Échate crema... pero échatela bien

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Protegerse del sol es un gesto que una gran parte de la población tiene asumido cuando llega el verano. Pero la intención a veces se tropieza con la falta de información y fallamos en la práctica. Los expertos recuerdan que la crema del sol caduca y aprovechar la del año anterior puede poner en riesgo nuestra piel si ha perdido las propiedades.

18 jun 2017 . Actualizado a las 04:00 h.

Con la llegada del buen tiempo recuperamos del armario los protectores que no gastamos del verano anterior pero, ¿sigue funcionando su escudo? Todas las cremas solares tienen fecha de caducidad. Atento a lo que dice su envase y, sobre todo, a su aspecto cuando la aplicas. No solo importa el prospecto, también cómo la conserves. 

 El sol lleva tiempo calentando esta primavera pero la gran mayoría se acuerda de que la exposición a sus rayos puede ser nociva cuando se inaugura oficialmente la estación estival. Recurrir a los botes que guardamos de años anteriores es un ahorro, aunque es posible que la crema ya no tenga ningún efecto. Casi todas caducan al año. Lo indican en el envase, con el icono de un tapón abierto. Lo más habitual es que marque 12M, es decir, doce meses de garantía desde que se abre. Como en todo, hay variedad de márgenes según las marcas. Algunas cuentan con un período de caducidad más amplio, de 18 meses; otras son más restrictivas y caducan a los seis meses. «Se puede desconfiar y pensar que hay un interés comercial en que no sean eternas. Es cierto, pero también lo es que el fabricante solo garantiza su estabilidad, la eficacia de sus componentes, dentro de la fecha indicada», apunta Antonio Torres, vocal de Dermofarmacia del Colegio de Farmacéuticos de A Coruña.

La conservación

No hay que obsesionarse con los 12 meses, pero es la principal orientación para el consumidor. Aunque no la única. «La conservación también es muy importante», subraya el farmacéutico. «Normalmente no se guardan en las mejores condiciones. Quedan en el coche tostándose al sol mientras vamos a la playa, en una ventana a 30 grados o olvidadas en un cajón del baño, un espacio normalmente húmedo, durante todo el invierno», prosigue. «Esta no es -continúa- la mejor forma de preservarlas». Por el contrario, si hibernan en un lugar fresco y no muy soleado, es posible que, dentro de un margen, todavía podamos aprovechar los restos que sobren. Con todo, advierte, hay infinidad de laboratorios, y cada uno echa mano de unos componentes muy variados.