Patri Santos, «Cuerpo en Calma»: «El estrés me llevó al colapso tres veces antes de los 30, era una adicta al estrés. Se puede salir de ahí, hoy comparto mi medicina»
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«El 90 % de las mujeres a las que acompaño, incluso el cien por cien, no saben lo que les pasa hasta que es demasiado tarde», revela esta gallega, que dirige el programa de gestión del estrés Cuerpo en Calma. Ella fue diagnosticada de TDH y altas capacidades ya de adulta, y ahora revela a otras personas el remedio que, con tiempo, la salvó del «burn out»
24 mar 2026 . Actualizado a las 20:27 h.De soluciones exprés y parches para el estrés sabe lo suyo, porque su cuerpo pagó las consecuencias de la exigencia constante, la coruñesa Patri Santos, que fue ayudante de chef Michelin, trabajó en un hotel cinco estrellas, superó un infierno en uno de los países que encabezan el ránking de los más felices del mundo y hubo de dar un giro de 180 grados a su vida para lograr estar en calma. No es fácil, pero hay salida. Hoy Patri conduce el programa Cuerpo en Calma, dirigido «a mujeres en tensión y con la mente a mil». ¿Menos estresadas en el plazo de una semana? Depende siempre del caso, pero tres meses suelen ser más que necesarios para apagar el botón de alerta constante.
El estrés crónico, y tres picos de agotamiento toal, casi se la llevan. Hace seis años que Patri Santos colabora con el estudio de yoga Inspira Vida en A Coruña. «Inspira Vida es mi segunda casa —aclara la hoy profesora de yoga sensible—, pero no es mi centro. Me estoy yendo para centrarme en mi programa de acompañamiento a mujeres con estrés». ¿Experta en gestión del estrés y bienestar? Patri hace un despeje por respuesta ante la palabra experta, quizá por ese síndrome del impostor que suele pisar los talones de quien sabe porque duda. «Cuanto más sé, más cuenta me doy de que no sé nada», se explica.
Lo que la movió a cambiar y a tomar las riendas de su vida fue, después de todo un proceso que comenzó en su adolescencia, la intuición de «tener una medicina gigante entre las manos», la de su propia experiencia de salir de la rueda del hámster. «‘‘Se puede salir de aquí, esta no tiene por qué ser la única manera de funcionar’’, dije. Y sentí que tenía que compartirlo». Antes de la calma hubo tempestades, «mucho sufrimiento». Aún recuerda las hoy lejanas recuperaciones de exámenes de septiembre de su etapa en el instituto. «Recuerdo ir con collarín a aquellos exámenes de recuperación, porque me ponía tiesa, con unos dolores horribles de cuello y espalda», cuenta. La exigencia fue siempre un aguijón para ella, «y al tiempo siempre sentía que no era suficiente».
«La idea era que yo podía dar más pero no me esforzaba. Siempre había esto de ‘‘no da más porque no quiere’’. Yo tenía ese discurso tatuado en la frente y el corazón. E iba tirando, y pensaba: ‘‘Pues será que no quiero’’...»
De adulta Patri fue diagnosticada de TDH y altas capacidades. El déficit de atención, «o las dificultades en Matemáticas, las compensaba con las altas capacidades». Y así pudo «ir tirando».
La mirada de los demás no era de consuelo o de reconocimiento: «La idea era que yo podía dar más pero no me esforzaba. Siempre había esto de ‘‘no da más porque no quiere’’. Yo tenía ese discurso tatuado en la frente y el corazón. E iba tirando, y pensaba: ‘‘Pues será que no quiero’’», explica. Esa sensación de fondo que Patri tenía, la resignación ante el abatimiento, la ve ahora en la mayoría de las mujeres a las que acompaña. «Esa es la raíz, ‘‘como yo soy no es suficiente, tengo que ser más, o de otra manera’’».
En las personas a las que acompaña hoy con su programa para gestionar el estrés distingue «un punto de humildad bellísimo». «Llegar a ese punto de entender que ‘‘yo no puedo hacer esto, no soy capaz”» es el principio. Solo desde esta toma de conciencia puede haber cambio, advierte.
Su gusto por comer la llevó, de adolescente, a decantarse por estudiar en el Instituto de los Puentes de A Coruña la formación profesional de cocina. «Pensé: ‘‘Tengo que hacer algo que sea manual. Que no doy para más’’», recuerda. Así descartó el bachillerato y vio nutritiva la experiencia de «salir del ambiente de instituto». «Estar con gente distinta, mayor, y ver que podía hacer cosas» mejoraron su perspectiva a los 17 y 18 años. Saber trabajar su atención fue un camino de partida solitario: «Es algo de lo que se habla, pero las personas con TDH necesitan motivación. Puedo pasarme un día sin comer cuando algo me motiva y estimula». Ahora, formarse en un posgrado de regulación del estrés hace que pierda la cuenta de las horas. En cocina aprendió por primera vez que valía para algo. Ella hizo esa lectura, lo vivió de esta manera.
