Comerse la vida

María Doallo Freire
María Doallo NO SÉ NADA

OURENSE

24 jun 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

El primer día de mis vacaciones me fisuré un dedo del pie. Me levanté de la cama temprano por la mañana —a quien madruga, Dios le ayuda: no— y me di contra la puerta de la habitación. Lo más absurdo y menos grave que podáis imaginar. Pero ahí se quedaron mis posibilidades de conducir hasta la playa, mi promesa de ir al gimnasio cada día, mis ganas de hacer rutitas por la montaña y las pequeñas escapadas rurales que tanto me gustan. Esa puerta, que lleva al menos treinta años en el mismo sitio, atrapó las pocas expectativas que tenía de estas vacaciones, aunque no mi sentido del humor. Porque estas cosas —que no son problemas, creedme— es mejor tomárselas a broma y asumirlas cuanto antes. Por eso dediqué mis ocho días libres a comerme la ciudad. También a cenármela. Y, por supuesto, a mostrarlo todo en mi cuenta de Instagram, para que tuviese ese puntito de glamur que me faltaba a mí, todo el rato cojeando bajo la lluvia. Probé las pizzas de Paolo —¡mamma mía!—, me reencontré con el pulpo en crujiente de tinta de calamar y sobre cremita de San Simón de Miguel González y me enamoré profundamente de un flan, el que hace Fran Domínguez en Pacífico —yo a este chico y a su equipo les daría un Nobel de la Paz—. De A Palleira lo degusté todo, especialmente mis favoritos: los grelos y las almejas a la sartén. También paré en la tortilla de mi Alborada del alma y hasta me dio tiempo de comer mucho pan naan del que hace mi amigo Gus —este todavía sin restaurante—. De vuelta al trabajo, y a la evidente dieta, creo que podría afirmar que la vida en Ourense sabe bien. Muy bien, de hecho. Sobre todo por la suerte de poder comérmela al lado de personas que me llenan de ganas incluso cuando estoy convencida de que me miró un tuerto. A esos, gracias, y ¡tomádelle outra!