EL GRAVE accidente ferroviario acaecido ayer en Valga sintetiza en todas sus imágenes el grave problema de una población que se acumula en la fachada atlántica de Galicia y que, a pesar de tener densidades urbanas y formas de producción basadas en la industria y los servicios, se sirve de infraestructuras y modelos territoriales generados por una sociedad agraria. La línea de ferrocarril más transitada de Galicia, que también es para Renfe una de las más rentables, discurre entre casas y núcleos de población que se disputan su espacio vital con el tren, y que generan cientos de oportunidades -prudentes o imprudentes- para que ese maravilloso vehículo que es el tren se convierta en una amenaza permanente. En una Galicia que cuenta por miles sus núcleos de población, que se esconden entre colinas y se camuflan con terraplenes, perviven todavía 276 pasos a nivel con barreras, y muchos más sin barreras, que la población soporta estoicamente, aunque a veces se los salta también -¡maldita confianza!- de forma temeraria. Y así llegamos a esta paradójica situación en la que el ferrocarril más lento de España sigue causando estragos como el de ayer, por culpas que nunca se atribuyen del todo, y sin más consenso explicativo que el concurso necesario del sistema y del modelo territorial en todos los accidentes. Puesto que hay que decirlo todo, también tenemos que reconocer que la inmensa mayoría de las casas que comparten su territorio con el ferrocarril fueron construidas cuando la vía ya estaba tendida, aplicando la conocida estrategia de que primero resuelvo mi problema, sin pensar en las consecuencias de mis actos, y después les traslado la incongruencia general a las instituciones y a la población que paga la desfeita. Pero ninguna de estas explicaciones parciales desplaza del análisis los dos grandes problemas que subyacen en el accidente de A Devesa: que no es de recibo la tardanza con la que se programó la reforma del ferrocarril A Coruña-Vigo, y la exasperante lentitud y cortedad de miras con la que se está ejecutando; y que no es posible tener un país moderno si se sigue permitiendo que el territorio sea un caos consentido en el que los asentamientos de población surgen y se desarrollan por generación espontánea. Cuando terminen las eternas obras de este corredor ferroviario, seguiremos padeciendo una vía obsoleta, con ancho español, sin planes de electrificación, y sin capacidad para convertirse en el segundo nivel de un AVE que algún día habrá que explicar y trazar sin llevarlo zigzagueando por el país de los mil ríos. Para los tres muertos de ayer -que en paz descansen- todo llegará tarde. Y para la mayoría de nosotros, también.