Por razones que no vienen al caso, en las últimas dos décadas he tenido contacto frecuente con trabajadores del sector naval de Ferrol. Si les digo la verdad, en mi época de estudiante universitario conocí la conflictiva reconversión naval de los años ochenta, y el posterior declive de la comarca, pero jamás había tenido relación directa con los trabajadores de Ferrolterra y sus problemas. Hoy tengo amigos que trabajan, o han trabajado, en ese sector aunque esa no sea la razón de mi irrupción en este tema; muy al contrario, me inclina a hacerlo el que empiezo a percibir que se trata de un problema botánico.
La salvaje reconversión de los ochenta asestó un golpe mortal al sector naval de Ferrol, sin basarse en ningún criterio objetivo. He oído infinidad de veces que había magníficos ingenieros, delineantes o soldadores y que, en síntesis, la astilleros de la ría de Ferrol eran la flor y nata a nivel mundial. Sin embargo, las decisiones políticas arruinaron el sector asestando un duro golpe al tejido económico y social de la comarca, y de Galicia. Treinta años después, el escenario naval solo ha cambiado en lo cuantitativo y las plantas de Ferrol se ven de nuevo machacadas, sin ningún criterio que lo justifique.
Es tal la inutilidad de los dirigentes políticos que son incapaces de deshacer el corsé que impide a los astilleros abordar la construcción de buques civiles o de invertir en nuevas alternativas, como el denominado dique flotante. Para agravar más la situación, una parte de la sociedad ferrolana sigue en la berza, pensando que su destino nada tiene que ver con el futuro de los astilleros.
Es obvio que no soy un experto en el tema, aunque sé que naval no es un término botánico. Sin embargo me preocupa que, al igual que ocurre con el sector agrícola o pesquero, gente que ha dedicado toda su vida a trabajar vea ahora que no hay futuro.
Existe una verdadera cultura industrial en los trabajadores del naval de Ferrol, no solo porque son buenos técnicos, sino porque viven ese mundo de una manera especial. Les he visto manifestarse o discutir acaloradamente sobre la crisis del sector, como si la vida les fuera en ello, a pesar de haber dejado la empresa hace veinte años. Es esa cultura, y no solo el empleo, lo que está en juego y para evitar su pérdida no basta la palabrería habitual; nadie compite con las manos atadas y los astilleros de Ferrol las tienen.
Por lo demás, habrá quien critique mi incursión en un tema aparentemente ajeno; pues se equivoca.
Si a lo de la flor, las plantas y la berza, añadimos que quienes toman las decisiones sobre el futuro industrial de Ferrol creen que naval viene de nabo, convendrán conmigo que se trata, claramente, de una cuestión botánica.
