EN UNA de esas noches en las que el invierno se queda a dormir en Ourense me contaba Carlos Casares, su cabeza cubierta por una boina, cómo en Suecia, paraíso postindustrial, se veneraba tan humilde prenda fieles a una tradición de resistencia cívica y de protección capilar eficaz en un país donde se hospedan los fríos. Entre nosotros, la boina tiene escaso predicamento y desigual fortuna. Aunque la usaran Baroja y Valle. Aunque sea la misma boina que lucían casi como una parte de su uniforme civil los antifascistas franceses que combatieron al nazismo y triunfaron en su lucha. Boina bohemia y parisina de pintores rive gauche , santo y seña de una estética militante. La que está retratada en millones de pósters que adornan y adornaron las habitaciones de los jóvenes reivindicando la figura mítica del Che Guevara. Pero hoy escribimos sobre su gallegueidad, la misma que protegió la cabeza de Cabanillas o Villar Ponte, la boina popular frente al capelo reaccionario. Boinas versus birretes, lo tradicional y lo académico enfrentados en una absurda y falsa polémica que quiere dividir a la sociedad gallega. La boina aquí y ahora tiene un algo de casa de la Troya y del modelo que para su país quería Otero Pedrayo. El birrete queda para las solemnidades, para complemento de togas elitistas, con el Gaudeamus igitur como música de fondo. Yo no sé si Popper alternaría la boina con el birrete, pero me consta que a Galicia le sienta mejor la boina aunque la coexistencia no esté resultando todo lo pacífica que debiera. Lo que no tiene demasiada cabida en la Galicia que algunos queremos es la monteira y la mitra o el bonete. La monteira representa el país de ailalelo , territorio de fiestas gastronómicas e interminables romerías que paralizan el devenir de una tierra en permanente búsqueda de identidad. Identidades que la mitra intenta suprimir on su lenguaje vaticano de reajustar / adaptar diócesis y dejar a Mondoñedo al capricho de los vientos hasta convertirlo impartibus infidelibus . Monteira y mitra, como siempre, el país retardatario y mainiño , lleno de miedos atávicos y silencios cómplices. Lo malo es que no hay datos para un debate sosegado ni planteamientos programáticos entre los de la boina y los del birrete que vayan más allá de las escasas consignas, y de los chascarillos utilizados para distinguirse dentro de una muy ligera levedad ideológica. Falsos conflictos para encubrir, para tapar con remiendos la búsqueda de un modelo que tenga la vigencia suficiente para inaugurar el futuro. Cuando regreso a Galicia y es invierno, he decidido usar la boina por al menos cuatro razones. A saber, la primera es climatológica: protege del frío y hasta de la lluvia; la segunda, cronológica, es decir, a edades provectas o casi es menester llevar la cabeza cubierta; la tercera es estética, o sea, yo, que soy barbado, no me sienta la boina mal del todo. Y la cuarta, acaso la más importante, es la reivindicativa. Uso esa prenda protectora como testimonio solidario. Y cuando llegue la hora del birrete les aseguro que he de ponerlo por encima de la boina. Todo se andará.