Galicia, ante el espejo de sus suelos: cuando la tierra ya no puede más
SOMOS AGRO
Este invierno, los gallegos hemos vuelto a mirar con una mezcla de respeto y preocupación a nuestros ríos desbordados y a nuestros campos anegados. La incesante cadena de borrascas, que ha pulverizado récords de días consecutivos de lluvia, ha llevado los suelos de la comunidad a una situación límite: la saturación hídrica. La tierra, simplemente, ya no puede más. Y las consecuencias de este fenómeno, aunque visibles en las crecidas, se extienden de forma silenciosa y profunda a todos los sectores productivos de Galicia.
Para entender lo que ocurre bajo nuestros pies, debemos primero conocer la naturaleza de nuestros suelos. Galicia se asienta predominantemente sobre un sustrato granítico y metamórfico —granitos, gneises y pizarras—, lo que da lugar a suelos de carácter ácido, con un pH generalmente inferior a 5,5, y una textura francoarenosa. Estas características les confieren una buena capacidad de drenaje, pero una retención de agua limitada. Son, en esencia, como una esponja que absorbe bien, pero que se satura con relativa rapidez. Y, este invierno, la esponja está colmada.
Según el último balance hídrico de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet), la humedad del suelo supera el 98 % en todo el noroeste peninsular, una situación de saturación casi total que confirman los datos de precipitación acumulada del año hidrológico, que en zonas del oeste de Galicia llegan a duplicar los valores normales, según la propia Aemet. Cualquier nueva precipitación ya no se infiltra; se convierte directamente en escorrentía, alimentando ríos y acuíferos ya al límite. El riesgo de inundaciones se multiplica y, lo que es más peligroso en nuestra orografía, también el de deslizamientos de tierra.
Este fenómeno tiene un impacto directo y grave en los pilares de nuestra economía rural. En la ganadería, la situación es crítica. La imposibilidad de acceder con maquinaria a las fincas encharcadas ha puesto en jaque la gestión del purín en centenares de explotaciones. Las fosas de almacenamiento están al borde de su capacidad, sin posibilidad de aplicar este fertilizante orgánico en las praderas, lo que compromete la calidad de los forrajes para toda la campaña.
La agricultura sufre igualmente las consecuencias. La erosión hídrica se acelera cuando el suelo está saturado, arrastrando la capa más fértil, un recurso que tarda siglos en formarse. Además, la compactación y la falta de oxígeno en los suelos anegados provocan asfixia radicular en cultivos y árboles, dejándolos vulnerables a enfermedades fúngicas.
Otro sector profundamente afectado es el de las infraestructuras y la obra civil. La saturación del suelo compromete la estabilidad de taludes en carreteras y vías de ferrocarril, aumentando el riesgo de desprendimientos que pueden cortar vías de comunicación vitales. Hemos visto cómo se han producido cientos de incidencias en las últimas semanas, desde pequeños argayos a grandes deslizamientos que han requerido la intervención urgente de los servicios de mantenimiento. La cimentación de edificios y obras públicas también se ve sometida a una mayor presión, lo que exige una revisión de los protocolos de construcción y un mayor control geotécnico.
Lo que estamos viviendo es una lección de geología aplicada que no podemos permitirnos ignorar. Nos recuerda que el suelo no es un mero soporte inerte, sino un sistema dinámico y complejo del que depende nuestra seguridad, nuestra economía y nuestro futuro. La planificación territorial, las prácticas agrarias y la gestión de infraestructuras no pueden seguir de espaldas a esta realidad. Integrar el conocimiento geológico en la toma de decisiones no es una opción, es una necesidad imperiosa para construir una Galicia mejor adaptada a su realidad geoclimática. Entender la dinámica de nuestros suelos ha dejado de ser una cuestión académica para convertirse en la base sobre la que debemos cimentar nuestra seguridad y nuestro futuro.
