Pasillo de lápices para Quino


A los 88 años nos ha dejado Quino. Él, que no tenía edad. Se nos ha ido Quino, premio Príncipe de Asturias. Él, que era un príncipe del humor. Un faro cuya luz ha iluminado el papel en blanco en el que muchos dibujantes hemos ido dejando nuestros primeros trazos, nuestras primeras ideas. Hay quienes nos consideramos hermanos de tinta de Mafalda.

Recordando hoy su obra imperecedera, la mascarilla a la que nos obliga el coronavirus no es capaz de taparnos la sonrisa. Hay una viñeta suya que podría emplearse como unidad de medida de la excelencia humorística. Nosotros dos, al unísono, la evocamos como paradigma de lo que este sin par dibujante significa en nuestro quehacer diario como caricaturistas políticos, como artesanos del viñetismo. La historia se divide en dos escenas. En la primera vemos el salón de una casa, presidido por una reproducción del Guernica de Picasso. Sin duda, en la estancia advertimos que se ha desarrollado una fiesta en toda regla, pues los cojines del sofá están desperdigados por el suelo; las botellas, semivacías y volcadas; los vinilos, fuera de sus fundas y sobre la alfombra; las revistas, abiertas por una página al azar y en cualquier parte menos en el revistero; los ceniceros, repletos de cigarrillos aplastados. El guateque de Atila. A la izquierda de la imagen, la señora de la casa se dirige a la criada y, por los gestos que traza con sus manos, sabemos que le está pidiendo a su empleada que ordene aquel desbarajuste. Y ahora pasamos a la segunda y última escena. El sofá ya está con todos los cojines en su sitio, y las botellas han sido guardadas convenientemente en el botellero, y los vinilos han sido metidos en sus fundas y colocados en el mueble del tocadiscos, y las revistas han vuelto a su revistero, y los ceniceros se ven limpios. Y es entonces cuando nos percatamos de que en el Guernica ya no impera el caos picassiano, porque la criada también ha ordenado el lienzo, y donde antes había un caballo y un toro de torturadas y desencajadas formas caminando al lado de un brazo cortado y personas gritando en escorzos imposibles, ahora estamos ante un cuadro donde el caballo y el toro ya sonrientes han regresado a su establo, y donde las personas ya tienen las distintas partes de su cuerpo en su sitio y reina la placidez.

Como la de aquel salón, el humor de Quino también es una fiesta. Una fiesta a la que estamos todos invitados.

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