El modelo de consumo se tambalea: la Tierra dice basta

Varios estudios sostienen que se necesitan 1,75 planetas para satisfacer la demanda anual de recursos y productos. La cumbre de la ONU alerta sobre la emergencia del momento y exige una nueva forma de producir bienes y servicios, así como de demandarlos


Redacción / La Voz

Año 2050. El planeta alberga a unos 9.700 millones de personas. De forma paralela a su crecimiento demográfico, la clase media sigue en aumento, igual que la población urbana. Los países en desarrollo, plenamente industrializados, alcanzan las cifras de producción y consumo de los países occidentales. La temperatura media del planeta ha aumentado entre tres y cuatro grados debido a la incesante emisión de CO2, incrementando la acidez de los océanos, la frecuencia de olas de calor extremas, devastadores incendios e inundaciones, enfermedades casi erradicadas y desplazamientos masivos de población hacia zonas más templadas con un alto coste económico y humano en regiones como Europa, que acumuló pérdidas económicas de 453.000 millones de euros entre 1980 y el 2017 y humanas (115.000 víctimas de fenómenos extremos, según la Agencia Europea de Medioambiente). Escasea el agua dulce en más de las tres cuartas partes del mundo y su demanda no deja de crecer (un 400 % desde el 2000). Estallan conflictos políticos a costa del control de los recursos naturales.

Ese es el escenario catastrófico en el que se podría encontrar la Tierra en apenas 30 años si persisten los hábitos de producción y consumo actuales. Acumulamos una deuda ecológica que no podemos pagar y los parches para frenar la emergencia climática llegan tarde y a cuentagotas. Es un hecho: «Los avances son demasiado lentos para alcanzar las metas o incluso avanzan en sentido equivocado (…) Tendrá persistentes repercusiones negativas y potencialmente irreversibles sobre los recursos ambientales esenciales y la salud humana», es la desalentadora conclusión a la que ha llegado esta misma semana la ONU.

Vivimos persistentemente hipotecados y al borde del colapso. Desde el pasado 31 de julio, consumimos más recursos de los que la Tierra puede regenerar. Esa fecha alcanza el 28 de mayo en el caso de España y el 16 de febrero si hablamos de Luxemburgo, el país que más rápido consume su presupuesto ecológico anual. Lejos de ralentizar la llegada del «Día de la sobrecapacidad», se sigue apostando por la producción ineficiente y el despilfarro. «De seguir por la actual senda de consumo, de 1980 al 2040 la extracción de recursos naturales habrá aumentado en torno a un 233 %», asegura Ignacio Belda en su libro Economía Circular. Y eso se traduce en escasez, privación y pérdidas económicas.

La UE se ha comprometido a reducir las emisiones de carbono en un 50 % para el 2030 y en un 100 % en el 2050 para atajar la crisis climática. Hasta 77 países se han sumado a la iniciativa esta semana en la cumbre del clima de la ONU. El problema es que el consumidor más voraz del planeta, Estados Unidos, no quiere arrimar el hombro. El país norteamericano es el que más huella ecológica produce para satisfacer el hambre de sus ciudadanos, acostumbrados a un modelo de vida derrochador y contaminante. A pesar de ser tan solo el 5 % de la población mundial, producen tres veces más desechos que los chinos y siete más que los etíopes. Según los cálculos de Earth Overshoot Day, harían falta cinco planetas para que la humanidad viviese con los estándares de vida estadounidenses. Tres para vivir como europeos, 2,2 como los chinos y 1,75 para cubrir la demanda mundial, una cifra que podría aumentar a tres en el 2050 si seguimos al mismo ritmo.

Bruselas quiere revertir la situación. No se trata solo de reciclar, sino de evitar los desperdicios antes de que se produzcan, alargar la vida de nuestros productos, buscarles nuevos usos y evitar materiales innecesarios y nocivos. ¿Para qué necesitan unos plátanos venderse envueltos en plástico? ¿Es necesario dispensar en los supermercados bolsas de plástico para las verduras? Los días están contados para los plásticos de un solo uso. Eso sí, solo para los diez productos más usados, como bolsas, bastoncillos, cubiertos y pajitas. También hay iniciativas para aprovechar los restos orgánicos. De toda la comida que se produce en el mundo, la descartada representa un tercio, que acaba siendo quemada. Si el desperdicio de alimentos fuera un país, sería el tercer mayor emisor de gases de efecto invernadero. Para la UE, esto supone contaminación y pérdidas de 143.000 millones de euros anuales. Evitar esta sangría es una misión titánica porque hay que poner patas arriba el actual modelo de consumo, diseño, producción, transformación y gestión de residuos.

