Arqueología de viaje

Las fotografías de viaje de Daniel López Sierra se exponen en el espacio Shangri-la de la capital


ourense

«¿Quien ve el rostro humano correctamente: el fotógrafo, el espejo o el pintor?». Picasso. El artista visual Plácido L. Rodríguez, meritorio fotógrafo cuyas instantáneas atrapan el instante psicológico, la otreidad de la realidad y sus múltiples reflejos y que dirige el espacio reservado para el arte en el restaurante vegetariano Shangri-la, presenta una exposición de carácter especial que cierra el ciclo que había inaugurado el espacio, como reivindicación del histórico certamen Outono fotográfico, génesis y epílogo del conocido evento con el mismo artista: David López Sierra, hijo del reputado fotógrafo.

A través de 21 fotografías de plano horizontal en su mayor parte y en la magia contrastada del blanco y negro, Daniel López Sierra presenta Fotos de viaje un proyecto sociodocumental que ilustra lugares, itinerarios y experiencias de sus viajes alrededor del mundo como testigo errante y ocasional que pasa por la imagen sin hacer ruido, casi a hurtadillas sin interferir en la escena que presenta. Una sensibilidad que remite a proyectos de otros fotógrafos como Deglass Passport Project de Richard Tilney-Bassett basado en la idea original de Shantanu Starick The Pixel Trade.

Daniel López singulariza la percepción del espacio a través de la luz, sus reflejos y la potencia dramática y expresiva del blanco y negro en páramos recónditos y desolados sin apenas huella humana. Un mundo de mares helados y montañas escarpadas que describen la inmensidad de la naturaleza como ilustra “El caminante sobre el mar de nubes” de Friedrich, retrato romántico del viajero, la soledad y el silencio de lo sublime frente al mundo preso de las prisas de la gran ciudad.

Tal vez el fotógrafo ávido de parajes infinitos logra una perspectiva cromática y aérea en el difumino de las instantáneas que dan voz a la experiencia. Una humanidad destinada al éxodo, al extravío. Lugares que se convierten en símbolo y metáfora. Simbolismo que remite a los personajes anónimos de los cuadros de Magritte. Piezas de desalineamiento. Personajes situados de forma que cubren el punto de fuga de manera que se produce la identificación del espectador al colocarse en el lugar de la figura y sentirse absorto e introducido en la experiencia contemplativa del paisaje sin acción a través de una doble articulación: la exposición de la realidad sin edulcorar como Sebastião Salgado en Génesis y la mirada.

El fotógrafo muestra una recopilación a modo de mosaico increíble de localizaciones extremas, lugares, paisajes que han sobrevivido al pulso antropófago de la sociedad capitalista y el desarrollo, aguantando sus devastadoras embestidas. Un periplo que se inicia en el dibujo que describen unos pájaros sobrevolando el cielo de Nepal. A cinco mil metros una persona es una mancha móvil en las montañas nevadas. Bangkok es un hervidero de cabezas anónimas que discurren por las calles en el bullicio exótico de Tailandia, raíces hipertrofiadas como garras misteriosas de aspecto tectónico sobrepasan los muros de templos en Camboya.

Imagen surrealista que remite a Madoz es la escalera que apuntala el aire en Islandia, Hartlauv que acuñó el término Nueva Objetividad reescribía el descubrimiento del objeto tras la crisis del yo, como las fotografías de Reinhardt-Patzsch, Sander o Schmitz a través de una actitud distante y conceptual, con el halo de fotografía documental bajo la caligrafía de lo conceptual y en la introspección de lo emotivo. Del bosque de farolas en México con su despliegue de tintineante alegría al viento silencioso de espinario de los cactus de hirientes púas y a la exuberancia orgánica de la selva en Chiapas. Los pájaros se camuflan entre la orfebrería febril de la roca en Ecuador y en el Perú de los Andes un fotógrafo se descuelga de un paisaje vertiginoso y helado en busca del instante.

El Cañón del Colorado desnuda su pelaje rojizo y pétreo, fósil testigo de cantos espirituales Navajos y gritos de guerra Sioux. Peter Pan descansa en un motel en blanco y negro de EE.UU asumiendo el golpe de la realidad que implica crecer. En Turquía las sombras de los pescadores se alargan en el muelle de Estambul al atardecer. El fotógrafo apasionado, inconformista, minucioso, inquieto devorador de paisajes plasma su grafía a través de las imágenes por las que transita. Daniel López traspasa los límites de la escena a través de un calidoscopio de sensaciones táctiles de apariencia física a través de una mirada personal, identidad y memoria, libertad y ausencia en la frialdad metálica de lo intangible.

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