No hay Mafalda sin Felipe, el llanero divagante más sentimental

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Portada del volumen de tiras de Felipe y Mafalda que acaba de publicar Lumen.
Portada del volumen de tiras de Felipe y Mafalda que acaba de publicar Lumen.

La editorial Lumen inicia sesión de «Quinoterapia» con «Lo mejor de Felipe», el gran pánfilo que cambió los tristes deberes por los goles de la imaginación

14 feb 2026 . Actualizado a las 19:25 h.

Mafalda es todo. En Todo Mafalda está el mundo entero, tan redondo como nunca lo fue en televisión. Vuelve una filosofía del humor con la tira de escenas corrientes que Quino (Mendoza, Argentina, 1932-2020) elevó a la categoría extraordinaria de sus personazas en acción. Niños con una lucidez demoledora sobre sus padres y toda forma de autoridad. Mafalda no lo es todo sin Felipe, el Llanero Solitario que se sonroja y se monta la película con cada pibón que pasa y con cada maestra que lo atiende, que siempre, o casi siempre, tiene el plan B de la imaginación. En Lo mejor de Felipe —que Lumen acaba de publicar, inaugurando una colección dedicada a los grandes de la galería de personajes del universo Quino—, el rey es este indeciso sobre un caballo de cartón.

Felipe es juego lento, temblor existencial, mindfulnesss, un pesimista encantador. Uno de esos pesimistas alegres por los que solía brindar Domingo Villar. Felipe es el pibe masoca que saborea el placer de sufrir, que no se quita el antifaz de la fantasía para enfocar un mundo mejor. Sus paletas le valieron uno de los más evidentes chistes de Mafalda, el de «Dios le da pan al que no tiene dientes...». La mandíbula de su pensamiento tentó al cerrado puño de Manolito. «¡Algún día se dará más valor a la cultura que al dinero!», proclama Felipe. «¿No son algo ingenuas tus ideas, Felipe?», le sale Mafalda en aterrizaje forzoso. Y responde Manolito con la patronal de su corazón: «¡Ingenuas no! ¡Peligrosas!».

De Felipe, hasta el swing del pelo. El flequillo de Felipe es pionero. Es el que llevan los adolescentes de hoy. En él se puede surfear- Como en esa filosofía periférica y divagante felipista, en la que siempre es posible llegar (pillando la ola pequeña) a una orilla mejor que las monocotiledóneas de la lección escolar del día.

Felipe es el hijo que conoce a su mamá como si la hubiese parido, la versión mini del padre de Mafalda, el chico que no quiere morder la manzana por si dentro hay un gusanito sin salvación. Es la partida que nunca gana Mafalda, el amigo que se mueve como una reina sobre el tablero de ajedrez. Mafalda piensa, Felipe sueña. Ella Aristóteles; él, Platón. Tan peripepatéticos —siempre caminando de tira a tira, de drama a broma— los dos.

«¡Sos un papanatas y te odio!», le dice Susanita al único novio que podríamos concebir para Mafalda. Felipe es la flor del papanatismo, es el pánfilo en el sentido etimológico y digno de la cuestión.

En esta nueva entrega con que el sello Lumen amplía el vuelo generacional del gran Quino están todas esas minúsculas y todos esos paréntesis de Felipe que complementan las mayúsculas de Mafalda.

Felipe es la duda de Mafalda. El as en el dobladillo de las certezas de su corazón.