En La bola de cristal no se trataba a los niños como estúpidos. Como estúpidos consumidores, quiero decir. Eso ha quedado, sobre todo, de aquel programa tan mitificado a estas alturas de la historia de la televisión, cuando las criaturas de la casa se zampan el bocata -perdón, los lunchables comen ahora- mientras en la pantalla un señor de Zamora se confiesa zoófilo y una señora de Alicante estrecha su mano con la del último novio de su hija la menor, en quien, fíjate, la mujer ha encontrado el amor de su vida. Quizás los años -los transcurridos desde entonces y los que tenemos los que vimos aquel espacio presentado por Alaska- exageren nuestros recuerdos, pero La bola de cristal era creativo, moderno, un poco gamberro, entretenido, estimulante y muy divertido. Lo dirigía una mujer llamada Loló Rico, que acaba de escribir Cartas de una madre de izquierdas a una hija de derechas , un libro que le ha dado pie para reflexionar sobre ese estado llamado juventud, tan maltratado, criticado y denostado por los que lo han abandonado. Cree Loló Rico que los jóvenes de hoy han perdido la ilusión por luchar y la fe en los valores más elementales. Lo que en la práctica viene a constituir un reduccionismo tan tópico como el que inspiró la estupidez aquella de que la juventud es una enfermedad que se pasa con el tiempo. La directora de La bola de cristal incurre en el error que probablemente cometieron sus padres con ella: considerar que sólo existe un tipo de lucha - Mi lucha , que diría el otro- y creer que como «valores elementales» valen únicamente los suyos.