Las formas de los países


En una ocasión, en el campo en Navarra, vi Japón en el cielo. Estaba formado por varias nubes alargadas que reproducían a la perfección las tres islas principales de Hokkaido, Honshu y Kyushu. Hasta que una ráfaga de viento del este -el mismo que agita los juncos en los poemas japoneses antiguos- dispersó la visión de un manotazo. Otra vez, en un bar de Santiago, se me apareció Francia. El Barrantes vertido de una taza había pintado una mancha espesa y roja en el hule a cuadros, y en ella se distinguía perfectamente el hexágono con sus penínsulas de Bretaña y el Cotentin. Era, eso sí, un mapa histórico: de antes de 1918, porque Alsacia y Lorena no estaban.

La mente humana busca pautas de manera instintiva, y las encuentra en función de aquello que más le interesa. Esa es la base del famoso Test de Rorschach y de muchos de nuestros gustos y pasiones, de nuestros prejuicios personales o ideológicos. En mi caso, pesan las muchas horas mirando mapas, el amor por la geografía que contraje de niño y ya no me ha abandonado nunca. El aburrimiento, que es una parte esencial de la formación, me hacía ver perfiles de continentes en las humedades del techo de la clase, y luego en las manchas de tinta sobre el pupitre del instituto, cubierto de los palimpsestos de veinte promociones de alumnos, o en los nublados de tiza que quedaban en el encerado emborronado por el borrador. Hoy cada vez que veo una imagen de Mijaíl Gorbachov veo el contorno de la Península de Kamchatka en la marca de nacimiento que tenía en la calva; y cuando conocí a Yasir Arafat me distrajo ver la forma de Palestina en el famoso pañuelo con el que se cubría la cabeza.

A base de fijarse en las formas de los países, acaba uno encontrando paralelos inesperados: el Lago Michigan tiene casi el mismo contorno que Suecia, Cantabria casi el mismo que el País Vasco. E igual que uno ve formas de países en las cosas, acaba viendo cosas en las formas de los países. En el mapa de Irlanda se oculta un ángel; en la Península de Malaca, una serpiente; en el norte de Borneo, la cabeza de un perro; una mano abierta, en el Peloponeso; una tortuga, en Guinea-Papúa y un pez espada, en Chipre. También Venecia y Long Island son peces, y Sudáfrica un rinoceronte cuyo ojo redondo está en Lesoto. El atlas es, en fin, un rostro del mundo que está a su vez, literalmente, lleno de rostros: Senegal es una cara con su nariz en Dakar y su boca en Gambia; y también lo es Portugal, con el mentón en Sagres y el flequillo en las rías gallegas.

Sí, me he pasado muchas horas mirando mapas, ponderando sus formas, tratando de desentrañar su significado. Esta mañana meditaba distraído dando vueltas con la cucharilla en el café. La espuma se movía, cambiando de forma. Y de repente me pareció ver cómo África se separaba de América, dejando claramente marcados los límites de Brasil y del Golfo de Guinea, que encajan entre sí como en un puzle. La India, Australia, y algo que se parecía más o menos a la Antártida se separaban también, yendo cada una al lugar preciso que les correspondía en el Cretácico final. Luego la espuma volvió a unirse en un gran supercontinente como el que se forma en el planeta cíclicamente cada cierto tiempo, y que se volverá a formar dentro 250 millones de años. Así que es cierto que se puede ver el futuro en una taza de café.

?

Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
18 votos
Comentarios

Las formas de los países