EL TIEMPO, los soles desaparecidos, la lluvia traicionera de los veranos, el catálogo de nubosidades variables, mandando sobre las isobaras, está provocando neuras difícilmente justificables, cambios repentinos de carácter e incluso intentos de suicidio. Los gallegos y los que poblamos la llamada por los hombres del tiempo cornisa cantábrica, somos, como dice Xuán Bello, seres climatológicamente dialécticos. El tiempo, todos los tiempos, el clima, todos los climas, son aquí más que en ningún otro sitio, un estado de ánimo. Paso mis horas más felices entre los míos, en mi pueblo de nacencia, en una ciudad pequeña de las Rías Altas y este verano, que huye veloz como un bandido, vino revuelto y apagado, oscuro y brumoso. Hubo días que llovió como en los otoños, y se nos hurtaron los días soleados que en buena lid le correspondían a agosto. Y no hay saludo, abrazo, conversación o tertulia que no gire en torno al tiempo atmosférico y sus inclemencias. Y yo, de natural conformista con los caprichos de la naturaleza, me veo obligado a dar toda suerte de explicaciones e incluso a justificar las inconveniencias climatológicas como si fuera el hacedor de nubes y nublados, el responsable de que en mi pueblo, de que en Viveiro, los días resulten inestables y las noches se vayan tornando frías. Somos en exceso beligerantes con el clima; en esta tierra los inviernos son benignos, hasta soleados en las mañanas y los mediodías y los veranos son amables, llenos de brisas sosegadas, de noches cuajadas de estrellas y de una lluvia que en el estío es escasa, cargada de matices sinfónicos y de registros que sólo el corazón percibe. Y voy repitiendo a quien me pregunta, contestando a quien se queja, que aquí como en Escocia , frase que acuñé hace algún lustro y que ya escucho con frecuencia. Y argumento que esta es la patria de los vientos más suaves y de las más broncas galernas, el reino de la lluvia y la tierra donde viven las gentes más próximas a los primeros días de la creación. Hay algo de anfibio en nuestro comportamiento colectivo, un a modo de alma nacional que nos invita a descifrar todas las edades climatológicas, a escudriñar los cielos buscando el chubasco o la raiola , reivindicando, en suma, nuestra memoria campesina o marinera. Somos lo que somos, do seu verdor cinguidos , y si un año no viene como es debido, pues no pasa nada. De británico clima los gallegos somos un pueblo que siempre tuvo por límite el finisterre, un extramundi que conecta directamente con los países del más allá. De todas formas yo he visto este año, por el San Lorenzo, hace pocos días, como del cielo llovían miles de estrellas que naufragaban en la mar y en toda nuestra melancolía.