Pasaba por allí


Las comisiones parlamentarias de investigación son una manera como otra cualquiera de matar el tiempo. En contra del objeto que se les presupone, son foros destinados a eximir de culpa a quien pudiera tenerla. Es decir, lo que se depuran son las responsabilidades, nunca al presunto responsable, un tipo que lo sabe perfectamente y que actúa en consecuencia. Por eso los que más tienen que perder ante una de esas comisiones son, de haberlas, las víctimas de los hechos sobre los que allí se discute. Y la que se ventila en el Congreso a cuenta del siniestro del Alvia es un ejemplo especialmente sangrante. No solo por la mayor o menor verosimilitud de las tesis que están esgrimiendo varios de los comparecientes que por ella han desfilado, que también, sino por la absoluta falta de empatía con el sufrimiento de las familias afectadas.

Pase que el supuesto ejercicio de fiscalización resulte estéril, que solo sirva para retratar al que debe dar explicaciones, pero es que encima el retratado sale haciendo muecas. En el caso de la tragedia de Angrois, no solo es relevante determinar por qué el trazado no disponía de las previsiones de seguridad propias de una línea de alta velocidad, es que es crucial. Por eso no cabe acudir al Congreso a desviar balones a la grada. Sostener que a las personas que allí se dejaron la vida ya les da igual si la línea estaba adaptada o no a las exigencias de la alta velocidad es inmoral. Pero retorcer la ironía en un asunto así para aseverar que si el tren no hubiese salido de la estación no habría descarrilado debiera ser el epitafio de esas comisiones de investigación. Que cuiden tranquilos de sus despachos.

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