«Somos amigos desde hace más de 60 años»

TODA UNA VIDA. Son afortunados. Llevan seis décadas disfrutando de la amistad y así seguirán. Riendo y reuniéndose cada vez que pueden. Este es el núcleo original de la pandilla de Emiliano. Un grupo mítico de la Pontevedra de antes.


Retrocede 60 años y fíjate en la foto de Miguel Moreira, Emiliano Pazos y Adolfo García (por ese orden). Verás a los chavales de entonces dándose el mismo abrazo. Porque ellos siguen siendo los mismos niños de antes, los que jugaban por las calles del histórico barrio de San Roque de Pontevedra. Los mismos chavales que en cada verbena intentaban ligarse a la más guapa. Los mismos que siguen juntos, que llevan siendo amigos toda una vida y que así seguirán siempre: «Ahora, a estas altura, ya no vamos a cambiar», confiesa guasón Emiliano. Aunque echen en falta alguna ausencia notoria, como la de su queridísimo amigo e integrante de la pandilla, Carlos Márquez: «A Carliños lo queríamos muchísimo. Me gustaría que lo mencionaras», dice Adolfo, el public relation de la pandilla de Emiliano, como se conoce a este grupo, aunque el susodicho no esté muy conforme: «¡Qué va! No me hacen ningún caso», dice mientras Adolfo lo interrumpe: «Era el líder. Lo sigue siendo».

Una foto de aquella época desvela la incógnita. En ella se ve a Emiliano de joven. Y ciertamente era un tío que no pasaba desapercibido, con su pelo largo negro, despeinado en su justa medida, y una barba cerrada. Tenía un gran atractivo. Se entiende ahora por qué eran conocidos con este sobrenombre: «Emiliano tenía un look muy característico. Pantalones acampanados, abrigo largo... era el que tenía el perfil más moderno. Llamaba la atención», aclaran Miguel y Adolfo, mientras a Emiliano se le nota que siente algo de pudor al oír hablar a sus amigos así de él. Pero el que tuvo retuvo y todavía ahora se le ve un toque especial, un punto retro y juvenil, con sus gafas de pasta gris oscura, su media melena y su gorra con topos, también gris. Muy moderno.

Adolfo está claro que es el simpaticón de la pandilla. Le encanta charlar: «Tú pregunta, pregunta», dice mientras a Miguel se le ve más tímido, aunque por lo que cuenta Adolfo también tenía su peligro de joven: «Ligaba muchísimo. Tenía a todas las tías detrás de él», afirma no sin que el aludido proteste: «Ahora me van a poner el sambenito de ligón y por ahí no paso», comenta bromista. Para ellos, el secreto de esta amistad es, simplemente, no enfadarse nunca, aunque reconocen que discutían «un montón de veces» y que incluso pudo haber alguna peleílla tonta, de chavales, que nunca fue más allá.

Los primeros años los pasaron jugando en el barrio de San Roque. Hacían carrilanas made in casa o vendían refrescos en la plaza de toros durante las Peregrinas: «Nos sacábamos unas perras para montar en los coches eléctricos». Luego llegó la adolescencia y con ella la pandilla creció. Se unieron Zalo, Julio, Lino y Pichurri. De este último cuentan que fue el inventor de una bicicleta para cuatro personas, en la que iban a Marín: «Costaba un huevo llevarla porque era muy pesada. Se nos estropeó el freno y tuvimos que ponerle una tabla al final. Entonces el último, echaba el culo para atrás y la tabla bajaba para frenar con la rueda. No es coña», afirma Adolfo. A la localidad vecina iban a las fiestas del Carmen, un clásico de la época. También al Sexto Club, un local que arrasó y donde había que ir con chica: «No es que hubiera poca luz, es que no había ninguna», confiesa Emiliano. También iban al cine Avenida, porque allí les dejaban ver las pelis de adultos y se ponían en la parte de arriba para tirar comida a los de abajo. O se acercaban a visitar a unas chicas de Placeres, un barrio del extrarradio de Pontevedra, pero muy cercano a Marín. Luego, cuando les apetecía, se acercaban hasta la sala Nicol’s, en A Estrada. Y al Scorpion, en O Grove: «De ahí salimos un día por patas, porque estábamos bailando con unas chicas, que eran de allí, y empezaron a darnos codazos y patadas. Tuvimos que salir escondidos en un coche», relatan.

Las tardes de la Boite

Cuando se quedaban por Pontevedra, iban mucho al Café Moderno porque había un futbolín, un billar y un televisor donde echar la tarde, hasta que Pepe, el encargado, se cansó de verlos con una sola consumición tanto tiempo: «Un día nos montó un cristo y nos marchamos. Ya no volvimos», explica Miguel. Luego se iban a la Boite del Universo, la primera discoteca de Pontevedra. De Fontán, el portero, no guardan buen recuerdo porque siempre les ponía pegas para pasar. Y, una vez dentro, a esperar el momento adecuado: «La llegada de las lentas. Te acercabas a una que te gustaba y le decías: ‘¿Bailas?’ Y si tenía alguna amiga tenías que pedir el favor a los tuyos para que la sacaran también a bailar, que si no no querían», confiesa Adolfo al que se le ve que era muy docto en estos menesteres. Así son ellos. Miguel, Emiliano y Adolfo. Tres grandes amigos. De verdad y para siempre.

