¿Y usted qué piensa? «Pues que todo parece que va a peor, pero compro bolsa»

Álvaro Galiñanes Franco DIRECTOR DE SOLUCIONES DE SANTANDER ASSET MANAGEMENT

MERCADOS

MABEL R. G.

01 feb 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

La encuesta Americans Predict Challenging 2026 es una de las más completas que Gallup publica cada año para tomar el pulso de las expectativas de la población estadounidense sobre el año que entra. Toma una muestra representativa de adultos norteamericanos y les pregunta a los participantes si esperan que diversas áreas —económicas, políticas, sociales y globales— mejoren, empeoren o permanezcan sin cambios durante el próximo año. Gallup lleva décadas realizando estudios de opinión pública de múltiples temas y aunque sus metodologías han pasado de las preguntas en la puerta de un supermercado, a llamar por teléfono y ahora a los formatos online, mantiene su misión inicial: reflejar de forma rigurosa qué piensan los estadounidenses sobre el futuro cercano de su país. La de este año cubre 13 dimensiones diferentes, que van desde expectativas sobre la economía, la inflación, el empleo y los precios, hasta temas geopolíticos como la influencia global de China, el poder de la madre patria rusa o la percepción sobre cooperación política interna y el déficit presupuestario. Y cuando a finales del 2025 se preguntó a los ciudadanos qué creían que traería este 2026, las respuestas no han podido ser más paradigmáticas. Rozando el nihilismo, básicamente el americano medio piensa que van a tener un año con más conflictos, precios más altos, más impuestos, más desempleo, más tensiones internacionales… es decir, más de casi todo lo malo… y aun así piensan que las bolsas subirán… que alguien me lo explique.

Una encuesta en la que a uno le preguntan por sus expectativas para todo un año no constituye ningún ejercicio de adivinación. Nadie en su sano juicio cree que una estadística pueda predecir algo razonable y menos pensar que el augurio sea certero si te preguntan sobre el comportamiento del déficit público o la evolución del poder global de China. Pero lo que sí hacen las encuestas —y muy bien— es capturar el estado de ánimo de una sociedad, sus temores dominantes y sus inquietudes.

En este caso, el ejercicio consistía en algo aparentemente simple: elegir entre dos escenarios opuestos para el año entrante. Prosperidad o dificultad. Cooperación o conflicto. Inflación moderada o precios desatados. Paz o un mundo en permanente disputa. El resultado a mí me resulta un poco abrumador. En casi todos los ámbitos, la mayoría de los encuestados se decantó por el escenario negativo. Como si, tras años de shocks sucesivos —pandemia, inflación, guerras, tensiones políticas internas, aranceles—, el optimismo se hubiese disuelto como un azucarillo en un café con leche de una tarde lluviosa de invierno.

Creo que esta percepción no surge de la nada y es consecuencia de lo que hemos vivido el año pasado. Desde el punto de vista financiero, el 2025 fue un año incómodo como pocos, pero fabuloso para muchos de los activos de riesgo. Un año de volatilidad, de narrativas cambiantes, de ajustes de expectativas y de muchos miedos. En general, los mercados comenzaron arrastrando las secuelas de los elevados precios de años anteriores, con bancos centrales atrapados entre el miedo a aflojar demasiado pronto y el coste político de mantener condiciones restrictivas; y, sin embargo, premiaron, y mucho, la inestabilidad política y el avance tecnológico con subidas de las bolsas, de la renta fija, y del oro y la plata.

Cuando uno lee entre líneas lo que responde el americano de a pie encuentra tres ejes sobre los que pivotan todas las respuestas: la política, la geopolítica y los precios y, si me permiten, si hay un ámbito donde el pesimismo roza el consenso absoluto es la política interna, en un año donde la palabra «tarifa» es de las más buscadas en Google y «arancel» es la palabra del año de la RAE. El conflicto se asume como el estado natural del sistema. Esto no es nuevo, pero sí más explícito que nunca. La política estadounidense ha pasado de ser vista como un mecanismo imperfecto, pero funcional, a convertirse en un escenario de confrontación permanente. No se espera que los desacuerdos se resuelvan, se espera que se intensifiquen.

