Subestimar la ropa de trabajo, un error que no pasa de moda

En la era del chándal, sectores tradicionales abandonan la corbata y el tacón. Pero qué nos ponemos aún puede decantar un ascenso


Redacción / La Voz

Muchos pensarán que la moda ya no se viste por los pies. Esta expresión, que destila un tufillo machista sustancial -nació, cuando las mujeres aún no llevaban pantalones y se ponían la ropa por la cabeza, para referirse a valores como el honor o la dignidad-, se le podía aplicar hasta hace no demasiado a los códigos de vestimenta, que servían para reflejar de manera más o menos fidedigna el grupo social al que pertenecíamos o incluso, afinando un poco, dónde trabajábamos. Pero hoy todo esto se ha convertido en un juego revuelto en el que algunos no quieren, o no saben, participar. Los más poderosos gustan de lucir camisetas y jerséis básicos (inclúyase aquí el nombre de Mark Zuckerberg o del difunto Steve Jobs) e incluso chándales (¿conocen a Rosalía?). Y sectores siempre conservadores como la banca o los seguros se han animado a dejar que sus empleados, esos que lucían planchadísimas corbatas (ellos) e incomodísimos tacones (ellas), se pasen a un estilo más informal. Entre tanto caos y libertad estilística a algunos se les atraganta la manera correcta, o recomendable, de ir vestidos a la oficina, al taller o a al despacho. Y teniendo en cuenta que, como explican los expertos, nuestra imagen forma parte de las tan valoradas habilidades blandas, no es un tema que un trabajador deba dejar al azar.

«No es ninguna frivolidad reflexionar sobre lo que nos vamos a poner para una entrevista laboral o para ir al trabajo. Hay infinidad de factores que modifican la opinión que otras personas, y esto incluye clientes, tienen sobre nosotros: desde la forma en la que nos comunicamos hasta nuestro estado de ánimo, pasando por nuestra imagen. Es importante tenerlo presente porque no siempre vamos a contar con la oportunidad de que nuestro interlocutor nos conozca mejor; y porque no tiene ningún sentido obviar que en una negociación, por ejemplo, somos la cara visible de nuestra compañía, independientemente de que se trate de una empresa familiar o una multinacional, y tenemos que ir acorde a lo que la entidad quiere transmitir», comenta María Dorrego, consultora de selección de Grupo Clave, una firma de A Coruña especializada en la gestión de recursos humanos. 

Evitar inseguridades

Aunque Dorrego pone el foco en la necesidad de adecuar la carta de presentación física del empleado a los valores de la empresa para la que trabaja, esto no siempre es tarea fácil. Pecar por defecto o por exceso son dos errores habituales y, por eso, en muchas compañías optan por desarrollar una guía de estilo o manual de vestimenta que, en ocasiones, expertos en protocolo como Mar Castro ayudan a elaborar. Polémicos en multitud de ocasiones por las restricciones que incluyen, esta especialista se muestra totalmente a favor de que existan estos librillos a los que cualquier empleado puede acudir en caso de que le surja una duda. Eso sí, mientras no se pasen ciertas barreras. «Para mí es recomendable que las empresas creen ciertas pautas de vestimenta porque así el trabajador ya sabe a qué atenerse y se evitan problemas e inseguridades. Ahora bien, el manual debe ser amplio en sugerencias e inclusivo, tiene que abandonar los roles de género. Por ejemplo, una buena guía dirá que el empleado, independientemente de su género, ‘debe llevar las uñas cuidadas’, en lugar de incidir en que las trabajadoras ‘tienen que llevar las uñas pintadas’».

Matices relevantes. Pues no sería la primera vez que una empresa ve cómo su imagen se enfanga por fomentar estereotipos sexistas en sus códigos de vestimenta. Renfe se enfrentó a la demanda de varios sindicatos en el 2004 por imponer el traje con pantalón para los hombres y la chaqueta con falda para las mujeres. Fuera de nuestras fronteras, concretamente en el Reino Unido, pero mucho más cercano en el tiempo, la empresa PwC despedía en el 2016 a una recepcionista por negarse a llevar tacones; provocando esta situación una oleada de indignación popular.

De esta manera, puede llegar a entenderse lo complicado, y a la vez importante, que resultan las prendas que ayudan a crear nuestra imagen conjunta en el marco laboral. Para evitar complicaciones están los que apuestan por uniformar a los empleados. El anteriormente mencionado Steve Jobs siempre se mantuvo a favor de esta idea. El gurú de la tecnología intentó que los empleados de Apple llevasen uniforme, en paralelo a lo que hacían los trabajadores de Sony, y llegó a contactar con el afamado diseñador Isssey Miyake para que confeccionase los trajes. Pero resulta que se topó con la negativa masiva de los empleados, que pensaban que llevar por emblema el think different (piensa diferente) e ir vestidos todos igual, no casaba precisamente.

Una filosofía similar a la que mantenían los cerebritos del gigante de Silicon Valley es la que sigue Mar Castro. La experta en protocolo refuerza cada vez que puede la teoría de que el vestuario que escogemos para ir a trabajar define nuestra credibilidad como individuos. Y como trabajadores. «La competencia y la sinceridad son los pilares que sostienen de manera más o menos firme nuestra credibilidad; y concretamente dentro de la competencia encontramos el lenguaje que utilizamos, la información que transmitimos y cómo vestimos. Por eso es tan importante tener en cuenta la ropa del día a día: genera impresiones en los demás y, en parte, el feedback que obtengamos por la impresión que causamos, también modulará nuestra percepción de nosotros mismos».

En cierta medida esa es la razón por la que los sectores más opacos hace años que se lanzaron en España al movimiento casual friday, una tendencia de origen anglosajona que consiste en permitir que los empleados vayan vestidos a la oficina los viernes de manera más sport. «A la mayoría de empleados les gusta esta iniciativa porque les permite ir más cómodos y es una muestra de buena voluntad por parte de la empresa. Pero además, no hay que perder de vista que permite a sectores no siempre bien valorados, como es el de la banca, hacerlos más accesibles y abiertos». Dorrego apunta también que estos desahogos sirven en muchos casos como un «intento de atracción de talento millennial, que no se siente identificado con eso de ir encorsetado a trabajar».

Ahora queda por resolver la pregunta del millón: ¿puede ayudarnos un buen look a conseguir una mejora salarial o un ascenso? Responde Castro. «No creo que nadie vaya a conseguir mejorar en su puesto de trabajo por llevar un determinado reloj o ir bien vestido, pero ir digamos, ‘dando el cante’, puede que sí pase factura precisamente por lo que hemos comentado, que es que inevitablemente esto influye en la idea global que el receptor de los mensajes se hace de nosotros», argumenta. 

La marca personal

Para llegar a la gloria, sin dolor, lo mejor es buscar un equilibrio entre el tipo de ropa que nos define como personas y nuestro perfil laboral. Con la suerte, como apunta la consultora de Grupo Clave, de que «en la actualidad a las compañías cada vez les interesa más apostar por la diversidad de estilos dentro de la plantilla; imagen incluida». Y añade: «Igual que preparamos una reunión o una entrevista de trabajo debemos prestarle atención a nuestra imagen; aunque solo sea para sobrevivir en la jungla del mercado laboral. Los profesionales más exitosos son aquellos que invierten tiempo y dedicación en la construcción de su marca personal y, sin duda, una de las herramientas para hacerlo es el armario. Es imprescindible mirar alrededor, tanto a la red de profesionales como a los líderes, y estudiar a los clientes, para así construir ese outfit idóneo que nos aportará confianza. No busques un disfraz, busca tu mejor yo profesional».

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