Es tiempo de terraceo. Hay lugares que invitan a sentarse sobre todo cuando luce el sol. Desde rincones urbanos llenos de vida hasta miradores con vistas al mar. Aquí van cinco propuestas para disfrutar de los primeros rayos de la temporada
27 mar 2026 . Actualizado a las 08:29 h.Llegó el sol para sacudir la humedad de un invierno demasiado largo. Y en Galicia, donde ver el cielo azul invita a compartirlo con el azul del mar, no hay terraza que defraude, ya sea con vistas al Atlántico o en los recovecos que se dibujan en las Rías Altas o las Baixas. Pueden ser con la arena en los pies, en los muelles o en alguna de las playas urbanas que dan vida a las ciudades. El gusto por sentarse al aire libre va de norte a sur.
Marín tiene uno de esos rincones que están medio escondidos, al que solo se puede llegar caminando para verse rodeado de agua. Vale la pena la «penitencia» de tener que pelear con el viento del norte que más de una vez enfría su terraza. A Bailona está al final del paseo marítimo Antonio Blanco, con la Escuela Naval a la izquierda; el puerto, a la derecha, y de frente, la ría de Pontevedra y una isla de Tambo que desde este rincón parece tocarse con las manos. Ese es el escenario natural al que Asun González le pone vida con la suya propia. Abrió hace tres años un local que se ha convertido en tiempo récord en el punto de encuentro de familias y grupos de amigos que quieren exprimir el buen tiempo desde el desayuno hasta las copas de la poscena.
Esta hostelera reconoce que funcionan como «un chiringuito de playa», a expensas del tiempo. Y eso hace los inviernos muy largos, pero eclosiona con los primeros rayos. Sabe que «hay que aprovechar el tirón» que deja el calor. Y en eso está. Las 28 mesas de la terraza y las 12 del interior se le quedan pequeñas los fines de semana, sobre todo a la hora del vermú, aunque hay quienes no se quieren perder sus calamares a la plancha o el abanico ibérico. «No me compliqué a la hora de elaborar la carta porque tengo muchas mesas, opté por poco y de calidad. Cuando dentro está todo lleno y me piden una mesa fuera, les digo que vengan hasta aquí a tomar el vermú y vean si están cómodos o hace viento», explica Asun, que asegura que lo mejor de A Bailona, además de la comida, es la ubicación y «el poder ver el mar desde cualquier punto».
Lo piensa ella y los cientos de clientes que cada fin de semana llenan un local que nació para que Asun pudiese tener una fuente de ingresos mientras estudiaba unas oposiciones al Sergas. Ahora es su vida, a la que dedica el día entero. «Organizamos actuaciones musicales en la terraza o algún monólogo en el interior, tenemos que darle vida», señala. El verano va solo, pero para sostener este balcón privilegiado sobre la ría de Pontevedra, Asun también organiza eventos privados todo el año. En estos días de sol la terraza de A Bailona se extiende más allá de sus mesas. ¿Y por qué se llama así? «Yo antes era muy fiestera y muy bailona, ahora soy muy trabajadora», concluye con una sonrisa.
A pie de playa
«Esto ha sido como la pospandemia, después de tantos meses de lluvia encerrados en casa, ha salido el sol y todo el mundo se ha echado a la calle a tomar unas cañas y a recuperar el contacto social». El que habla es Carlos Pérez Seoane que, tras el parón del invierno, reabrió el 7 de marzo su local en la playa de A Lombiña-Cabío de A Pobra, y confiesa que no ha podido comenzar la temporada con mejor pie, porque el puente de San José fue «espectacular, como en pleno agosto», colgando el cartel de completo varios días.
Su restaurante está ubicado en pleno paseo a pie de playa, y su terraza es una de las más codiciadas estos primeros días de buen tiempo, tanto para comer, como para alargar la sobremesa o ya comenzar el tardeo, que cada día gana más devotos, sobre todo los viernes, sábados y domingos. El Bar Lombiña ofrece una completa carta, que tiene entre sus especialidades los «arroces y caldosos», aunque durante la semana lo que triunfa es su menú del día —a 15 euros— en el que abundan los productos frescos y la comida casera. «Ofrecemos a elegir entre tres primeros y dos segundos, una carne y pescado, además de bebida, postre y café», enumera Carlos, que también reconoce que uno de los puntos fuertes de su negocio está en la cerveza de bodega de Estrella Galicia. «A veces es de locos, porque se beben 1.000 litros a la semana. Desde que abrimos el día 7 ya rellenamos tres veces y el tanque es de casi 500 litros», destaca.
El hostelero está encantado con «esta maravilla» de estreno de la primavera, en el que además ha podido contar con toda la plantilla al completo, «porque repitieron los diez trabajadores». Con estas buenas expectativas confía en que durante la Semana Santa el tiempo acompañe y que sus clientes puedan seguir disfrutando de su terraza.
Parada multicultural
En el cabo Fisterra y, más en concreto, en el entorno del faro, hay un constante trasiego de gente a diario. Allí culmina el Camiño Xacobeo. Además, es uno de los escenarios más privilegiados de Galicia para contemplar las puestas de sol. En ese entorno ya mágico, la terraza del hotel y restaurante O Semáforo lo hace más especial si cabe. Está situada en lo alto frente al faro y a la inmensidad del Atlántico. Es amplia y el ambiente que allí se respira es de celebración, pero también de descanso.
