es que nos gustó. La comida era casera. Sabrosa. Sin florituras, ni deconstrucciones. Sin nitrógeno líquido y emplatados imposibles. En cada cucharada, el sabor de casa. El de llegar del colegio y sentarse a la mesa. Cuando la sopa era sopa, las croquetas, croquetas, y las lentejas si querías te las comías y si no... también te las comías. Éramos jóvenes e inexpertos. Cegados por el hambre, le permitimos a una persona normal prepararnos la comida. Muchos se preguntarán cómo pudimos hacerlo. Ni tatuajes, ni piercings. Ni una filosofía trascendental detrás de cada plato. Que no era un poema, sino que era simple y llanamente lo que era: comida. No llevaba chaquetas de colores. Tampoco escribía su nombre con faltas de ortografía porque así era más rebelde. No era ni maleducado ni malote. No le gritaba a sus compañeros en la cocina. No iba de lo que no era. Era quien cocinaba, y nada más. Así que ni poses histriónicas, ni peroratas sobre, ni ademanes de estrella del rock. Ni patrocinaba gafas, ni tenía un docu reality, ni daba lecciones sobre su negocio. Ni siquiera había denunciado a McDonald?s por estar acabando con nosotros lentamente. Una persona normal nos preparó la comida. Y lo peor es que nos gustó.Éramos jóvenes e inexpertos. Cegados por el hambre, cruzamos la puerta de un restaurante normal. El ambiente, tranquilo. Hasta familiar. La clientela, variopinta, heterodoxa, vidas dispersas que en un momento, en un lugar, coinciden. Delante de un plato caliente. Ni demasiado grande, ni demasiado pequeño. Un plato normal. Sin florituras en la presentación. Cómo pudimos parar y comer en un restaurante normal. Sin nombres pretenciosos. Sin tener que reservar con meses de antelación. Quizá nunca debimos hacerlo. Pero éramos jóvenes e inexpertos. Quizá nunca debimos hacerlo. Pero teníamos hambre, y no de espectáculo. Que aunque llene horas de televisión y cabezas de pájaros, suele dejar el estómago vacío. Y a veces, hasta la cabeza.