CON LA MARCA de la casa y la rúbrica de Bin Laden, el terrorismo islámico ha saludado la llegada a Riad del jefe de la diplomacia norteamericana. Ha sido el mismo esquema, en la capital saudí, que lo actuado en Nueva York y Washington en septiembre del 2001: el esquema y el patrón táctico de ataques en racimo, con terroristas orquestados en suicidio colectivo. Ha sido como un doble salto mortal, del 11-S al 12-M, teniendo por en medio la segunda guerra de Afganistán. En aquella contienda -formateada para las brigadas islámicas como una yihad , como una guerra santa contra la impiedad soviética- se vinieron a sentar, por rechazo, las bases del terrorismo integrista: un terrorismo de diferente cepa que el nacionalista árabe, con el que siempre se ha querido hibridar. Sólo la liquidación del régimen sadamista de Irak ha permitido al terrorismo de referencia confesional cruzarse con el problema de Oriente Próximo. La desaparición de Sadam Huseín puso en circulación la hoja de ruta para la paz entre árabes y palestinos, algo que sólo se podía pensar desde la emasculación del nacionalismo árabe, cuya masa crítica era aportada por la dictadura de Bagdad. Y ha sido ahora, para obstruir el arranque del proceso que lleva a la negociación entre Israel y los palestinos, por lo que reaparece Al Qaida. Su mensaje parece muy claro: contra el acuerdo que implique el reconocimiento de Israel, no sólo está el terrorismo -nacionalista- palestino: está también el terrorismo islámico. El daño inferido a Arabia Saudí el 12-M, con los atentados de Riad, es rigurosamente simétrico al causado a los EE.?UU. el 11-S. Bin Laden escapó de Tora Bora durante la segunda guerra de Afganistán, y, a lo que se ve, Al Qaida preservó, después de todo, su integridad operativa. En la nómina de los perjudicados por el terrorismo islámico aparece, junto a los EE.?UU., el Reino de Arabia. Los designios de ese terrorismo quieren ser, blasfemamente, como los de Dios, inescrutables; pero en esta ocasión se les ha visto absolutamente el plumero: además de apostar contra el régimen saudí -aliado estructural, antes que histórico de los EE.?UU.-, Bin Laden, como resucitado, pretende asumir un papel que nunca ha tenido el terrorismo islámico en la guerra permanente de Israel contra los palestinos. El riesgo, que releve a los terroristas de Palestina si la hoja de ruta se convierte en verdadero camino.