Otro de los grandes consensos del imaginario colectivo es la expectativa de un mundo más conflictivo. Más disputas internacionales, más tensiones entre potencias, más sensación de desorden global. La percepción de que China seguirá ganando influencia mientras Estados Unidos la pierde no es necesariamente una afirmación ideológica; es, más bien, una aceptación resignada de un cambio de equilibrio de la balanza.

Y para mí el más importante, los precios. Donde el pesimismo se vuelve más tangible es en la economía cotidiana. La inflación, aunque haya moderado su ritmo, ha dejado una cicatriz psicológica profunda. El ciudadano ya no espera precios razonables, espera precios altos. No confía en alivios fiscales, anticipa subidas de impuestos y no da por sentado el empleo, más bien teme su deterioro. Esta fatiga económica explica por qué muchas encuestas recientes muestran una creciente desconfianza hacia grandes empresas, instituciones financieras y estructuras de poder económico.

Dicho todo esto… a la pregunta de qué piensa usted qué pasará con la bolsa, el 55 % sigue pensando que subirá este año. Es cierto que es casi un empate y que a la misma pregunta un año antes, eran dos tercios de la población los que pensaban que la bolsa tendría un buen comportamiento, pero es una muestra adicional de que —a pesar de que el 2026 no será un año fácil— la resistencia será la narrativa dominante y los resultados pesarán más que las promesas.

Desde mi punto de vista, el 2026 promete ser otro año más de récords históricos y obliga a poner a prueba todo lo que el mercado descontó el año anterior. Gran parte de las subidas bursátiles del año pasado se concentraron en un número reducido de compañías tecnológicas, con múltiplos históricamente exigentes y expectativas de crecimiento casi perfectas. El mercado aceptó márgenes futuros aún no demostrados y flujos de caja prometidos, pero no siempre materializados.

Este año creo que el mercado va a ser algo menos indulgente y va a comenzar a exigir más visibilidad en beneficios, cashflow y balances saneados y todo va a entrar en una especie de proceso de selección natural. Empresas capaces de transformar inversión en IA en crecimiento tangible y rentabilidad sostendrán valoraciones elevadas, mientras que las que han vivido básicamente de expectativas sufrirán ajustes propios del final de los fastos. A esta purga de excesos se va a sumar un entorno macroeconómico seguramente menos complaciente. El crecimiento global se modera, los déficits públicos pesan más y el margen de maniobra fiscal es limitado. La política monetaria, menos restrictiva que en años anteriores, deja claro que el dinero no volverá a ser gratis. El relevo en la Reserva Federal y el tono que adopte su nueva dirección serán claves para determinar si el mercado puede sostener múltiplos elevados o si, por el contrario, se impone una normalización más severa.

Y no me quiero olvidar de la geopolítica que vuelve a ocupar un lugar central en la narrativa de mercado. Estados Unidos redefine su estrategia internacional, con un enfoque más claro en proteger su área de influencia económica y contener a China. Esta fragmentación del comercio global introduce fricciones adicionales en las cadenas de suministro, presiona márgenes empresariales y obliga a muchas compañías a replantear inversiones y localización productiva. La globalización eficiente da paso a una globalización más cara y más política. Y en estos procesos siempre hay ganadores y perdedores.

Europa y España no son ajenas a este escenario. En el Viejo Continente, el 2026 será un año de equilibrio incómodo entre disciplina fiscal y necesidad de inversión estratégica: defensa, energía y tecnología. Para España, el reto será sostener crecimiento y empleo en un entorno de mayor presión regulatoria y menor viento de cola externo. Los mercados mirarán con lupa la evolución del déficit, la deuda, al gobierno y la capacidad de mantener la confianza inversora.

Si el 2025 fue un año «adolescente» creo que el 2026 se perfila como el año en el que el mercado entra en una fase «más adulta». Un año donde los beneficios importan más que las promesas, donde las valoraciones se justifican con números y no con narrativas, y donde la volatilidad deja de ser una anomalía para convertirse en una constante. Así que, no espero colapsos generalizados, pero tampoco de subidas fáciles. En cualquier caso, como siempre les digo… es difícil dar una recomendación generalizada de si esto o aquello es lo que deben comprar o vender porque cada inversor tiene su perfil de riesgo y cada uno tiende a percibir la realidad de una manera diferente. Pero si algo puedo decir es que deben estar invertidos… y si hay correcciones… comprar más.