Son muchos los peregrinos que brindan por el final del Camino. Celebran su conexión con ellos mismos o con la gente que conocieron durante el trayecto. De ahí que el escenario sea multicultural. Numerosos buses llegan cargados con grupos de excursionistas. Y son muchos los vecinos que también escogen este sitio para respirar aire puro y mismo observar los temporales.
Incluso con el arranque de la temporada, es posible disfrutar en ocasiones de eventos con música en directo. Este local abre todos los días salvo en el mes de enero. Tiene un hermano, el bar O Refuxio, justo al lado, con una terraza más pequeña, pero igual de satisfactoria.
Esa llegada constante de visitantes anglosajones y latinos ha ido confeccionando una carta en la que destaca el Aperol Spritz. Explica Jacinto Picallo, el gerente, que lo tienen preelaborado en vasijas para luego terminarlo con un espumoso gallego y así «darle un guiño a lo nuestro». «¡Se venden litros y litros!», asegura. El cava y el champán lo ofrecen por copa o botella. También sirven muchos combinados, entre los que abundan los gin-tonics y el ron. Y tienen hasta seis referencias de tequilas por petición de los clientes mexicanos. La cerveza, bien sea de caña o en botella, arrasa, especialmente, entre los gallegos. El cóctel Negroni es otra de sus propuestas. «Si el día está despejado, ya sabemos que habrá mucho trabajo», expresa Picallo.
Apostar por el tardeo
No se trata de repartir medallas de pioneros y descubridores, pero si alguien apostó desde sus orígenes en Santiago por el tardeo y los cócteles a la luz del día fue el pub Garoa. Ya han pasado 18 años desde que los hermanos Antelo Rivas abrieron las puertas del local ubicado en la plaza de Rodrigo de Padrón, más conocida por acoger la comisaría de policía y a medio camino entre el casco histórico y la zona nueva. Entonces, cuando todavía mandaban las noches de movida, sorprendieron con un horario y un calendario difícil de olvidar. Abren de cuatro de la tarde a cuatro de la mañana (las tres por la semana), y salvo por alguna causa de fuerza mayor no fallan a su cita diaria. Y la terraza, en una esquina arbolada de la plaza, se monta siempre que no esté anunciada alguna de esas jornadas de lluvias dramáticamente compostelanas.
Con los años y los nuevos hábitos de ocio acelerados por la pandemia han sido capaces de ir basculando la afluencia de clientes noctámbulos hasta hacer de su espacio al aire libre uno de los lugares vespertinos más buscados por los turistas y santiagueses que eligen tomarse una copa después de comer o cuando empieza a caer el sol por el oeste. La zona ha ganado ambiente hostelero, como casi todas las calles de Santiago, y sitios para tomar una caña o un vino empiezan a sobrar. Lo que distingue al Garoa es que su carta va mucho más allá, con un despliegue coctelero en el que vale la pena adentrarse y rascarse un poco el bolsillo. La caipirinha de distintos sabores, testada en los negocios familiares de Brasil, fue su gran emblema durante años, «pero los gustos están cambiado», reconoce Mauro Antelo, quien confirma una tendencia abrumadora por los daiquiris, que preparan con cuatro sabores y una versión de mojito muy demandada. Y precisamente un mojito con vino albariño de su amplia carta es otra de las bebidas más originales para pasar la tarde al sol.
Espectacular ubicación
EI bar El Castro (Paseo de Alfonso XII, 2, en Vigo) destaca por su espectacular ubicación. En épocas pasadas fue un restaurante al que iban las familias viguesas cuando salir a comer fuera era un acontecimiento que se daba muy de vez en cuando. En los noventa tuvo una etapa de cafetería clásica, de cuando las cafeterías tenían manteles que se sujetaban a las mesas con el cristal que las cubría. Pocas quedan ya de esas. A veces hasta da gusto encontrar una, porque a pesar de lo trasnochado de ese estilo, los actuales son tan uniformes que es difícil distinguirlos. En el caso de El Castro es fácil, solo con levantar la vista —en su galería interior o en la terraza— te encuentras de bruces con una postal de la ría de Vigo con las islas Cíes al fondo difícil de superar, una postal que cada vez se ve más amenazada por el crecimiento desmesurado de la urbanización del Barrio do Cura, que se come el paisaje sin remedio desde uno de los mejores balcones al mar de la ciudad. Pero el urbanismo salvaje no entiende de vistas si son gratis. El Castro, además, está pegado al olivo, símbolo de Vigo y uno de los escasos ejemplares arbóreos que goza del debido respeto del ejército de podadores del Concello. El establecimiento, que a lo largo de los años ha pasado por manos de diferentes dueños, es ahora un bar superanimado para el vermú o las cervezas y copas de antes de comer, el tardeo o la noche, y tiene también una cocina rica desde que se ocupa de ella Juan de la Cruz, de Casa Obdulia. Tacos, pulpo, croquetas, tablas, empanadas, ensaladilla o navajas, que se alternan con platos más elaborados como la pata con garbanzos, callos, jamón asado, entrecot, brochetas de carrileras y hasta este mes, lacón con grelos. De vez en cuando ofrecen sesiones de DJ, y en la zona han creado una fructífera alianza con sus vecinos de A Póla, Fermentum y Framenti, señala José Curiel, que lleva el negocio junto a Juan de la Cruz y Jesús Vaquero.