Los jóvenes son los que han tomado la delantera para exigir un cambio de rumbo. Pero sus manifestaciones masivas en las calles y sus lemas contra la irresponsable gestión que han hecho sus predecesores y responsables políticos contrasta con las cifras: la franja de edad de menores de 30 años registra mayores niveles de consumo, según Eurostat. Las nuevas generaciones están repitiendo los mismos patrones que sus padres. «Hai que pensar que as xeracións máis novas consumen porque as anteriores non tiveron acceso a tantos produtos e servizos a prezo accesible e se considera unha mellora no seu benestar (…) Por contra, a partir dos 35-40 anos, a xente é máis consciente dos problemas. Iso non quita que haxa mozos que acoden ás manifestacións», asegura Ángeles Pereira, economista e investigadora de Economía Circular en la USC. El año pasado, solo uno de sus alumnos de primer curso conocía las reivindicaciones de Greta Thunberg.

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Todos los expertos coinciden en que la primera piedra para consolidar la transición es cambiar esos hábitos de consumo que promueven industrias como la textil, en la que los gigantes de la moda sacan nuevas colecciones cada dos semanas para vender más y más rápido en busca de beneficios inmediatos. O la electrónica. «Que sentido ten cambiar de móbil por unha pequena mellora que se introduce cada pouco tempo no terminal?», se pregunta Pereira. Para fabricar un ordenador portátil hay que emplear 1,8 toneladas de materiales, desde agua a combustibles y químicos. Solo el 0,1 y el 0,05 % se aprovechan para el producto final. Eso explica que el año pasado el mundo generase, según cálculos de la ONU, 48,5 millones de toneladas de basura electrónica, el equivalente a 4.500 torres Eiffel. Si no se hace nada, para el 2050 podrían acumularse hasta 120 millones de toneladas de chatarra.

Gestión del agua

Igual de sangrante es el caso del agua embotellada. Para poder fabricar una sola botella de un litro, se necesitan hasta cinco litros de agua corriente a la que se puede acceder desde casa sin más coste que el mantenimiento de la canalización. Aun así, se sigue consumiendo. «La gestión del agua será uno de los grandes retos de la humanidad», anticipa el presidente de Zero Waste, Joan Marc Simon. También lo será dar la vuelta a los hábitos alimentarios. Limitar el consumo de carne y productos animales podría reducir hasta en dos tercios la huella ecológica de los alimentos, cuya industria es responsable del 25 % de las emisiones de gases de efecto invernadero. «El comportamiento de los consumidores favorece el mantenimiento del modelo productivo y consumista lineal (…) Sin embargo esta tendencia está cambiando», asegura Belda.

El comportamiento de los consumidores favorece el mantenimiento del modelo productivo y consumista lineal", sostiene Belda 

Y es que, aunque de forma insuficiente, la demanda fuerte de productos y servicios de proximidad, sostenibles, duraderos y reparables está aumentando entre un segmento de la sociedad. Pero de nada servirá si las empresas no pisan el acelerador en la transición hacia la economía circular.

En el último siglo, la Tierra ha perdido casi la mitad de su superficie forestal y, según la FAO, cada año se pierden 11,2 millones de hectáreas de bosque. La Tierra va camino de convertirse en un enorme desierto a este ritmo. Buena parte de la tala o quema se produce para ganar superficie cultivable y extraer metales. Para evitar que la humanidad siga canibalizando los recursos naturales, las empresas tendrán que acometer cambios profundos en sus procesos productivos. No solo es importante rediseñar los productos, también hay que fabricarlos de la manera más sostenible posible y eso atañe a toda la cadena. «El entramado empresarial global ha tenido, como consecuencia de su propio modelo de negocio, la cultura del despilfarro y el derroche (…) Esto no solo intensifica el daño medioambiental y el agotamiento de los recursos naturales, sino que se calcula que está tirando por la borda el crecimiento potencial de alrededor de cuatro billones de euros entre hoy y el 2030», alerta Belda.

