Castroviejo

| RAMÓN CHAO |

OPINIÓN

17 oct 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

DÍAS ATRÁS declaré y reconocí gustoso mi deuda con Álvaro Cunqueiro y lo mismo les debo a sus dos compañeros que solían ir de caza a la Terra Cha y paraban en el Hotel Chao (así pomposamente llamada la fonda de mis padres) de Vilalba. Me refiero a Celso Emilio Ferreiro y a José María Castroviejo, de quien tengo urgencia de hablar hoy para matizar un juicio que emití la semana pasada. Parecía como si me hubiese ofuscado el que Castroviejo se paseara en paños menores por los pasillos de la fonda, pero lo que yo emitía en estilo indirecto era la reacción moral de mi madre, quien a pesar de haber tenido seis hijos, había sido condicionada para no poder ver a un hombre ni en calzoncillos. A mí lo que me desagradaba de niño era que fueran desde Vigo, Mondoñedo o Celanova sólo para matar conejos o pajaritos; y ya de adolescente me inculcaron la convicción de que dos de ellos habían sufrido veleidades falangistas, de modo que prefería ignorarlos. Lo ignoré voluntariamente en el Colegio de España de París, adonde venía a menudo para dar conferencias y siempre preguntaba por mí. Pero un día me encontró y descubrí a una de las personas más adorables que conociera. Iba de paso a un congreso de poesía a Kooken, en Holanda, y lo llevé en coche. Nos detuvimos en Brujas, yo perplejo ante la atención y el cariño que me demostraba, y me atreví a sugerirle -yo, que sólo me dedicaba al piano- que me gustaría escribir en algún periódico español. Como si no me hubiera oído. Pero días después de que regresara a Madrid me llamó por teléfono Manuel Cerezales para ofrecerme la corresponsalía de El Alcázar en Francia. Me apresuro a decir que en aquel entonces este diario pertenecía al ala aperturista del Opus Dei, cuya posición se alejaba del franquismo y no como ahora, que vuelve hacia él. Pronto entré en Triunfo , sin intervención de nadie. Y un buen día publiqué una entrevista con Alejo Carpentier que merece explicación. Apenas lo conocía entonces, pero tenía ganas de entrevistarlo. Lo logré, grabando la charla. Al cabo le dije que le mandaría el texto para que lo aprobara. «No, se lo mandaré yo a usted», me respondió. Y a los pocos días recibí una entrevista -preguntas y respuestas- escrita por Carpentier y que no tenía nada que ver con lo que habíamos hablado. Excelente. Sin duda la leyeron Castroviejo y Cerezales (a la sazón director de Novelas y cuentos ), pues me felicitaron y pidieron ¡un libro de conversaciones con Carpentier! Tras mucho cavilar, y ya amigos, le propuse al escritor cubano que yo escribiera un libro al revés: es decir, me imaginaría preguntas y respuestas que él asumiría, como yo había hecho con la entrevista. Aceptó. Al terminar el manuscrito se lo di y poco después falleció. Pasados tres años me llamó desde Cuba Lilia, la esposa, la viuda de Carpentier: entre los papeles de Alejo había encontrado mi manuscrito, nuestro manuscrito con algunas, pocas observaciones hechas por él sobre nombres y fechas. Ya en aquel entonces habían muerto también Castroviejo y Cerezales, de modo que Palabras en el tiempo lo publicó la desaparecida Argos-Vergara y no hace mucho lo reeditó Freixanes en colección de bolsillo de Alianza Editorial. Se cerró el círculo. Un libro encargado por gallegos, escrito (es un decir) por un gallego y reeditado por otro gallego.