«Algo que veo en muchas mujeres es que siempre nos sentimos en deuda»
Sus primeros trabajos tuvieron su despensa de errores. Patri los compensaba con excesos de horas de trabajo. «Y algo que veo en muchas mujeres es que sentimos siempre que estamos en deuda. Pasé por un restaurante con estrella Michelin en Almería, donde estuve en contacto con ambientes de trabajo tóxicos, muy exigentes, muy masculinos, jerárquicos», cuenta. Lo que vivió en aquel ambiente hizo mella en su resistencia. Ahí se abrió una herida que iba ahondándose con la gota malaya, «el tintín, tintín que cae cada día sobre muchas mujeres» a las que acompaña.
«SOY (Y NO SOY) LA QUE PUEDE CON TODO»
Con tal hiperexigencia se va resistiendo el sistema nervioso, «que sufre pequeños ataques, pero, una vez que sobrepasas el ‘‘puedo dar más’’, ¿adónde llegas?, llegas al “yo no puedo más”. Por mucho que seamos mujeres inteligentísimas, el sistema nervioso, la parte animal, está ahí y se formó con nuestros cuidadores, con nuestra madre principalmente, con lo que hemos mamado y hemos visto. Tu sistema nervioso va a hacer lo posible para que estés a salvo, y lo que a ti puede hacerte sentirte a salvo es ser ‘‘la que puede con todo’’, si eso lo que aprendiste de tus cuidadores. Si un hombre se siente inseguro en lo emocional, se va a retraer en esa parte; en las casas ellos no sienten normalmente que ese es su sitio, porque muchas veces las mujeres ocupan todo el espacio», considera Patri.
«El 90% de las mujeres a las que acompaño no saben lo que les pasa hasta que es demasiado tarde». ¿Por qué? Porque no dejamos de añadir capas y ruido al malestar», afirma.
Patri llegó tres veces al burn out («el colapso en que el cuerpo te apaga») antes de cumplir 30 años. Por «una exigencia sistémica brutal y, sobre todo, por no estar siendo auténtica».
Cuando trabajaba en cocina sentía que respondía a una idea de sí misma, a un personaje para pasar el examen. «La performance de las mujeres es agotadora. Y no somos conscientes. Muchas veces las mujeres no nos sentimos a salvo. Y la clave es que la mayoría de nosotras la manera de sentirnos a salvo que hemos encontrado es a base de complacer y de apaciguar», plantea. «Si no me reconocen, me consuelo con que me quieran», se puede decir una.
En Barcelona, Patri estuvo en dos restaurantes y en un hotel cinco estrellas, y llegó a ser segunda de cocina al frente de un equipo compuesto solo por hombres. El estrés ya era crónico, y un mal inconsciente en ella, que se hizo adicta a las compras. Un viaje a Sudamérica con una amiga de mochileras empezó a obrar un cambio que llevó su tiempo. Hace 12 años de ese viaje, en el que conoció al que hoy es su pareja y salir del frenesí laboral que era su vida. Del «mucho y más» que se imponía y le fue robando por completo la energía.
Llegó a engordar casi 20 kilos, y afrontó un episodio de vida muy poco feliz en uno de los países que están —curioso—, en el top de los más felices del mundo, Dinamarca. «Copenhague es uno de los lugares más estresantes en los que he estado en toda mi vida», asegura.
«Allí trabajé en un restaurante de postín, en el que me empezó a pasar de todo. Recuerdo meterme en el baño, llorar y salir a trabajar como si nada. Uno de los síntomas de burn out es la confusión constante, pero tardas en identificarlo, y tuve que seguir ganándome la vida. Allí fuimos además víctimas de una estafa con el alquiler de un piso, y esa fue la puntilla», revela.
Patri volvió a España tras la nada idílica experiencia danesa. Y un curso de mindfulness que le regaló su madre hizo posible el inicio del cambio a la calma. Aunque «la ficha tardó en caer», la de la autoexigencia. «Tuve que tener tres burn out para entender que no me había dado cuenta ni del primero», considera.
La experta en biotecnología Mariana Aróstegui (Desincronizados) advierte que vivimos «una pandemia silenciosa de metabolismo cansado». A Patri la meditación y el yoga la hicieron tomar conciencia del fondo de un malestar que suena a algo parecido, y darse cuento de lo que mucho que se «maltatraba en todo». «Mi mente lo hacía todo más grande de lo que realmente era». Era, en cierto modo, una «adicta al estrés», concluye, y advierte que alguna medicación puede empeorar el tratamiento. La clave está, señala Patri Santos, en cómo se acompañe ese malestar, no desde la queja, sino desde la «responsabilidad máxima» de uno respecto a la propia vida. La tuya la diriges tú, defiende, pero a veces se necesita ayuda.Tiene un coste, pero vale la pena.