Quino, creador de Mafalda, universal símbolo de rebeldía y de fe en un mundo mejor

El artista argentino deja una obra amplia pero eclipsada por su pequeña niña

Quino, cuando recibió en octubre del 2014 el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades e inauguró en el ovetense parque de San Francisco la estatua que recuerda a Mafalda
Quino, cuando recibió en octubre del 2014 el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades e inauguró en el ovetense parque de San Francisco la estatua que recuerda a Mafalda

Redacción / La Voz

Él siempre decía que quería tanto a cualquiera de sus muchos personajes -incluso los considerados menores- como a su niña del sempiterno lazo, pero Mafalda eclipsó para siempre la muy amplia obra de Joaquín Salvador Lavado Tejón, universalmente conocido como Quino, apelativo fruto del esfuerzo familiar para diferenciarlo, ya desde chiquito, de un tío suyo, Joaquín Tejón, también artista, pintor y diseñador gráfico publicitario. Incluso se permitía mostrarse levemente celoso, casi molesto, porque aquella niña había sido su ocupación por un tiempo determinado -la tira cómica apareció por primera vez en 1964 y lo dejó en 1973, tras confesar que el filón estaba agotado- y desde entonces había trabajado otras cinco décadas.

La pequeña se había convertido en universal símbolo de la rebeldía y de la fe en que es posible un mundo mejor. Con sus ideas progresistas, su franqueza infantil, su humor, su enmascarada intelectualidad y su apañado grupo de amigos saltó la cerca argentina y llegó inmediatamente a toda Hispanoamérica y, enseguida, al resto del mundo. Esa filosofía de Quino (Mendoza, Argentina, 1932) que apelaba a los problemas, inseguridades e inquietudes del ciudadano de a pie, de una clase media entonces emergente que luchaba por sobrevivir, que se enfrentaba calladamente a las injusticias, cuajó muy hondo, trascendió las fronteras del idioma y se convirtió en lenguaje absolutamente planetario.

Joaquín Salvador Lavado falleció este miércoles a los 88 años. Llevaba ya un tiempo con su salud muy tocada, y arrastraba serios problemas de movilidad y visión. «Se murió Quino. Toda la gente buena en el país y en el mundo lo llorará», escribió en su cuenta de Twitter Daniel Divinsky, socio fundador de Ediciones La Flor y quien publicó las tiras del autor durante años. De hecho, el sello dio el salto, gracias a su fichaje, desde la condición de amateur a la de profesional: del tomo número 6, el primero que sacó, imprimió 200.000 ejemplares.

Es un caso de éxito clamoroso que aún continúa plenamente vigente y que se usa con provecho pedagógico en la enseñanza secundaria -también aquí en Galicia hay numerosos ejemplos- para tratar con desenfado y amenidad temas sociales y políticos que encajan en el currículo del ámbito de la filosofía y los valores éticos. El rol de la mujer en la sociedad, la libertad de pensamiento, la corrupción política, los absurdos de la burocracia, la defensa de los derechos humanos, el elogio de un vida en armonía con los demás y con la naturaleza, las dobleces del matrimonio y la familia, la eterna deriva perversa de Argentina, la ingenua pero firme esperanza de que las cosas mudarán... Todos son temas cuyos ecos perviven en la actualidad.

Hijo de exiliados republicanos españoles, oriundos de Fuengirola, Málaga -él siempre decía que se crio hablando andaluz y que sus compañeros en la escuela no le entendían-, de inclinación socialista, anticlerical acérrimo, perdió pronto a sus padres y fue su tío artista quien le inspiró su vocación futura -fascinado con lo que podía crear con solo un lápiz-: sería dibujante de humor, decidió con apenas 13 o 14 años, aunque ya dibujaba desde mucho antes. En su casa devoraba las revistas estadounidenses a las que -como publicista- estaba suscrito su tío y en las que seguía a los dibujantes norteamericanos que hacían humor mudo. Logró vender en 1954 su primer dibujo al semanario bonaerense Esto es.

Quino, aquel joven inquieto, es hoy un creador globalmente reconocido, con galardones como el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades y la medalla de la Orden de la Artes y las Letras de Francia.

Un socialista al que Fidel Castro pedía explicaciones por sus viñetas

Quino siempre se ha sentido socialista, muy crítico con los estragos del capitalismo neoliberal entregado a los puros designios del mercado, pero ha ido sufriendo los desencantos propios de todo izquierdista en el siglo XX. Prueba de esa desilusión fue las visitas que realizó a Cuba en las que el entorno de Fidel Castro le pedía explicaciones por unas viñetas de Mafalda -esas en que la lúcida e inconformista niña charla con su madre o con Susanita, Manolito, Miguelito y Felipe- en que se deslizaba alguna sutil crítica al comandante, al que incluso llegaba a tildar de cretino. En una recepción al más alto nivel, tras haber abusado de unos mojitos, coincidió con Castro, al que hizo saber que unos colegas cubanos le habían asegurado que sobre la máxima autoridad del régimen de la isla no se dibujaba, no se le dedicaban caricaturas. El jerarca negó la mayor y lo invitó a demostrar cuándo había prohibido tal cosa. «¿Yo he dicho eso? ¿Alguien me ha sentido alguna vez decir eso? Tú hazme todas las caricaturas que quieras. [Y, golpeándole con el dedo en la pechera, añadió:] Siempre que no me hagas contrarrevolución, porque si no te tengo que poner preso». Contó la escena a la edición mexicana de la revista Playboy en el 2004, con motivo del 50.º aniversario de la publicación de su primer dibujo. «Claro -concluía irónico el historietista-, nunca entendí qué es hacer contrarrevolución».

El jurado del premio Príncipe de Asturias elogió en Oviedo la capacidad de Quino para percibir «la complejidad del mundo desde la sencillez de los ojos infantiles». El padre de Mafalda deslizó: «Siempre me he considerado un periodista que dibuja».

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