MAYO concluye. Estamos a fin de mes, otro mes, un mes menos o un mes más, según se mire y en estos días, seiscientas mil familias gallegas, a tenor de los datos facilitados por el Instituto Gallego de Estadística, tendrán que hacer malabares con los euros para superar la ultima semana del mes, para coronar la cima económica de una precariedad que va resultando congénita, o endémica, que ambos adjetivos valen. Casi un sesenta y dos por ciento del total de familias gallegas sufre dificultades económicas y llega jadeante, con la lengua fuera, a fin de mes. Menos mal que el origen campesino de este país, agrícola y marinero, posibilita que la despensa popular esté en el huerto de la casa y que en temporada se lañen los chicharros para cuando sea menester asarlos en los días duros que están al final del calendario. Hay economistas que aseguran que sólo los países ricos y muy endeudados son los que tienen dificultades coyunturales. Con una indudable, aunque no errónea, dosis de cinismo, argumentan que debido a la bajada de los tipos de interés, los ciudadanos han decidido de forma unánime solicitar hipotecas para la adquisición de pisos y de aquellas lluvias estos lodos... Por eso existe - explicatio dixit - una importante y angustiosa merma en la liquidez a partir del día veinte de cada mes. Lo cierto es que Galicia es una sociedad VYP, así con i griega, que quiere decir vieja y pobre, o vieja y empobrecida, con una alta esperanza de vida, un acusado problema demográfico con tasas decrecientes de natalidad, y muy subsidiada. Más del treinta por ciento de los hogares gallegos se sostienen únicamente de las prestaciones públicas, de rentas en muchos casos simbólicas y las más de las veces muy inferiores a las rentas del trabajo. Hay, asimismo, que poner énfasis en la precariedad laboral que en Galicia es superior a la media y que en este año se ha incrementado en un dos por ciento. Son ingredientes para la desesperanza, para seguir viajando por un túnel lleno de carteles anunciando el bienestar pero sin ver la luz que aparece al final. Y eso sucede ahora en la Galicia que sufre la amenaza de quedarse sin fondos estructurales a partir del 2007, porque a juicio de los expertos de la Unión Europea, está a punto de salir del club de los pobres. Aunque no es pobre el que menos necesita sino el que menos tiene, y Galicia tiene, todavía, muchas necesidades. Es irrenunciable llegar sin sofocos a ese fin de mes virtual y colectivo que suponga el inicio de una sociedad moderna y sin complejos que nos obliguen a sentir una vocación de periferia que nos adjudicaron por estar arrumbados donde nace el finisterre. El problema de Galicia no es de ubicación sino de definición, del qué y del cómo, de qué queremos ser y cómo nos gustaría que fuéramos, vamos a jugar al escondite con la historia, hartos de ensayar la gallinita ciega como en un relato de Max Aub. En la encuesta del IGE hay otro vértice susceptible de un trabajo monográfico, pobreza y soledad. Casi una cuarta parte de los hogares gallegos están habitados por mujeres mayores que viven solas, en su mayoría son viudas. Ellas están permanentemente condenadas a un fin de mes vitalicio. Ya escribiremos sobre ello. Son la ultima foto fija de nuestro país, madres y abuelas que se han quedado solas con sus recuerdos, símbolo eterno de un territorio que ha hecho de la soledad y la abnegación una seña de identidad que traspasó las fronteras de la emigración y se quedó anclada en el tiempo.