¿Volveremos a ir de cuncas y tapas?

Las populares zonas de vinos concentraban, antes de la pandemia, el ocio nocturno en Galicia. La diversión tendrá que reinventarse y los expertos temen, entre otras novedades, la vuelta del botellón


Probablemente, de no encontrarnos inmersos en esta calamitosa situación, muchos restaurantes de la comunidad habrían funcionado el sábado por la noche a pleno rendimiento. Desde gastrobares hasta locales con estrella Michelin, pasando por la enésima apertura de comida fusión japo-peruana. Pero hay una certeza: el lleno total de las calles que muestran las fotografías que encabezan este artículo. Lloviese o bajo una noche de verano, la trabajada resistencia de los gallegos a las inclemencias del tiempo permite que cualquier fin de semana corra el ribeiro, los calamares fritos y el licor café. Imbatibles pese a su cuestionable estética, y partiendo de productos que no necesitan aderezos como la salsa kimchi para triunfar, las tascas y tabernas se encuentran ahora en la cuerda floja. Sin poder asumir las medidas de distancia social recomendadas y con platos que, advierten, no triunfarían en pedidos a domicilio, su permanencia como referentes del ocio está en coma. Los expertos, eso sí, advierten: no será pronto, pero van a despertar.

«La diversión en la calle, o quedar para tomar unos vinos, forma parte de la communitas en Galicia, y seguirá siendo así. Pero es verdad que puede existir un periodo incómodo en el que los principales perjudicados serán los bares que no puedan respetar las distancias de seguridad. Además, quizás los locales suban los precios cuando esto termine y como parte de la población estará empobrecida, pueden volver con fuerza recursos como el botellón, que permiten socializar en la calle y sale más barato». Esta reflexión, de Enrique Couceiro, profesor en la facultad de Socioloxía de la UdC y experto en antropología social, va en cierto modo de la mano de la teoría que también maneja el sociólogo Manuel García Docampo.

El adiós del contacto físico

Ambos expertos coinciden en advertir que los tiempos de vino y rosas (literalmente), estarán de vuelta. Aunque la pandemia, avisa en este caso Docampo, será un elemento de resorte de tendencias que ya estaban latentes. «A corto plazo seremos prudentes y preferiremos estar en lugares espaciosos y evitar aglomeraciones; sin embargo, las experiencias previas hacen pensar que poco a poco retomaremos nuestras rutinas y recuperaremos el ocio de la restauración. Lo que probablemente no volvamos a ver, porque se empezaba a percibir antes del coronavirus por otros motivos, es tanto contacto físico: sobre todo en un primer encuentro distendido o en el entorno laboral; los saludos efusivos con besos y abrazos perderán peso. Y también seguiremos viendo durante bastante tiempo el uso de mascarillas; aunque queramos volver a nuestra vida habitual seguirá el temor a un contagio».

Temor es precisamente lo que siente estos días Sheila, propietaria de la taberna A Pedra, en Vigo, una tasca con casi cincuenta años de vida que está precisamente en el centro neurálgico de las cuncas, las tapas y, en definitiva, el entretenimiento de cualquier fin de semana en la ciudad olívica. Ha pasado de no tener que preocuparse por captar clientes a mirar una bola de cristal que solo le muestra un futuro incierto. Y todo esto en el lapso de dos meses. La situación se repite en otros tantos locales similares donde la mayoría de gallegos han curtido estómagos, hígados y cuerdas vocales. «Si solo podemos mantener una capacidad del 30 % del aforo no nos merece la pena abrir, y cuando podamos hacerlo a pleno rendimiento creo que solo tenemos asegurado el 20 % de la clientela; es decir, esa gente mayor que nunca falla a la hora de tomar los vinos, el resto tengo mis dudas, porque el miedo va a persistir». Esto, claro, contando con que el local, especializado en comida gallega de toda la vida, pueda resistir la durísima estocada. «Ya hemos perdido la Semana Santa y perderemos el verano, es todo muy complicado. Además, otros establecimientos se están apuntando al delivery, pero en nuestro caso el producto perdería calidad».

Efectivamente, Sheila sabe que los platos que ofrece A Pedra forman parte de un disfrute muy particular de la idiosincrasia gallega. Es cierto que la visita a las tascas nunca pasó de moda, y ha resistido estoica todos los golpes, pero como recuerda el arquitecto y experto en urbanismo Javier Harguindey, desde hace unos años volvía a estar en boga, después de que la ampliación del área metropolitana se llevara buena parte de los usuarios habituales. «Estas zonas de vinos dejaron de ser un referente diario, como lo eran hace treinta años, para convertirse en el foco de la vida social el fin de semana hace relativamente poco». El resto está por escribir.

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