Otra forma de vender

Para sacar el máximo provecho, algunas compañías están empezando a explorar nuevas ideas apoyadas en la tecnología y la creciente demanda de modelos de comercialización alternativos donde lo importante ya no es poseer un producto, sino tener acceso al servicio que da. El préstamo de ropa, la colectivización del uso del automóvil, el aprovechamiento de comida perecedera a través de aplicaciones móviles o la reparación ganan terreno. Este último es un sector muy intensivo en mano de obra y una fuente de empleo a nivel local que no habría que desdeñar, en opinión de los expertos.

Otro terreno que ha favorecido el saqueo ecológico del planeta ha sido el de la obsolescencia programada. La inacción de las autoridades europeas a la hora de fijar objetivos para poner coto a la vida cada vez más corta de los electrodomésticos ha extendido el abuso en las garantías que, en países como España, rara vez superan los dos años.

Tres retos para la nueva era

El inquietante escenario que depara el futuro exige medidas urgentes para poner freno al irremediable agotamiento del planeta. Estos son algunos de los retos que nos esperan:

 Voluntad política

El cambio de los hábitos de consumo no podrá cambiar por sí sola el modelo de producción con la urgencia que exigen las estadísticas sin la acción política. Los objetivos climáticos son poco ambiciosos, a juicio de los expertos. WWF cree que habría que adelantar los plazos del Acuerdo de París al 2040. Pero la imposición de límites de emisiones de CO2 no será eficaz si no se pone coto a la obsolescencia programada y al despilfarro de recursos. Fiscalmente resulta más beneficioso desperdiciar combustible que invertir en mejorar la eficiencia de consumo. Para cambiarlo hay que premiar a las compañías que aumenten la productividad de los recursos. Un reto pendiente para España: “Es uno de los países con mayor potencial para propiciar el cambio a una economía circular y, sin embargo, es uno de los que menos esfuerzos está haciendo a nivel gubernamental”, denuncia Belda. Paradójicamente ya hay empresas gallegas que cuentan con sus propios planes de transformación. La Xunta de Galicia todavía no ha aprobado su plan para la economía circular y los niveles de implantación de renovables están lejos del potencial que tiene el país.

Transformación industrial

El desarrollo tecnológico, la transformación de los modelos de negocio y producción, el uso de software para mejorar el diseño de productos, la planificación, la eficiencia del consumo de recursos, y la “simbiosis industrial” serán fundamentales para las industrias, desde la agroalimentaria a la naval. Este plan concibe el tejido industrial como un ecosistema vivo donde los desperdicios de una fábrica se convierte en alimento para otras.

 Parar la cuenta atrás

Cada día que pasa nos acercamos más a la fecha del colapso. El gran reto será parar el reloj. La apuesta por modelos de transporte público asequibles y la reforma de los edificios para ganar eficiencia en el consumo eléctrico podría retrasar el calendario de sobrecapacidad en 11,5 días para el 2050, según Earth Overshoot Day. Desterrar la energía procedente de combustibles fósiles con la consecuente reducción de un 50 % del componente carbónico de la huella humana nos daría 114 días más de margen. Una producción menos intensiva de alimentos, la reducción del consumo de carne y el fin del desperdicio de alimentos añadiría 25 días más a la cuenta. La reforestación, la explotación pesquera en niveles sostenibles y la agricultura regenerativa nos darían 8 días extra.

«Pódese ralentizar o proceso, pero hai danos que son irreversibles»

C. Porteiro

Galicia non é allea á emerxencia ecolóxica que vive o planeta. O cambio climático e a escaseza de recursos imprimen un estrés crecente sobre as industrias galegas, aínda en cueiros no que a adaptación se refire. Especialmente a téxtil, volcada no modelo produtivo do «usar e desbotar»

Ángeles Pereira é unha autoridade na materia. Investigadora no ámbito da economía circular, admite que os datos actuais non invitan ao optimismo.

-Está preparado o tecido industrial galego para transformar os seus procesos produtivos?

-Estamos claramente nunha fase moi inicial. Os avances dependerán moito no cambio na mirada das empresas e os consumidores ademais dos avances da tecnoloxía. Algúns poden adaptarse de maneira máis rápida. Por exemplo, a industria forestal e madereira. Algunha empresa grande que temos en Galicia ten opción de recoller os residuos de biomasa e producir taboleiros. En sectores como o mar hai un gran potencial. A descarga de descartes abre oportunidades para usos no campo da cosmética ou da alimentación. A industria téxtil fai esforzos para incorporar materias primas recicladas nos tecidos ou materia prima renovable, pero existen de momento límites técnicos.

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