«Somos unha piña, encántanos estar xuntos»

Si Manuel García (con la cazadora verde), Manuel Freire (con chaleco) y José Seso Santomé (el de la derecha) reciben la llamada de Fernando García (a la izquierda), antes de descolgar ya saben que este particular organizador de eventos está liando algún sarao. Y todos acuden raudos y veloces a la llamada de su amigo porque saben, de sobra, que las risas están aseguradas. Así ha sido desde hace más de 50 años. Y así seguirá siendo. Estos cuatro mosqueteros llevan medio siglo siendo amigos, desde que eran unos niños y jugaban en la carretera de Cela, una parroquia de Bueu, a los trompos, a las canicas o a la pelota porque «daquela os coches pasaban por alí cada media hora». Con la llegada de la adolescencia, vinieron también los primeros ligues y ahí ya les entró la risa floja a todos. No hay quien crea a ninguno.

Porque Fernando dice que el ligón de la pandilla era Manolo Freire: «Ao contrario, el era o guaperas. Está botando balóns fóra. Era o neno mimado das chavalas», resuelve Freire de un plumazo, que curiosamente acabó convirtiéndose en cuñado de su amigo Seso, al casarse los dos con dos hermanas. Y que no duda tampoco en tildar a su pariente de «algo golfo» cuando eran jóvenes: «Sempre tivemos moi boa onda, pero Seso era máis golfo ca min. Cando tiñamos permiso na mili, el en vez de ir xunto a moza marchaba por aí. Eu era máis formal. Iso de facer pasalo mal as chavalas doíanme», un comentario guasón que niega con rotundidad Seso: «Díxoche iso? É un liante de medo. Se era el quen sempre controlaba todo. Iamos de mozas por aí, e el sempre era o que se fixaba para elas. Sempre tivo radar. Aínda hoxe. Cando queremos saber algo temos que preguntarlle a el», responde el aludido. A Manuel García, Fernando lo define como «o filosófico da pandilla, o máis romántico». Con lo primero no está de acuerdo, pero sí con lo segundo: «Penso que aínda o sigo sendo», dice. Él es el mayor del grupo, al que el resto tenía algo más de respeto cuando eran jóvenes: «Recordo unha vez que fomos á festa de Ardán (una parroquia de Marín) e levamos a Seso para a casa con moito traballiño. E despois de deixalo na casa, cando nos demos conta volvía a saír pola porta para a festa», comenta muerto de risa. Porque si hay algo que siempre los ha mantenido unidos son esas ganas de pasarlo bien y de vacilarse constantemente: «A verdade é que somos unha piña. Encántanos estar xuntos», confiesan los cuatro.

«En nuestros cafés no entran hijos ni maridos»

Son las diez de la mañana y la primera en coger mesa es Lourdes. «Soy muy puntual». Entra Marian, la segunda de este grupo de amigas que se conocen desde hace más de 30 años. «Trabajamos juntas en El Corte Inglés y ahora unas están jubiladas y otras estamos prejubiladas». Llega Marina, de 64 años, y se empiezan a poner al día. «El verano es cuando más nos cuesta organizarnos para vernos, pero siempre quedamos, mínimo, una vez cada quince días». Marina les habla del crucero que acaba de hacer: «El próximo lo quiero single y vamos todas». La última en aparecer es Inma, la hermana de Lourdes, y parte de esta pandilla que se quiere como una segunda familia: «Lo sabemos todo de todas. ¡Conocemos hasta nuestra talla de ropa interior», se ríen. Marina anima este primer café de la mañana: «Sabemos cómo duerme cada una, lo que le gusta comer. Solemos quedar a las cinco de la tarde y nos quedamos siempre hasta las ocho hablando. Y, después, otra media hora más en la calle para despedirnos».

Una cita cada 15 días

Su café de amigas es sagrado: «Aquí no entran ni hijos ni hombres», bromea Marina. Esta pandilla de amigas empieza a hablar y no para. «También organizamos escapadas para ir a comer juntas. Por ejemplo, hace poco fuimos a Rinlo a comer el arroz y la semana que viene iremos a Combarro a tomar el marisco. ¡No veas la marcha que tenemos», cuenta Marina. «¡Y después queremos estar delgadas!», se ríe Marian. La pandilla no perdona los cumpleaños: «Siempre quedamos en La Granera para desayunar o merendar, hacernos una foto de grupo y le compramos un ramo de flores a la que cumple años». Tienen varios grupos de WhatsApp de amigas: «Uno de ellos va cambiando de nombre según el destino al que vamos a hacer una escapada. Ahora se llama Oporto porque estamos planeando hacer un viaje de chicas a Portugal». Otro de los más antiguos lo bautizaron como «reencuentros», igual que los que viven cada quince días para tomar un café: «Dos semanas dan para mucho y nos pasan muchas cosas. Este café no se perdona».

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