Un primer consejo para evitar ingratas sorpresas en los próximos recibos de la luz: entérese -la mayoría no lo sabe- de si está regulada su factura, como sucede en once millones de hogares, o de si pertenece al mercado libre, como la de dieciséis millones de familias. En este último caso, diríjase a su compañía o examine con lupa cualquier comunicación que le llegue; y sepa que, si no lo convencen, y su potencia instalada no supera los 10 kW, puede emigrar al mercado regulado. Pero si usted ya está en este, le apremio a que se planifique para impedir que su recibo se dispare a las nubes o incluso arañar alguna rebaja. Motivo de la urgencia: el contador con las nuevas tarifas se ha puesto en marcha, automáticamente, el pasado día 1. A final de mes, si usted no hace nada, se llevará un disgusto.
Bien sé que, para interpretar el enrevesado recibo de la luz y sus mecanismos propulsores, se precisa un máster. Pero en esta ocasión el Gobierno se ha esmerado y, con encomiable afán didáctico, nos ha dividido el día con criterios topográficos: horas punta, horas llano y horas valle. El pico de la montaña, la chaira y el valle. Lo cual facilita enormemente la planificación del consumo. Si usted quiere abaratar la factura, dúchese, haga la colada o planche la ropa en tierra llana o, mejor aún, en el valle. Evite la montaña, donde se concentra la demanda y los precios rozan las nubes. Quizá logre de esta manera esquivar el golpe.
El nuevo sistema, por lo demás, no me agrada. Se justifica oficialmente por razones de ahorro y eficiencia energética. El ahorro no lo veo: la gente consumirá lo mismo, aunque a distintas horas. La eficiencia sí, la que comporta la redistribución del consumo a lo largo del día. Al igual que resulta más eficiente usar los electrodomésticos de uno en uno que no todos a la vez. Pero esa mejoría queda empañada por el perverso efecto del decreto: el coste del cambio tarifario recae, en exclusiva, sobre las familias más vulnerables. Lo abonarán en forma de subida desmesurada, si intentan mantenerse como están, o trastocando sus hábitos y renunciando a horas de descanso y de ocio, si pretenden reducir el coste monetario. Las familias pudientes, cuyo recibo apenas supone una insignificancia de su gasto, ni siquiera notarán el cambio. Estas permanecerán consumiendo kilovatios en el pico de la montaña, como siempre, y aquellas serán arrojadas hacia el valle y la madrugada. Un fenómeno similar al registrado en las ciudades: los prohibitivos precios de la vivienda y los alquileres empujaron a las clases medias hacia los arrabales y barrios periféricos, y en el centro ya solo permanecen los privilegiados.
Las nuevas tarifas responden a la filosofía regresiva del no importa cuánto se consume, sino cuándo se consume. Exactamente lo contrario de lo que preceptúan la razón del ahorro energético y la lucha contra la desigualdad. Y rectificación también de lo que prometían PSOE y Podemos en su programa: tarifas más baratas para los primeros kilovatios consumidos. Algunos, tal vez aferrados a principios obsoletos, quedamos anclados ahí.